Calle Angosta 2005

Bombas - Mendoza Cultural

 B O M B A S

 

   Una bomba puede más que todas las palabras. Las convierte en lamentación y en polvo. Sobre todo si es una bomba atómica de 4.500 kilogramos con piezas de uranio-235 listas para reaccionar en cadena… Pero el llanto y el dolor son humanos y el polvo no deja de ser piedra. Entonces la palabra, que siempre se reconstituye, toma de lo humano la acusación y de lo pétreo la memoria. Esta vez, una memoria breve.
    Un 6 de agosto como hoy pero de 1945, una formación de bombarderos B-29 despegaba rumbo a Hiroshima, para cumplir una orden del presidente norteamericano Harry S. Truman.  Al ejecutarla, un resplandor blancuzco–rosado se esparció en un segundo entre el cielo y la tierra, acompañado por un cataclismo monstruoso. En el acto murieron cien mil seres humanos y otros tantos fueron muriendo después, como consecuencias de las heridas y las radiaciones. Luego de tres días la operación se reprodujo en Nagasaki, con setenta y tres mil muertes instantáneas. En total, nada, para una estrategia política imperial. El objetivo había sido cumplido. No derrotar a Japón, que ya estaba derrotado; sino advertir a la emergente Unión Soviética de que  Estados Unidos, ante una situación bélica extrema, no tendría límites. Esto es, se definió un proyecto de alcance mundial, que involucra, naturalmente,  a la especie humana en su conjunto. La forma de mostrar ese plan hegemónico exigió, por supuesto, como lo sigue haciendo ahora, una alteración del lenguaje, con el objeto de ocultar la verdad. Y vender que es bueno para todos lo que en realidad es sólo bueno para unos pocos.
    En manuscritos del presidente Truman, se puede leer: “Hemos descubierto la bomba más terrible de la historia del mundo (..) Esa arma será usada contra Japón entre hoy (eran los últimos días de julio) y el 10 de agosto. Le he dicho al Secretario de Guerra, Sr. Stimson, que debe usarse de forma tal que los objetivos militares, soldados y marinos sean el blanco mayor y no mujeres y niños. Aunque los japoneses sean salvajes, crueles, inmisericordes y fanáticos, nosotros como los líderes del mundo para el bienestar común no podemos lanzar tan terrible bomba sobre la vieja o la nueva capital (se refería a Tokio o Kioto). Estuvimos de acuerdo. El blanco será puramente militar y emitiremos una declaración de aviso, pidiéndoles que se rindan y salven vidas. Estoy seguro que ellos no harán eso, pero les habremos dado la oportunidad. Es ciertamente algo muy bueno para el mundo..”  Y seguía: “Parece ser la cosa más terrible jamás descubierta, pero puede ser convertida en la más útil.”
    Una vez que tal hecho útil se produjo, Truman le informó radialmente a su país: “Hace dieciséis horas un avión estadounidense arrojó una bomba sobre Hiroshima, una importante base del Ejército japonés (..) Es una bomba atómica, es la utilización del poder básico del universo, la forma con la cual el sol toma su poder (..) Con esta bomba nosotros hemos hecho un nuevo y revolucionario incremento en destrucción, para aumentar el creciente poderío de nuestras fuerzas armadas. Pero el final no ha llegado todavía. Estas bombas se siguen produciendo actualmente en su forma actual, pero aún más poderosas formas están en desarrollo..”   
    En esos breves conceptos se encuentran definidas las bases para el tratamiento político del hecho singular más horrible de la historia humana. Mentira y cinismo. Su aplicación fue tan eficiente como la causa que lo engendrara. Hasta el punto que aún ahora, cuando hay información contundente sobre aquellos bombardeos -los verdaderos móviles, la naturaleza real de los objetivos alcanzados, la desproporción monstruosa entre el fin y los medios, y sobre todo, la tremenda secuela de degradación humana y ambiental que se ha seguido propagando-,  el 50 % de los estadounidenses consultados (por la agencia noticiosa AP) aprueba hoy el acto, mientras que el 75 % lo considera un incidente “inevitable”. 
    Sobre esa opinión pública adormecida, se consolida y crece lo que constituye la madre de todas las bombas. Lo que estalla con cada una de ellas y crece sin límites gracias a la destrucción que producen: las ganancias de la industria de guerra y de las corporaciones que detentan los recursos básicos del planeta y buscan insaciablemente más, al precio que sea. Aunque ello implique la destrucción del patrimonio genético de la humanidad, en una escala brutal e irreversible.


MENDOZA CULTURAL

 

    Recientemente, en un acto que se llevó a cabo en el Teatro Independencia, con la presencia del Gobernador Cobos e importantes funcionarios del área,  se ha presentado un “plan estratégico para la cultura de Mendoza”. El hecho fue mostrado de manera prolija, y con buenos fundamentos teóricos; aunque genera, sin embargo, algunas dudas básicas. Por lo pronto, no se trata propiamente de un “plan” sino de un conjunto de ideas e interrogantes sobre la manera de formularlo. En todo caso, un proyecto de plan. Pero además eso sucede en el año 2005 por iniciativa de un gobierno que está en funciones desde el año 2003. La primera evidencia es, entonces, la de un profundo atraso.
    Esta proposición se produce, por otra parte, en medio de una realidad exactamente inversa. En un trabajo cercano -producido por Gisela Manoni y Silvia Lauriente (“Los Andes”, 31-07-05)- se describe el sombrío estado del sector, de una manera precisa: Orquesta Sinfónica funcionando al cincuenta por ciento de su necesidad y sin posibilidades de difusión federal por no poder cubrir sus gastos de traslado.  Inexistencia de comedia, coro, ópera, ballet y sello discográfico provinciales. Salas de arte con  diseño e infraestructura ajenos a los requerimientos modernos.  Escasez de salas teatrales y debilidad funcional de las que existen. Inactividad de las ediciones culturales. Desatención del inventario patrimonial y abandono de nuevas y necesarias inclusiones. Enorme atraso bibliográfico en la principal biblioteca de la provincia. Inconsistencia y elecciones arbitrarias en las políticas de fomento. Falta de acciones efectivas de integración barrial. Y entre tantos problemas visibles, aquello que no se ve, la persistencia burocrática que veda el cartel de un grupo de teatro en la calle San Martín o que instala para los ensayos en salas de la Subsecretaría algún candado inevitable. Esta situación  también tiene el rango de evidencia probada.
    Vinculando ambas evidencias, no resulta desatinado pensar que, ante el vacío que la gestión cultural del gobierno de Cobos tiene abierto a sus pies, se ha buscado ganar tiempo e invertir el orden natural de los hechos. En realidad, el equipo que se postuló para dirigir la provincia en las elecciones del 2003, debió hacerlo con un estudio de la situación de cada área, y en consecuencia, con un diagnóstico y un plan de acción perfectamente definidos. Pero, al menos en el tema de la cultura, eso no fue así, sino al revés. Primero se produjo el acceso al gobierno, después no se hizo nada relevante, y por último se propone un estudio para ver que es lo que debería hacerse.
    De todos modos, habrá que observar la evolución del discurso. Si la “enmienda” es sincera, bienvenida. Más vale reaccionar tarde que no hacerlo nunca. Si es sólo una pieza para encubrir falencias y repartir ambiguamente responsabilidades propias, será “más de lo mismo”. Eso podrá verse, solamente, ante los hechos concretos.
    Mientras tanto se debería tomar nota de la experiencia acumulada. No es correcto que la gestión cultural cabalgue sobre los hombros de unas pocas personas, que aunque sean capaces y voluntariosas, terminan sobrepasadas por las realidades, muy dispersas y complejas, que deben enfrentar. Pero tampoco es bueno el pluralismo deliberativo que discute todo y nunca llega a la concreción de las cosas. En ese sentido, hay que tener en cuenta que en Mendoza es una plaza muy pequeña, y que en cada área cultural ya existen unos cuantos referentes indiscutidos y valiosos, que pueden ofrecer, en una transferencia constructiva, sus ideas y sus conocimientos.
    La otra cuestión clave que debe tenerse en cuenta es de naturaleza política. Cultura no es asistencia social. En este campo el Estado no debe regalar nada, sino encausar las acciones y definir los objetivos correctos, en un marco de objetividad y transparencia. Un artista, un escritor, no merece más ayuda individual que un mecánico o un vendedor de seguros. Lo importante de una gestión cultural pública es la creación de condiciones para el desarrollo armónico de las distintas ramas artísticas, y promover, en torno a ellas,  la inclusión y el protagonismo de todos los sectores sociales, en especial, los más lejanos y olvidados.
    Días atrás, en el cierre de la muestra de Quino, muchos funcionarios buscaban su lugar junto al artista. Es natural y no tiene nada de objetable. Pero en consonancia con ello, también debieran ocuparse de los nuevos creadores, los Quino de mitad del siglo, que hoy en día carecen de canales para su expresión. Es claro que quienes tengan verdadero talento a la larga van a prevalecer, pero lo bueno sería que los caminos fuesen menos tortuosos. Y más poblados.

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