Calle Angosta 2005

Ars poética - Sobre Jesús

ARS POETICA

 

    Escribir poesía es una cosa y ser poeta otra. Con un poco de oficio, unas cuantas  lecturas y cierto manejo de las técnicas del género, se puede escribir una poesía. Pero poeta sólo es aquel que vive de una manera poética. No discute por dinero por patria ni por nombradía. Por eso hay mucha poesía pero pocos poetas.

    Para escribir algunas poesías “que no suenen mal” es suficiente reunir un grupo de palabras más o menos armónico. Pero intentar siquiera una obra original, requiere que se cumpla con otras condiciones. Tal vez, la primera de ellas sea una aproximación hacia la obra que ya existe. Carece de sentido repetir lo ya dicho.

    También se requiere una firme disposición para indagar el poema de los hombres de hoy, que encierra la grandeza y el misterio de no haberse escrito. Y tener luego el atrevimiento de revelar todo cuanto sea posible sin asignarse la propiedad de nada.

    Hay quienes se utilizan la poesía para la expiación de dolorcillos propios o como asiento de su egolatría. ¡Nada más lejos de su verdadera misión! ¡Nada más lejos del destino que la justifica! Ni fermento de un “iluminado”, ni regalo de cúspides. Simplemente, revelaciones de la vida, que recibe y difunde, lentamente, sus luces esenciales.

    ¿Formas? Todas las formas son admisibles cuando la calidad del contenido las justifica. La línea que define otro horizonte o un simple plato vacío pueden ser poéticos. Pero nunca habrá inventos o poesía bajo condiciones de absoluta obediencia o absoluta cordura. El conformismo inhibe la posibilidad de creación.

    Se trata de decir algo, como si fuese la última manera de hacerlo, como si lo dicho antes sólo hubiera sido una aproximación a lo que debiera decirse.  No es posible cambiar el modo de que un hombre nazca, pero cada nacimiento puede celebrarse de mil formas distintas. Y eso un poeta lo sabe;  su oficio consiste, justamente, en hallar voces y caminos ocultos.

    El ofrecimiento de una nueva forma es, en definitiva, otra manifestación de la voluntad de búsqueda del hombre, de su curiosidad infinita. Siempre frente al mar se ha querido descubrir lo que había más allá del agua. Frente a las montañas, lo que se vería después de atravesarlas. Frente a la inmensidad del espacio, la cara oculta de la luna, la primer estrella de la noche infinita. Frente a la suma de todas las palabras, las palabras que faltan, las que pueden juntarse para soñar lo que no se posee, para explicar, por fin, lo que todavía no tiene explicación.

    No basta crear obras sino ponerlas a prueba. Es preciso vivirlas, enseñarlas. Pero no con la suficiencia de quien dice “escúchenme” sino insinuando, simplemente, “yo existo”, un poco como esos niños que saludan el paso de los trenes repletos de gente silenciosa, y humanizan con su risa y sus manos la quietud del paisaje.

    Un poeta no es rival de otro poeta, sino que ambos son rivales del consumismo, de la opresión, del mandato de las apariencias, de la consagración del universo inmóvil. Mucho antes de que la América comenzara a existir por la “lógica” del descubrimiento y a pensar de acuerdo con la “lógica de la conquista”, algún príncipe de los toltecas, de quien no se conoce ni el nombre ni el rostro, halló la manera de fijar, sin libros, sin imprenta, pero con ese lenguaje de la verdad que trasciende los tiempos: -Sólo el arte perdurará, donde todo perece.


SOBRE JESUS

 

   Hoy, víspera de Navidad,  el tema es Jesús. Aunque el avance de una fiebre consumista, al parecer inexorable, haya instalado en este día otra forma de movilizarse, el tema sigue siendo “sus circunstancias” históricas, y en especial, lo que ellas tienen de trascendente, y por ello, de necesarias, en un medio donde el culto al “gran dios rojo y barbudo de los regalos” con su implícita sumisión fetichista, los bombardeos alegóricos,  las cartas astrales, y hasta cierta lujuria dental y bebedora, sentada en cada mesa, proponen algo así como un nuevo desenfreno pagano; y donde la misma figura del Mesías se ha fijado de una manera puramente ritual, sin ninguna lectura crítica de su contenido.
    Lo cierto es, sin embargo, que ningún habitante del mundo, incluso quienes carecen de militancia o hasta de creencia religiosa, se halla excluido, directamente o indirectamente, de los significados del pensamiento cristiano. Y todo ello, casi a partir de nada, puesto que la propia existencia real de Jesús ha sido objeto de fuertes controversias. En efecto, luego de varios siglos en que los Evangelios fueron tratados por la Iglesia Católica como biografías históricas de Jesús, desde finales del XVIII aparecieron diversos estudiosos -Money, Dupuis, Voltaire y ya en siglo XX A. Drews, con su obra “El mito de Cristo”, entre muchos-  que pusieron en duda dicha historicidad. Incluso teólogos católicos advirtieron que, las Cartas de San Pablo, uno de los primeros testimonios literarios sobre Jesús, no decían absolutamente nada sobre su persona concreta; como tampoco lo hacían otros historiadores muy próximos, como Filón de Alejandría o Justo de Tiberíades.
    Recién luego de febriles búsquedas, se hallaron dos pasajes en la obra de Flavio Josefo, estudioso reconocido de la época, donde son nombrados Jesús y  “su secta”.
En el texto posiblemente más auténtico del libro “Antigüedades”, publicado en los años 60 de la era cristiana, se leía sobre una convocatoria de Anás a los jueces del Sanedrín, ante los cuales presentó a Santiago, “hermano de Jesús, llamado Cristo”, y algunos otros “violadores de la ley”, que por ello, “fueron lapidados”.
    Si ha sido tan amplia esta discusión en términos de “existencia histórica”, ¿qué no podría debatirse sobre aspectos más intangibles, como su condición humana o divina, el hecho de ser hijo de un dios o de un hombre?  Y todavía más, lo que definiría, en último análisis, la clave de su ministerio. Es decir, si habiendo vivido como un ser mortal, pudo en efecto haber “resucitado”, pudo “regresar  de la muerte”  por efecto de su condición divina, y si esa misma condición tiene alcance irrestricto para todos los hombres;  o si, por el contrario, tiene causales de exclusión y en tal caso quienes tiene el derecho de establecerlas.
    Tales debates nunca pueden cerrarse con una certeza racional. Pero, en una   perspectiva situada en el ámbito de la creación, como la que ofrecen el arte y la literatura  -incluyendo el difícil arte de la política con ética-,  cualquier incertidumbre se disipa. No importa tanto la realidad física de un ser humano, importa lo que queda. ¿Importa que hayan existido Eurípides o Miguel Angel, o importan sus obras?  Todo hombre se encuentra destinado a desaparecer. Tanto como puede quedarse, re-vivir, eternizarse, en cada pequeño milagro dejado por su mente y sus manos. ¿Existió Homero? Es irrelevante conocerlo. Basta con que exista “La Ilíada”. Tampoco importa si Jesucristo existió o no en términos de haber tenido un documento de identidad, cierto grupo sanguíneo, y una filiación indubitable. Nada de eso es lo que define la calidad y la herencia de una persona.  Importa su mensaje, y aquello que puede perdurar después de veinte siglos, aún en el supuesto que nunca hubiera sido dicho.         
    Justamente lo más deslumbrante de Jesús, tanto se lo mire como un dios, un hombre, un personaje literario, un mito, o como se lo quiera mirar, es que sigue viviendo. Y que todos los días se reproduce, como “creado” y como “creador”.  Cada niño que nace, en medio del rechazo y de la indiferencia social, rodeado de amenazas, y con su inmensa, conmovedora,  fragilidad, es Jesús. Y lo mismo cuando al crecer aprende a diferenciar lo necesario de lo superfluo, lo justo de lo injusto, lo pequeño de lo trascendente.  Y entonces, del mismo modo que aquel muchacho carpintero -de maderas humanas-,  se alza enfrente de los egoísmos personales, de la violencia de los imperios,  y de cualquier templo, próximo o lejano, donde la ley sea escrita por los mercaderes.

Copyright  Power by PageCreative