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Whitman, el poeta de la democracia

 

 

 

El 26 de enero de 1892, luego de hacer un magno poema con su vida –una canción abierta hacia los siglos-, moría en Carden, entonces una villa cercana a Filadelfia, Walt Whitman, una de la mayores voces de nuestra América, la que no tiene norte ni sur ni lenguas enfrentadas, sino el plasma, aun en proceso de descubrimiento, de un mundo verdaderamente nuevo, desde el que se excluyan las cronologías abstractas y se pueda decir: en este sitio, en esta geografía oceánica y mestiza, existe ya otro germen de vuelo y de futuro.

 

Antes de agotar sus perennes alianzas: alma y cuerpo, verbo y cosmos, vida y esperanza, antes de parase frente a nuestro descreimiento inicial y de golpearnos con sus revelaciones, Whitman se había paseado, “turbulento, fuerte y sensual”, por más de siete décadas, esparciendo sus poemas como la hierba que enverdeció sus ojos y con la que festejó la belleza de las cosas simples y fijó el ámbito de los verdaderos milagros:

Yo creo que una hoja de hierba no es menos que el trabajo realizado por las estrellas,

Y que la hormiga es igualmente perfecta y una grano de arena y el huevo de un reyezuelo, (…)

Y que la zarzamora podría adornar los salones del cielo…”

 

El Brazo al Cuello

 

Hijo de los Whitman de West Hills, vecinos de Maniatan: labradores, granjeros, artesanos, casi todo fecundos y longevos, inmersos en el clima libertario de la revolución y las luchas emancipadoras y de una madre de emancipadoras y de una madre de ascendencia holandesa, como su abuela, “Amy” Van Nelson, de quien el poeta diría: “la mujer más suave que he visto jamás, o he conocido, o espero conocer”. Confluencia, pues, de vientos y serenidad y preludio de su propio genio: reconcentrado y verbal, vagabundo y amante, orgulloso y humilde, nunca “por encima ni separado de nadie”. Paradigma histórico, pero huidizo, al fin, de toda biografía. ¿O no era también hijo de Homero y de Isaías, de los Nibelungos y de Dante, de Esquilo y de Walter Scott? Y Hermano de los pescadores de Long Island, los mineros de California, los guardabosques de Dakota, los cocheros de Nueva York, los marineros de Brooklin y de esos tipos humanos que cualquiera intuye por el sonido de sus nombres: Pedro Callahan, Tippy el Hinchado, Joel el Amarillo, de quienes, al parecer, aprendió lo suficiente como para decir: “ A las gentes de rostro rasurado y seguras de su gramática yo las llamo: Señor y los toco con la punta de mis dedos… Pero a los otros les pongo mi brazo sobre el hombro o alrededor del cuello… En ellos la naturaleza se justifica a sí misma”.

 

La Libertad como Forma

 

La formación humana de Whitman, el tránsito que va desde su niñez hasta su alta adolescencia, o más allá, hasta el hombre de treinta y seis años que publica la primera versión (de sólo doce poemas) de “Hojas de Hierba”, es un espectáculo inédito, absolutamente diferente al de la vida de cualquier otro escritor de su tiempo. Fugitivo de los espacios cerrado – fuesen ellos iglesias o escuelas-, amigo de los árboles, los animales, las rocas donde escrutaba largamente el mar, alto atlético, caminador en la amistad y en el silencio, anunciándose siempre con el olor del agua salada y marchando con el balanceo de los marineros en tierra y esa agudeza celebratoria por la que podía decir: “el aire es un manjar para mi lengua”, “Tú no eres más que la réplica deslumbrante de mí mismo.”

 

Era, pues, un ser a la medida de la libertad más absoluta, creciendo en un pueblo que lo hacía con su industria y que era protagonista de un gran ensayo democrático, del cual emergían hombres como Emerson, como Lincoln, como Thoreau. Tales circunstancias, la personal y la social, permiten comprender los rasgos más notables de su poética, que rompe no solamente con el metro y la rima, insuficientes para contener su desaforado caudal de vivencias, de emociones, de descubrimientos perpetuos, sino también con todas las tradiciones literarias inglesas y europeas y que además se proyecta infinitamente más arriba de la originalidad formal, para llegar a la prefiguración más clara y sugestiva del hombre nuevo, el hijo de la democracia que veía posible. Por eso, “si hay poesía en nuestra América –dijo Rubén Darío-, ella está en las cosas viejas: en Palenko y Utatlán, en el indio legendario o en el inca sensual y fino y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt Withman”.

 

Su país y su pueblo

 

Puestos a bucear en sus textos, sobre todo los cuatrocientos poemas de la última edición (en vida de Whitman) de “Hojas de Hierba”, o la prosa de sus diversos prólogos, o la de “Perspectivas democráticas”, cada lector y cada crítico, movidos quizá por las leyes corrientes del orden y las preeminencias, han resaltado uno u otro aspecto de una obra que de por sí, por extensión y hondura, se ofrece como materia propicia para ese tipo de búsquedas. Así, algunos remarcan su teogonía casi hereje: “Cada objeto, o condición, o combinación, o proceso preciso, exhibe su propia belleza”. O su sentido libertario: “Mi cabeza no está hecha para reverencias ni mi boca para zalemas”. O su adoración a la naturaleza: “La enredadera que trepa por mi ventana me satisface más que toda la metafísica de los libros”. O su vozarrón de profeta: “Las canciones más dulces y vigorosas están aún por cantarse”. Otros, en fin, su concepto igualitario de la mujer y del hombre y su adhesión a la felicidad de quienes “duermen con los cuerpos entrelazados”.

 

Sin rechazar ninguna de esas reseñas, creemos, por nuestra parte, que lo mayor de Whitman, el punto más alto de su cuerda y su gloria, está dado por la identificación de su poesía con las necesidades de su pueblo, su obra planeada antes como idea que como expresión y conjuntamente con el destino de su patria. El mismo dice, en “Perspectivas democráticas”: “Jamás ha habido país, pueblo ni circunstancias que tuvieran necesidad de un linaje de poetas y poemas distintos de todos los demás y que fuesen estrictamente suyos, como la que el país y el pueblo y las circunstancias de nuestros Estados Unidos tienen de esos poetas y poemas hoy y para el porvenir. Aún más, en tanto los Estados Unidos continúen absorbiendo la poesía del viejo mundo y dejándose dominar por ella y en tanto permanezcan faltos de una poesía autóctona que exprese, vivifique, de color y defina su éxito material y político y que les sirva señaladamente, carecerán de una nacionalidad auténtica y serán defectuosos”. Y en otro pasaje, recordando las enseñanzas de Herber al joven Goethe y explicando con ello la lógica interna de su propia obra: “La poesía realmente grande (como los cantos homéricos o los bíblicos) es siempre el resultado del espíritu nacional y no el privilegio de una minoría refinada y selecta”.

 

Cada día, un nuevo comienzo

 

Con todo, la ligazón que hace Whitman entre la suerte del hombre y un sistema económico –que por entonces no había entrado en la fase avasallante del capitalismo monopólico y que mantenía un contacto aún fresco con sus raíces democráticas-, puede debilitar muchos de sus conceptos y de su sustancia política para quienes lo lean con independencia del contexto en que se formularon. Sin embargo, hay en el conjunto de la obra de Withman una expresión tan amplia y elocuente de su vitalidad poética, que siempre surgen los elementos para una interpretación más actual y más justa. Basta recordar que el propio “hijo de Manhattan” alcanzó a denunciar las fallas que advertía en la conformación social de su país y el profundo dolor que embargó su vida desde el asesinato de Lincoln. Tuvo también la claridad de advertir que en los Estados Unidos se libraba un gran experimento “pero no el único ni el último, de la idea democrática”. Afirmación coherente, por lo demás, con su convicción de fondo, la de ser parte, tanto en su ámbito histórico como con su poesía, de un animoso punto de partida, pero no de una época o de un texto cerrado para siempre. “Nunca ha habido otro comienzo que éste de ahora”, supo decirnos. Y hasta de la muerte aguardó nuevas experiencias. Quizá por ello entró en su territorio sin funerales ni mortaja: sólo con su pantalón gris, su camisa blanca arremangada y el eco de sus versos:

Sombría madre que sin tregua te deslizas junto a nosotros con pie ligero. Nadie ha cantado jamás para ti un canto de total bienvenida.

Pues yo lo canto, glorificándote por encima de todo”. © EL LIBERAL.


 

 

 

(“El Liberal”, Santiago del Estero, 7 de marzo de 1992)

 

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