Calle Angosta 2004

Elfriede Jelinek - Un Camino de 400 Años

ELFRIEDE JELINEK

 

Antes de la entrega del premio Nobel de literatura 2004, se conocieron algunas especulaciones en torno a chances que se le atribuían al cantautor Bob Dylan. Luego de otorgado –a la austriaca Elfriede Jelinek- el tono de los comentarios fue de sorpresa, de cautela, y en particular, por parte de quienes observan la literatura con el molde de la  burocracia cultural, de liso y llano rechazo, pese a que, en muchos casos, trataban a la autora como una simple “desconocida” y admitían no tener lecturas suficientes de su obra.
    Es el caso de preguntarse, entonces, qué condiciones debe reunir una obra literaria para responder a las expectativas de un premio Nobel, aún con toda la relatividad que eso implica (tal como sucede con cualquier otro premio). En ese sentido, no parece que  los aspectos “escénicos” de una obra sean relevantes. No importa si se escribe poesía o si se usan técnicas de relato. No importa si el autor es hombre o mujer, si es barullero o silencioso. No importa si su obra es amplia o concentrada, si está muy difundida o si sólo la conocen los electores de la Academia Sueca. Ni siquiera importa todo lo bien escrita que esté -aunque naturalmente no podría serle adjudicado a quien fallara en eso-. Lo que se quiere decir es que el hecho de “escribir bien” es una condición necesaria pero no suficiente. Es preciso, además, que la literatura tenga una respiración ética, y que gravite en la esfera del pensamiento, que lo enfrente, lo indague, lo cuestione, lo ponga a prueba en toda sus modulaciones y toda su consistencia. Un premio como el Nobel mide la obra de un escritor desde la perspectiva del arte, pero también la condición del artista desde la perspectiva de los otros hombres, lo cual es un reaseguro contra el error. Elegir, en última instancia, una obra que no pueda sostenerse en el tiempo, pero no la que provenga de un escritor que no puede diferenciar un arma de un libro, un cielo de una dictadura.
    Quienes cuestionan a Jelinek lo tienen claro. Aunque se escuden en las objeciones escénicas –que era “el turno” de una mujer, que no era conocida por la crítica universal, que carece de trayectoria en su propio país-, en realidad la niegan por los hechos de fondo, es decir porque su literatura trabaja sobre la violencia del poder, la opresión sexual, la hipocresía de quienes pregonan el amor abstracto y practican, en sus actos de cada día, el más puro egoísmo, el autoritarismo y la indolencia civil.
    Las librerías de habla hispana todavía carecen de libros de la premio Nobel. El único material disponible para un primer acceso a su obra, es la película “La profesora de piano”, dirigida por Michael Haneke, que se puede conseguir en videos clubes; y algunos textos breves por medio de Internet. Una aproximación, por cierto, fragmentaria. Pero con fragmentos de este carácter: “El instinto de la manada siempre lleva a valorar muy alto lo mediocre. En la mediocridad nadie puede encontrarse a solas con algo, mucho menos consigo mismo”. “La pornografía es masculina. La mujer es sólo un objeto mudo ante la mirada de los hombres”.  “De pronto, el adorno de las reinas ha ido a parar a las bragas, y a partir de ese momento toda mujer sabe cual ha de ser su lugar en la vida. Aquello que inicialmente coronaba la cabeza gratificando el orgullo infantil ha ido a parar donde la leña femenina ha de esperar pacientemente el hechizo”. “Siempre estaré del lado de los débiles. Los poderosos ya tienen sus escribas”.
    No abundan los hispano-parlantes que conozcan, de primera mano, la obra y la trayectoria de Jelinek. Uno de ellos, el chileno Guillermo Bown, profesor de literatura en la Universidad de Viena, la recuerda con admiración: “El 25 de abril de 1974, después de 30 años, había caído la dictadura de Salazar en Portugal y el mundo democrático celebraba la Revolución de los Claveles. Ese día conocí a Elfriede Jelinek. Más tarde la encontré participando en mesas literarias, en el café Habelka, el bar de los intelectuales bohemios de Viena, y en casa de amigos. Elfriede ya mostraba su carácter libertario y sin fronteras”. Actualmente sigue haciendo “una apuesta transgresora a favor de una literatura sin concesiones (..) pero con una gran cuota de acento lírico expresivo; fiel a sus principios, ella no es de los que transigen con la amabilidad del texto, sino que opta por derroteros más difíciles, pero también más estimulantes para el lector”. 
    La escritora padece de “agorafobia”, que la inhibe para estar en reuniones muy numerosas. Por eso no asistirá a la entrega del premio, en Estocolmo. Pero sí ha grabado  su discurso en un video que será exhibido el próximo jueves, con la misma solemnidad que si estuviera presente.  Habrá que estar atentos, pues no parece una señora de voz leve.

 

UN CAMINO DE 400 AÑOS

 

    El 20 de diciembre de 1604, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey, hizo la tasación de un libro presentado por Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), titulado “El ingenioso hidalgo de la Mancha”, estableciendo su precio de venta en doscientos noventa y tres maravedíes y medio. Eso equivalía, en aquella época, al costo de cinco docenas de huevos o catorce litros de leche (con lo que se puede comprobar,  de paso, teniendo en cuenta  los valores actuales, que la imponente productividad alcanzada por la industria del libro no se ha trasladado en absoluto al bolsillo de los compradores; los costos relativos, cuatrocientos años después, siguen en los mismos niveles). Luego de aquel trámite, le fue concedido el “privilegio real”, que lo protegía de ediciones no autorizadas. El libro apareció, en definitiva, en 1605.
    Los antecedentes del autor no eran por entonces demasiado valiosos. Cervantes tenía cincuenta y siete años, lo que en tales tiempos ya era vejez. Había publicado solamente una novela, la “Galatea”, casi veinte años atrás. Y todas las circunstancias de su vida eran un compendio de frustraciones y fracasos. Joven todavía, sin estudios importantes ni ocupación, debió  exilarse en Roma, para eludir una sentencia judicial que lo condenaba, por heridas hechas a una persona, al destierro durante diez años de los reinos de España y a que “con vergüenza pública” le fuese cortada una mano, y otras penas menores. Poco después, en 1571, combatía como soldado de una compañía italiana -unida con las escuadras española y pontificia-  en la batalla naval de Lepanto, librada contra los turcos, cumpliendo una actuación heroica, pero al costo de varias heridas; una de ellas en su mano izquierda,  que le quedó, definitivamente, lisiada. Más tarde, en viaje de regreso a España, fue apresado y llevado como cautivo a Argel, donde permaneció cinco años, protagonizando cuatro intentos fallidos de fuga. De vuelta por fin en su tierra, luego de ser rescatado por una congregación de frailes, fue nombrado comisario de abastos para la Armada, con la responsabilidad de realizar requisas y cobro de impuestos, mereciendo al menos un par de veces, por hechos infortunados, penas de cárcel y hasta la excomunión de la Iglesia. En varias ocasiones le fue negada la posibilidad de viajar a “las Indias”, donde esperaba establecerse “con provecho”, y salir de sus penurias económicas.  La situación familiar tampoco le había ofrecido un clima satisfactorio. Siempre estuvo rodeado de mujeres –dos hermanas, una sobrina natural, una hija natural, y posiblemente su propia esposa- propensas a los amoríos interesados y ligeros.  Del lado de sus pares -la gente de letras- se  contaban más fácilmente rechazos que adhesiones. Lope de Vega, una de las voces de mayor crédito en la época, llegó a decir opinando sobre los poetas: “..ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a don Quijote”.
    El mismo Cervantes se preguntaba, en el prólogo a la primera edición de “El ingenioso hidalgo..”,  con aparente humildad, y razonable duda: “¿Cómo queréis que no me tenga confuso lo que dirá el antiguo legislador (los lectores) cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina..?
    El libro alcanzó, sin embargo, con rapidez, un éxito completo, que se proyecta, fuera de toda discusión, hasta el presente, habiendo marcado el nacimiento en lengua española de la novela moderna, y convirtiéndose en referencia forzosa dentro de las grandes obras de la literatura universal. Ello responde, primeramente, a su estructura narrativa, que incluye la participación de unos doscientos personajes tomados de la realidad de su tiempo, entre los cuales actúan dos seres fantásticos y originales, sin precedentes en la historia literaria: uno, don Quijote, actuando desde distintos planos de la locura, que aporta el componente alucinatorio y fantástico. Y otro, Sancho,  que va marcando, desde la realidad inmediata y el pensamiento sencillo, la veracidad del relato. Ocurre, además, como en una película de Chaplin o en un cuadro de Picasso, que la obra ofrece distintos niveles de lectura. Uno para el  tiempo presente y otro para el posterior. Uno para los receptores de un primer efecto, emotivo y lineal, y otro para visiones más complejas, esas que le extraen y reproducen su infinitud de claves sobre las conducta humanas. Se puede interpretar, también, como una perfecta alegoría de las relaciones sociales, la suerte y calidad de sus actores dinámicos, y el eterno conflicto entre las cosas que son necesarias y las que, en lo inmediato, resultan posibles. Ofrece, por último, su enorme “consistencia”, la que surge de la integración vital de autor y contenido, de creador y cosa creada. Porque Cervantes era el mismo obstinado manchego, para quien la nobleza, la generosidad, y los ideales de justicia, no debieran ser opuestos a la cordura. Ni el humor ajeno a las batallas del hombre. Ni la muerte dueña de la última palabra. Por eso, aún en su lecho de agonía, un día después de haber recibido la extremaunción, escribía una nota para “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, donde decía:  “..el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”.

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