Calle Angosta 2005

Ediciones culturales - Live 8

EDICIONES CULTURALES

 

    Este suplemento se ha ocupado recientemente del estado de Ediciones Culturales de Mendoza, que en la primera mitad  de los ’90 cumplió una actividad intensa y destacada, y se encuentra, ahora, en aparente situación terminal. La nota realizada por Siliva Lauriente y Fausto Alfonso, que incluyó un diálogo con la actual responsable de la Editorial, Liliana Pérez (“Cultura”, 25/6/05) hace una reseña bien demostrativa del proceso auge-decadencia transitado, exponiendo cifras y otros datos contundentes, por lo que resulta innecesaria agregar nuevas precisiones. Pero tal vez sea válido realizar un comentario sobre los respectivos contextos. Sobre todo para reflexionar sobre las posibilidades de modificación o no de dicho cuadro.   

    Hay que recordar, en tal sentido, que el nacimiento de ECM se produjo dentro de un clima social y político marcado por fuertes expectativas de cambio. Por primera vez en décadas se había producido en el país un recambio democrático y para muchos sectores se abría la posibilidad de consolidar y expandir un proceso creativo y de afirmación de otra clase de valores, más enraizados en lo social, con una reasignación más justa de los bienes y los derechos, y el sustento de un mayor protagonismo popular. Así coincidieron, por una parte, los deseos participativos de viejas y nuevas camadas artísticas tentadas y dispuestas a mayores niveles de  actividad, y por otra, una acción de gobierno, desde los más altos niveles de decisión, que proporcionaba -con distinta eficacia, según los casos- algunos instrumentos para dar cauce a los reclamos del activismo cultural.

    En el caso de Ediciones Culturales se tuvo el impulso de una cadena ejecutoria clara y ambiciosa, que partía del mismo Poder Ejecutivo de la provincia. De tal modo, Osvaldo Rodríguez,  director de la editorial,  pudo cumplir una tarea valiosa. En parte, naturalmente, por sus propios méritos. Pero, además, porque contaba desde el Gobernador para abajo con todo el apoyo necesario para la concretar los objetivos que se habían fijado. Y lo tuvo con tal vigor, que aún luego de que se perdiera, la obra pudo continuar, casi inercialmente, durante varios años. 

    (Se podría discutir, es cierto, sobre sus aspectos cualitativos. Pero esto ya no es lo que hoy importa. Un deportista muy famoso supo decir que a él lo habrían de recordar por la talla de los rivales a quienes venció,  no por la de aquellos que lo vencieron. Lo mismo pasa con EDC, cuya labor deberá valuarse por los grandes libros que editó y no por los otros, esos que simplemente el tiempo dejará de lado.)

    Lo que se quiere remarcar, esencialmente, es que no hay ninguna posibilidad de aproximación a los fecundos registros de aquella época, sin una decisión política tomada desde los más altos niveles de gobierno, que le acuerde a los administradores de un fondo editorial la certeza de que su desarrollo es un hecho bueno y deseado, y le conceda al mismo tiempo los recursos para sostenerlo. No parece, sin embargo, que eso pueda suceder. La democracia solamente se ha consolidado en sus aspectos formales y se debate en un estancamiento sin salida, al servicio de los viejos poderes. ¿Qué lugar puede ocupar, en el interés de la dirigencia política, que se editen o no se editen libros, cuando además la tendencia cultural que a ellos mismo les conviene es que nadie los lea?

    Por ese lado, pues, cualquier  batalla parece perdida. Hay, sin embargo, una tradición que viene de otros tiempos, de cuando solía soñarse otro país. Y todavía, aunque sea como un objeto marginal, casi decorativo, existe un espacio cultural público, y también una intelectualidad dispersa, pero incorrupta y lúcida, que podrían, en torno a ciertos hechos puntuales, coincidir. No para editar cientos de libros, que hoy se vería irrealista y desproporcionado, pero sí para hacerlo con los necesarios, en un nivel que aunque no deslumbre, permita al menos sostener la continuidad de los pequeños fuegos. Esos que hablen, como hablaba Fernando Lorenzo, de la tierra arrasada. O que alumbren, como Hugo Acevedo, los caminos cerrados. Esos libros, todavía, como panes. Como bocas de cantos milenarios.


LIVE 8

 

   Es cierto que la inmensa atracción de las figuras participantes dificulta el vínculo entre las multitudes congregadas y las razones que se invocaron en la convocatoria, como llamar la atención sobre la pobreza de un continente entero, condonar deudas de los países pobres, impulsar programas de ayuda y fomentar el comercio justo.
    Es cierto que dichos móviles no se hallan en contradicción manifiesta con
las inquietudes de algunos líderes políticos, como el mismo Tony Blair, que muchas veces se anticipan o acompañan con énfasis verbal algunos intentos “progresistas” que luego, en los hechos, se pierden o desnaturalizan.
    Es cierto que las razones esgrimidas son lo suficientemente amplias y moderadas como para diluir las responsabilidades políticas concretas. Y que no todos los artistas alineados ofrecen la misma trayectoria de convicciones y trabajo. Pero…
    No cabe duda que estas manifestaciones tienen su valor. Y se imponen sobre cierto cinismo que las rechaza, en algunos casos,  por inconducentes a sus fines, como si hubiera alguna manera única de actuar que fuese válida, por sí misma, para conseguirlos. O que se burla, en otros casos, de sus protagonistas, a quienes los acusa de seguir viviendo en el hartazgo y donar, simplemente,  una jornada de sus vidas, por lo que habrán de obtener, más tarde,  ganancias de otro tipo. (La misma crítica enmudece, sin embargo, ante los otros famosos, esos que sólo exhiben sus bienes y sus extravagancias sin la menor preocupación por las grandes injusticias que socavan el mundo. Y se siente mejor, se siente más a gusto  -por eso es cínica- ante los escenarios cómodos y alegres de la evasión y de la indiferencia).
    Pero de pronto, una tarde, cientos de millones de personas, pudieron ver, desde sus casas, un desfile histórico de grandes artistas levantando una bandera de dignidad. En Londres: U2, Madonna, Pink Floyd, Elton John, Paul Mc Carty. O Brad Pit diciendo, al presentar a Annie Lennox: “Para cuando acabe este concierto, 30.000 africanos habrán muerto por culpa de la extrema pobreza; mañana serán otros 30.000. Es algo totalmente insensato.”     En Filadelfia, con Bon Jovi, Stevie Wonder, otros notables de antes y de ahora, y algo espectacular, un millón de asistentes. En Johannesburgo, donde Nelson Mandela dio su apoyo a los mega-conciertos, desde una pantalla gigantesca, y le recordó al G-8 (el grupo de países más poderosos del mundo): “..es tiempo de que veamos acciones, está en vuestras manos prevenir un genocidio contra la humanidad.”
    En Berlín, en Roma, en Moscú, en Tokio. En Barrie, cerca de Toronto. O en el Eden Project, el mayor invernadero del mundo, en el condado de Cornwall (Inglaterra), donde  se reunieron -convocados por Peter Gabriel-  el keniano Ayub Ogaba, el senegalés Youssou N’Dour, y otros importantes artistas africanos, marcando la presencia en los actos del continente negro, el mayor excluido de la historia –donde, por ejemplo,  la mortalidad infantil es de 101 por mil (contra 4,2 en Europa) y la esperanza de vida es de 45,6 años (contra 78,9 en Europa).
    Los resultados, por supuestos, nunca son inmediatos. Menos cuando no se trazan objetivos que puedan medirse como un “rating” o contarse como el dinero.. No se trata de votaciones ni colectas sino, apenas, de una suma de voces importantes que, viniendo desde la pulsación volátil, aluvional, imprevisible, del arte, se suman a una corriente de opinión política. Esas voces, en medio de tantas desviaciones y olvidos de la mente global, se sienten necesarias. Y a pesar de lo que tienen de contradictorio, del eventual acople oportunista, de sus debilidades manifiestas, sirven de respaldo,  y hasta posiblemente, en algunos casos, de  legitimación,  a las viejas luchas humanas, las luchas ancestrales por un mundo mejor y más justo. Esas que libran, día a día,  los grandes seres anónimos, la humanidad sin rostro.

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