Calle Angosta 2004

Don Quijote Hoy

DON QUIJOTE HOY

 

    Entre muchas interpretaciones modernas del Quijote, existen aquellas que, junto con la revisión de la obra, han efectuado lecturas ajenas a su contexto temporal.  Valgan, como ejemplo, los casos de Vargas Llosa o de José Saramago, cuyos estudios terminan insertando al caballero manchego dentro de perfiles ideológicos extraños a su tiempo. En un caso  como si hubiera sido un precursor del liberalismo, y en el otro, como si en cada lidia quijotesca se anticiparan las batallas del “Che”. Esos correlatos expresan una obvia  exageración. Pero resultan adecuados para definir una zona de discusión sobre  la validez o no de tal clase de caminos críticos.

    No hay que olvidarse, sin embargo, del viejo Quijote, el que escribiera Cervantes, el que leían en ronda sus contemporáneos, y con el cual se divertían mucho, pero que además contenía tanta variedad de recursos narrativos, tanta riqueza y perfección en su trama, tantos niveles posibles de lectura, que ha servido para iniciar y definir un paradigma literario. Eso es cierto, como lo es que el Quijote aún ahora se vale  por sí mismo y no necesita de nuevas luces. Pero aparte de no requerir el auxilio de una vitalidad que le venga de afuera, sucede otra cosa. Y eso tal vez concilie los extremos.

    Ocurre que se trata de una obra clásica, y como tal, no solamente instaura un  modelo ejemplar, sino que además ofrece varias líneas de análisis. Y no porque se las invente sino, simplemente, porque son parte de su contenido. Esas líneas abiertas, por las cuales una obra puede trascender a su tiempo, son justamente un atributo de su grandeza. Y le conceden, tal vez superando los mismos alcances previstos por su autor, una carga simbólica que no es posible soslayar. De manera que muy bien puede ser leída como era, pero también, frente a lectores que habitan otras realidades, se puede leer estableciendo analogías, comparando discursos o entreviendo ciertas conexiones muy profundas, sea por lo lúdico o por lo espiritual, entre dos situaciones materiales distintas. Nunca, por cierto, de un modo caprichoso, que desnaturalice o contradiga la visión originaria. Pero sí en la medida que se ubique dentro de su mundo simbólico, y pueda sostenerse con argumentos racionales.

    En tal sentido, la literatura está llena de casos luminosos. Y en particular la novela, cuando a su natural ensamble de estructura y lenguaje le agrega la irradiación mítica. Sin ir demasiado lejos en el tiempo, basta recordar la obra posiblemente fundadora de la narrativa hispanoamericana, “Pedro Páramo”. Ella contiene, en su origen, un relato cautivante sobre las contradictorias relaciones humanas, que se lee, por supuesto, con enorme placer.¿Pero subsistiría cada vez con más fuerza sin el uso sutil hecho por Rulfo de los grandes mitos? ¿Es decir, sin esa atmósfera de memoria y proyección que hace trascender las lecturas lineales? Y siguiendo: El hombre diminuto de Kafka, ¿cuánto perdería de su sentido histórico, si se lo viera inerme, reducido a su breve trayecto, como un dibujo congelado? Y la ballena de Melville (no casual admirador de Cervantes) ¿sería nomás una ballena? Puede ser. Acaso Moby Dick sea, simplemente, una ballena blanca. Pero también podría significar muchas otras cosas, sin las cuales el capital Ahab ya hubiese muerto sin remedio.

    Lo mismo el Quijote, vivo en cada rasgo de su locura. Hasta qué punto Cervantes previó los alcances de su creación nunca podrá saberse. Ni en verdad importa. Lo seguro es que la quiso hacer absolutamente original en su forma y  sus temas y que puso todo su empeño para escribirla bien, sin desconocer la distancia entre una obra pasajera y  otra perdurable. Por eso escribió una novela con sustentación mítica, donde sus principales personajes fuesen lo que parecían ser pero también fuesen sus símbolos abiertos. Y al mayor de ellos lo vistió con una lanza enamorada, capaz de levantarse tantas veces como se cayera. Algo que no harían, por supuesto, los destinados a morir.


OTOÑO

 

   Cada vez que llega el otoño y nos saluda con sus viejos afectos, quedamos sin palabras. Sentimos un íntima necesidad de celebración, pero callamos. Tal vez porque se trata de un viejo conocido que nunca se presenta de la misma manera, y entonces los nombres se vuelven inasibles. ¿Cómo describir la repetición de un escándalo azul, de un saludo del sol entre las hojas? Nada, sólo mirar y recogerse, como cuerpos que se vuelven, de pronto, un remolino silencioso.
   
    Allí está, sin embargo, el momento del fuego. Cuando todo parece ya dicho, cuando no se encuentra un “más allá” de los conceptos, reaparecen las antiguas fogatas, aquellas donde cada hombre le buscaba a las cosas su sentido preciso, y lo decía con voces encantadas.

    Hay hechos que no terminan de entenderse sin un poema y hombres cuya palabra no tiene otro fin que re-expresarlos. A veces hay largos desencuentros, como si ambas realidades corriesen por calles paralelas, y no les fuera dado conocerse. Otras veces tenemos la suerte de que lo hagan, y en el mundo aparece otra esquina, como ahora, una que se llama Julio González y Otoño, justo en el paso de los transeúntes que corren tras sus diarias urgencias.

    No importa. Siguen haciendo su esfera luminosa. Eso tienen estos poemas de Julio, luz. Y en ella descubrimos otra forma de hablar. Una expresión de gestos y rumores intensos, crecida sin embargo desde la más pura intimidad. Una zona donde las palabras nacen como estallidos del silencio. La narración de lo que habíamos visto sin ver. Lo que hubiésemos querido decir y no dijimos. Lo que vive y crece y piensa en medio de nuestra resignación o nuestra ceguera. Los versos que, como dijese Raúl Silanes al presentar “La Sombra del Amor” –el último libro de González, parece que llevaran “nuestra saliva ardiendo en otra boca”.

    Al revés de lo que normalmente sucede, puede sospecharse que Julio no hace los poemas sino que los poemas lo hacen a él. Por eso, según nos enseñara Fernando Lorenzo, es hijo de no dormir la siesta, de Sancho Panza y una poetisa inglesa, del jazz negro, de los siete locos, y vive preocupado por la mala suerte de quienes nunca entenderán a Chaplin.

    Los poemas que se muestran a un lado de esta crónica mínima, es decir, con justicia, en una de las calles anchas del diario, forman parte, como hijos naturales de Mendoza, del recorrido de la vid. Igual que los vinos añejos, no ven alegría si no se los destapa. Por eso, lo que estamos haciendo es, simplemente, abrir una botella consagrada. Y compartir, con entusiasmo, un poquito de luz.

 

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