Calle Angosta 2004

El espía celeste - Lo Salvaje

EL ESPIA CELESTE

 

    Las recordaciones que suelen hacerse a propósito de los aniversario de acontecimientos históricos o de la muerte o nacimiento de grandes hombres, suelen tener siempre algo de práctica forzosa, de rutina. Pero aún en tal extremo promueven la búsqueda de nueva información o de ideas por las cuales se contribuya a un mejor conocimiento de lo que se recuerda. Y todavía, si esto fallase, se justifican por su convocatoria implícita hacia nuevas camadas de lectores. Esta nota estaría, pues, lograda, si sirviese al menos para estimular otras lecturas de Graham Greene, de cuyo nacimiento se cumple, el 2 de octubre, un siglo.
    Afectado durante su adolescencia por estados depresivos que lo indujeron a búsquedas casi suicidas –solía jugar a la “ruleta rusa” con un revólver de la familia- pudo alcanzar hacia los 22 años una relativa estabilidad. Por entonces (año 1926) contrae matrimonio, se convierte al catolicismo –religión minoritaria en la Inglaterra protestante-  e inicia una experiencia periodística temprana, como sub-editor del diario londinense “The Times”, puesto en el que se mantuvo hasta 1930, cuando, en coincidencia con el éxito de su primer novela, “El hombre que va conmigo”, decide dedicarse plenamente a la literatura y a su vocación de viajero amante de los lugares exóticos y las aventuras de vivir.
    Al cabo de una década de afinación de su técnica, que incluye obras como “El tren de Estambul” (1932), “Inglaterra me ha hecho así” (1934), “El ministerio del miedo” (1935), “Una pistola en venta” (1936), se instala en México y produce una de sus mayores novelas,  “El poder y la gloria”, que describe los conflictos de un sacerdote instalado en medio de las grandes persecuciones religiosas que se vivieran durante la presidencia de Plutarco Calles (1924-1928). En ella Greene declina las forma estructural más frecuente de la novelística policial, cargada de claves investigativas y suspenso, y se muestra con otra clase de pretensiones literarias, apoyadas en la temática de la fe y de los valores espirituales en crisis.
    Luego de la Gran Guerra -en la que trabaja, desde Sierra Leona, para los servicios secretos de su país- se va perfilando una crítica notable hacia las formas sociales construidas bajo la hegemonía de las grandes potencias de Occidente: la injusticia, la pérdida de solidaridad, la deshumanización. Pilares de esa tendencia resultan, primero,  “El revés de la trama” (1948). (En ella, el principal protagonista, Scobie, mientras sostiene, en tierras africanas, una encarnizada lucha consigo mismo, expresa:  “Por qué me gusta tanto este lugar? ¿Será porque aquí la naturaleza humana no ha tenido tiempo de disfrazarse?.. Aquí uno puede amar a los seres humanos como los amaba Dios: conociendo lo peor; uno no ama una pose, un vestido bonito, un sentimiento artificial.”) Posteriormente, el guión para la película “El Tercer Hombre” (1949) –verdadero modelo del género- narrando una historia de amistad traicionada, con epílogo de profundo desprecio; y “El americano Impasible” (1955), cuya historia transcurre durante la guerra de Corea, pero donde la actitud de Alden Paylen –un agente de la CIA llegado en “misión humanitaria”- prefigura, con su arrogancia “iluminada”, el estado nacional de conciencia que poco después desataría la guerra de Vietnam.
    Otro arco de honda tensión es el que se mueve entre “El fin de la aventura” (1951) y “Un caso acabado” (1961). En la primer novela, cercana a los hechos de su propia vida, un escritor adúltero fuerza un terrible conflicto en Sarah, mujer casada en quien al fin prevalece su amor hacia Dios, mientras que el hombre frustrado, aunque se burla de la fe, termina admitiendo -por la dirección de su odio- la existencia de lo que niega. En la segunda, se presenta otra forma de la duda, altamente simbólica, mediante un personaje, arquitecto, que luego de ser el mayor constructor de catedrales de Europa, decae hacia un nihilismo absoluto, y deja de creer en el sentido de la creación, sea ella humana o divina. En dicho arco se concentra la profunda angustia que aflora en la obra de un creyente crítico, ante la imperfección que acompaña y castiga los destinos humanos. El mayor de los seres imaginarios que le acuerdan un sentido a la vida de Greene, pareciera adquirir, gracias a este  “espía” libre de toda sospecha, una nueva presencia terrenal, rebelde y solitaria, que actúa con la contundencia de quien se interroga por las dudas ajenas, y cuyo movimiento, alzado entre la ofensa y la plegaria, nunca termina de cerrarse.
    La obra dejada por Greene es monumental. En cada género, cuento, teatro, ensayo, guión cinematográfico, y naturalmente, novela, donde devino maestro consumado. En cada lugar por anduvo, Liberia, Sierra Leona, México, Kenya, Vietnam, el Congo,  Panamá, Argentina o Haití, mostrando su hermosa pero definitiva pequeñez. En cada hora de un siglo que lo tuvo como protagonista del principio hasta el fin, siempre supo traducir al hombre propagando su eco pródigo aún en medio de las caídas más profundas, y aquilatar su forma de persistir con el vencido, de no aceptar a un Dios que fuese comprensible, de no creer en la consistencia de las grandes proclamas que no tuviesen un sustento concreto ni de un amor que careciera de proyección divina, y de decir todas sus verdades como si solamente preguntara. Y, en todo caso, su infinita piedad: “Si conociéramos el verdadero fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas”.

 

LO SALVAJE

 

    Para la cultura occidental, “salvaje” es todo aquello que se encuentra fuera de la civilización euro-céntrica. Esa es la creencia heredada de griegos, de romanos, y de las naciones-imperios que se sucedieron o alternaron en el dominio del mundo, como si su organización y sus valores no hubieran sido el resultado de determinadas condiciones históricas sino de un orden natural único y puro,  llamado a prevalecer, sin reparos, sobre cualquier sistema diferente.
    Sin embargo lo salvaje contiene otras visiones. Por caso la de Cristóbal Colón, cuando relata su descubrimiento todavía con la sorpresa y la autenticidad de los primeros días, y dice de los hombres encontrados: “Son la mejor gente del mundo y sobre todo la más amable, no conocen el mal –nunca matan ni roban-, aman a sus vecinos como a ellos mismos y tienen la manera más dulce de hablar del mundo, siempre riendo”. Agrega, por supuesto, dado que era Colón: “Serían buenos sirvientes, con cincuenta hombres podríamos dominarlos y obligarlos a hacer lo que quisiéramos.”
    Lo salvaje también es el viento, que puede socavar montañas pero se vuelve, sin embargo, industrioso y feliz, cuando la civilización le ofrece hablar con sus molinos o con la piel de una mujer que se ilumina después de una tormenta.
Lo salvaje es el Cacique Seattle escribiendo, en 1855,  para el  “Gran Jefe de Washington” una respuesta llena de sabiduría: “..Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Para él un lote de terreno es igual a otro, porque es un forastero que llega en el silencio de la noche y arrebata de la tierra todo lo que necesita. La Tierra no es su hermana, sino su enemiga. Y después de conquistarla se marcha. Deja tras de sí las tumbas de sus antepasados y no le importa. Arrebata la tierra de las manos de sus hijos y no le importa. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el Cielo, como cosas que se pueden comprar, saquear, vender como ovejas o quincallería reluciente. Su voracidad arruinará la Tierra, dejando tras sí sólo desierto (..) Nuestros modos de proceder difieren de los tuyos. La visión de tus ciudades causa tormento a los ojos del hombre rojo. Tal vez sea porque este hombre es un salvaje que no entiende nada...”
Lo salvaje es otra vez una mujer naciendo de la lluvia para que los hombres puedan sentir como propia la intensidad de un relámpago.  Lo salvaje es un río llevando camalotes que son, en verdad, sus pensamientos.
    Lo salvaje es una oleada de semillas eternas. Son, entre otras cosas, los desafíos a la inteligencia del hombre, en cualquier fase de la historia,  pero sobre todo en el presente,  que ahoga los espacios reflexivos bajo el tropel de las urgencias diarias  y guarda el contacto con la naturaleza en los confines de una “caja boba”.
    Hoy, cuando coexisten imágenes enfrentadas, en las que “lo civilizado” se muestra vacilante,  y tan incapaz de apreciar con justicia la belleza salvaje que acaba produciendo réplicas grotescas. Por ejemplo: Un grupo de “salvajes” se junta en bosques de Minnesota para celebrar un ritual “mito-poético”. Cada cual habla a su turno. Luego todos bailan desenfrenadamente. Alzan sus manos, se ponen máscaras y caminan a la manera de los animales. Chocan sus cabezas como machos cabríos. Pero en realidad están celebrando la vida y uno de ellos puede decir, como saludo: “Las fuertes hojas del maple se hunden en el viento, y nos llaman a desaparecer en las cuencas sombrías de la madre tierra, donde nos sentaremos al pie de una planta y viviremos para siempre en el polvo.” ¿Cuál sería una réplica civilizada? Más o menos la misma, pero frente a una banda de música que cultiva, entre la obscenidad y el aullido, su propia negación. O frente a los escenarios macabros que instalan en los ojos humanos las bombas “preventivas” y la “justicia” por el terror. O frente a predicadores de voz amenazante que se mecen al compás de palmas y de contorsiones vulgares. En todos los casos, por supuesto, sin el menor atisbo de poesía.
Lo que es bello y sagrado en su lugar y sus circunstancias propias, como la danza, la música, los vestidos para una ceremonia de ofrendas o de invocaciones trascendentes, se vuelve en el encierro de un centro doctrinario o en el repertorio de ciertos autores y “estadistas” una parodia de circo. O a veces peor, una celebración de la muerte.
    Muy dudosa la civilización, cuando no sabe leer el salvajismo. Eso que llega con la luna, los galopes, o  los ojos de un águila.

Copyright  Power by PageCreative