Calle Angosta 2004

Los libros de Ana - Cartas del General

LOS LIBROS DE ANA   

 

   Tras un acuerdo al que arribaron las autoridades del Círculo de Periodistas de Mendoza y la familia de Ana de Villalba, los libros que la gran maestra reunió y pudo defender contra su propio ritual de préstamos y obsequios, o del celo de los vigilantes de turno, volverán a brindar, de una manera más explícita, el mismo servicio para el que su antigua dueña los tenía destinados.
    No es un mera transferencia formal, sino un hecho de significación, que se aviene con varias reflexiones. Una, en principio, sobre el pronóstico “post-moderno” del ocaso del libro de papel, lo que puede ser, efectivamente, inexorable. ¿Pero a partir de cuándo? Porque tal vez sucede que al no diferenciarse una tendencia de una alteración consumada y visible, es decir, al no medir la distancia entre una hipótesis y un suceso concreto, se decretan decesos prematuros. Y si bien es cierto lo que tanto se dice, por ejemplo, que un procesador electrónico facilita búsquedas y abrevia resultados -y que por eso va a terminar prevaleciendo-, los viejos libros no han perdido su encanto, ni lo perderán mientras puedan llevarse en un bolsillo y ser leídos en las camas, las plazas, los sanatorios, los viajes, o en las salas de espera de médicos y funcionarios, o en los cuartos y las celdas oscuros, a la luz de una vela o de una cuerda de hilos que beben querosén. Y mientras haya quienes desdeñen la brevedad y el vértigo, y prefieran el desmenuzamiento pausado de las hojas, la memoria táctil o el olor de la palabra impresa. Es decir, todavía existen  “antigüedades” para rato.
 En el caso de una biblioteca formada con libros que fueron de Ana existen, además, otros estímulos. Durante muchos años, desde que esos libros llegaron a sus manos, le sirvieron naturalmente a ella, porque eran los objetos de culto en los cuales hallaba una respuesta acorde con su voracidad de conocimiento. Pero enseguida le servían a todos los demás, fuesen ellos sus amigos más próximos o sus visitantes momentáneos,  porque no había novedades, hallazgos, discusiones o travesías, que ella no quisiera compartir. Y para eso no importaba demasiado la cercanía o distancia del afecto. Todo buscador de caminos, todo lector interesado, eran su afecto y su desvelo, y hacia ellos llegaba, casi siempre con el peso de una cita perfecta, la calidez de su palabra. Por eso, cada libro de esta nueva biblioteca instalada en Mendoza,  es algo más que una suma de páginas y un título valioso.  Es un objeto con vida propia, marcado por la huella de adhesiones o rechazos que no pudieron evitarse, y por otra señal intangible, la pasión con que fueron tratados, bajo cuyo conjuro se podrán esperar siempre sorpresas bienhechoras, o por lo menos una disposición al contagio. 
Estos libros, los viejos y los nuevos, los referidos con levedad o los gastados por el uso, los de ahora y los que han llegado desde otro tiempo, se encuentra otra vez abiertos para el goce.  Y para un aprendizaje mayor, si eso se quisiera. Porque el conjunto es la suma de varias décadas de lectura y de paciente decantación estética, que no han dejado lugar para la literatura sin consistencia. El "seguidismo" de una moda, lo vanal, la letra de mal gusto o ese palabrerío que se mueve en aire como un vuelo de mosca, pero nunca trasciende la primer imagen de las cosas, brillan -muy felizmente, en este caso- por su ausencia.
La casa está abierta, pues, e iluminada. Será forzoso, sin embargo, que los lectores aporten cierta prevención mínima, así como un conocimiento, aunque sea elemental, de la forma con que deben ser tratadas las personas ilustres, los grandes bandoleros o los antiguos caballeros andantes. Muchas veces, el memorioso Funes, Aureliano Buendía, la Maga, Pedro Páramo, Hamlet, la Mujer Enancada, Pantaleón con las Visitadoras, y hasta Alonso Quijano, el mayor hidalgo de la Mancha, van a colgar en las paredes los atributos de su nombre, dejarán a un lado sus andanzas, y saldrán a la luz. A preguntar por Ana.


LAS CARTAS DEL GENERAL

 

    San Martín fue un político revolucionario con virtuosismo militar. Su genialidad en la estrategia con que planeó la lucha por la independencia americana fue el punto de remate de una concepción de poder. Es decir, peleaba, pero sabía para qué. Coincidían en su misma persona la perspectiva ideológica y las armas para instrumentarla. Era además un hombre instruido, de gran capacidad intelectual, y con un perfecto conocimiento de la historia. Poseía entre sus bienes más preciados los libros clásicos de la época, incluyendo los mejores ensayistas ingleses y franceses, que leía directamente en su idioma original. Y él mismo era un escritor convincente, de perfecta estructura,  y por momentos, ingenioso y mordaz. Sobrevivió cinco lustros a su período de acción intensa y directa, en un ostracismo (siempre inquieto y lúcido) que lo tuvo instalado en el centro del mundo. Pudo haber legado, con autoridad indiscutida, un libro de análisis histórico, o de estrategia político-militar o aunque más no fuese de “memorias” que le sirvieran como puente para echar luz sobre los acontecimientos que lo tuvieron como protagonista. No lo hizo, sin embargo. Tal vez haya temido transmitir a las nuevas generaciones el peso de un dogma. Y preferido en cambio el simple lenguaje de los hechos. Pero el General dejó, al menos, sus cartas, donde se puede rastrear, desde su tono intimista y aparentemente ligero, la coherencia de sus ideas.
     Cuando se dudaba sobre la declaración de la independencia, le decía a Godoy Cruz,  diputado por Mendoza al Congreso de Tucumán: “¿Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia? ¿No le parece a Ud. Una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cocarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree que dependemos?”
     En las puntas de su “tira y afloje” con Buenos Aires, al faltarle apoyo, se enferma o renuncia a su mando, y expresa, por ejemplo: “Yo no quiero ser juguete de nadie y sobre todo quiero cubrir mi honor” (carta a Pueyrredón). Y al renovarse la ayuda, dice: “Ha mejorado mi salud y sólo espero un poco más de tiempo para que venga todo el dinero y marcharme aunque sea muriendo” . “Si no puedo reunir las mulas que necesito me voy a pie; es menester hacer el último esfuerzo, pues si esta la perdemos, todo se lo lleva el diablo” (carta a Guido).
    Antes de la expedición al Perú, proclama a su compañeros del Ejército de los Andes: “La guerra la tenemos que hacer del modo que podamos: si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que trabajen nuestras mujeres, y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: seamos libres y lo demás no importa nada” (Orden General del 27 de julio de 1929)
     Luego de su exilio forzado, ya en el viejo mundo, admite: “Prefiero la vida que seguía en mi chacra (de Mendoza) a todas las ventajas que presenta la culta Europa”. Aún en su dolor, y sin descuidar su profundo interés por los sucesos del país, se hace lugar para la nota indiscreta y chispeante. Refiriéndose a su tío político, Hilarión de la Quintana, en carta a Guido, dice: “¡Qué batallas tan furibundas no me dio en Montevideo! Desgraciadamente, el amor (que indistintamente ataca a toda edad y profesión) bajo la figura de una rolliza y pelinegra lechera se apoderó del corazón de mi tío y lo convirtió en un volcán. ¡Qué escenas no presencié mi querido amigo! Antes ni después del sitio de Troya las ha habido comparables. Hubo moquetina de tal tamaño que la diosa espantada se presentó en mi casa a deshoras de la noche buscando mi protección. Yo creí que el juicio final había llegado. En conclusión baste decir a Ud. que protegido de Eolo y Neptuno me hallaba ya en el Ecuador y aún la sombra de Hilarión me perseguía.”
    En ocasión del intervencionismo anglo-francés, le dice al mismo Guido: “Yo soy como las mulas chúcaras que orejean al menor ruido, es decir, que estoy sobre el quien vive, de todo lo que viene de Inglaterra”. “Notará Ud. que no le hablo una palabra de nuestros amables interventores: en este particular yo soy como el célebre manchego, sensato en todo menos cuando se trata de caballería andante. Así es que pierdo los estribos y mis nervios sufren cada vez con los amigos se suscita la conversación.” Se complace, sin embargo, con la defensa de Vuelta de Obligado: Han visto ahora, dice, “que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca.”
    ¿Y si se las editara, completas, en vez de tanto homenaje monocorde y fugaz?

 

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