Calle Angosta 2004

100 años de Chejov - Prioridades contra-cultura

    100 AÑOS DE CHEJOV

 

La noticia de que se han cumplido cien años de la muerte de Chejov (1860-1904) desata, de pronto, reflexiones guardadas en la hondura de una felicidad antigua, adolescente, cuando leer a los clásicos rusos solía ser un ejercicio cotidiano. Resultaba fácil, además, para los aprendices de la vida,  la lectura de Chejov. Sus cuentos maestros, como “Una pequeñez” o “La señora del perrito” , y su dramaturgia, como “la Gaviota” –que daría inicio a su relación con Stanislavski-, “El jardín de los cerezos” o “El tío Vania”, a quien él presentaba, justamente,  como un ser que debía ser querido, con tanta iluminada sencillez, que lo hizo parte para siempre de una familia social,  de los modelos de ser humano que se conservan en la memoria, necesarios y a la vez posibles.
    Es bueno, sobre todo en estos tiempo de dura competencia, de caída libre de los referentes vitales, el recuerdo de Chejov. Cuando buena parte del arte moderno, en una tendencia egolátrica que prefiere los destellos explosivos antes que su enlace con las necesidades del hombre; cuando mucha literatura se instala en vidriera de las  modas del mercado;  cuando el vértigo de los grandes fenómeno angosta el espacio del diálogo de cada uno consigo mismo, y lo hermético y lo confuso se imponen a la fluidez y la armonía de la palabra en vuelo hacia la integración y el entendimiento; la  recordación de Chejov sirve para intentar un equilibrio, aunque sea breve y ligero, de las proporciones. La probanza de que no se requiere del hermetismo ni la altisonancia para ser profundo. Y que los elementos más naturales del lenguaje todavía pueden resultar suficientes para producir un texto perdurable.
    Precisamente en “La Gaviota”, los protagonistas principales, dos escritores, se enfrentan en sus concepciones estéticas. Uno de ellos dice: “No hay que representar a la vida como es ni como creemos que debe ser, sino como la vemos en nuestros sueños”. Mientras el otro, con quien Chejov se identifica, le responde: “Una obra de arte debe expresar, obligatoriamente, algún gran pensamiento”.
    Y de eso se trata, cabalmente. Sin excluir lo simbólico cuando se justifique y entienda, sin borrar de las posibilidades del golpe de efecto, la sorpresa, lo onírico, lo absurdo, una obra de arte siempre debe plantearse desde una perspectiva integradora y sensible,  concebida no en el sentido de que provoque la admiración por el autor, sino que muestre la manera que él tiene de pensar el mundo y qué es lo nuevo y lo diverso que le dice a los hombres.
    “Dentro de doscientos o trescientos, bueno, pongamos, mil años, el tiempo exacto no importa, reinará una vida nueva. una vida feliz. Claro que nosotros no participaremos de esa vida, pero vivimos, trabajamos y sufrimos ahora para ella; estamos creándola y sólo en eso está la finalidad de nuestra existencia, y si quieren, nuestra dicha”  (A. Chejov, en “Las tres hermanas”)

 

 

PRIORIDADES CONTRA-CULTURA

  

   Es frecuente que de tanto hablar, los hombres públicos incurran en desvaríos expresivos que constituyen verdaderas confesiones de incapacidad o (cuanto menos) de incomprensión sobre la naturaleza de sus deberes. Es el caso de un alto funcionario nacional, Torcuato Di Tella, quien ha dicho, recientemente, que si bien “no desconoce la importancia de la cultura”, en una situación de crisis como la que se vive, “existen otras prioridades que atender”.

    Ante afirmaciones de ese tipo, la primera reacción tal vez fuese pedirle a este buen hombre un saludo de despedida. Esto es, si considera que hay “otras prioridades” que relegan la importancia de su función, mejor hágase a un lado, cierre las dependencias a su cargo, y procure que los fondos del sector se apliquen a los fines que suponga de mayor urgencia. Pero obviamente no es así. Sería demagogia contra demagogia. La respuesta debe apuntar hacia una reflexión distinta, que contribuya a una mejor comprensión de las cosas.

    En un relato de Draghi Lucero, que nunca fue funcionario pero sí sabía de circunstancias populares íntimas y profundas, un personaje, al hablar de su infancia, recordaba que la madre, en noches numerosas, le narraba cuentos para hacer que se olvidara del hambre. Es un caso extremo, claro. 
Pero aquella madre conocía de cultura mucho más que el actual Subsecretario de la Nación, porque no separaba artificialmente las partes de una misma realidad, y hasta donde le era posible, forzaba una difícil armonía. Se hacía fuerte en aquello que podía disponer, para atenuar la pena por lo que faltaba.
Pero no hablaba de graduaciones de importancia.

    Por lo menos desde Sarmiento para acá, millones de padres han mantenido la creencia de que el futuro de sus hijos debe ser construido sobre sus dos piernas, y no dando saltos sobre una sola. Es imposible sostener, en pleno siglo 21 y justamente por quien inviste el mayor cargo del área cultural del país, una vivisección tan grosera del hombre. No hay un individuo que se alimenta y se viste, por un lado, y un reflejo que piensa, por el otro. Se trata siempre del mismo ser humano, que requiere y necesita, por igual, de ambas verdades. Alimento para su cuerpo, y alimento para su espíritu.

    Lo que se debe hacer, en todo caso, es usar los fondos públicos con eficiencia. No para servir a los burócratas empedernidos y a los cazadores de prebendas, sino para instrumentar las políticas culturales que ayuden al desarrollo de la mente del hombre, que lo ayuden en su lucha diaria por el pan y por todos los otros bienes a los que tiene derecho, es decir, la perfección de sus habilidades,  la adquisición de conocimientos, el modelaje de aquellas armas que hoy son indispensables para que cada uno determine y construya, con argumentos legítimos, las prioridades que le sean propias.

 

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