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Las insinuaciones de un nuevo lenguaje

 

 

Qué significa, en términos prácticos, que un lenguaje sea “verdaderamente nuevo?” ¿Hasta dónde es exigible – y aplicable – que diga “lo que nunca se dijo”? Es obvio que estas afirmaciones rechazan valencias absolutas. “Lo nuevo” no pasa, naturalmente, por la marginación o por el rechazo de las formas y de los conceptos anteriores, sino por una interpretación que los re-exprese en el contexto de otras realidades y otras exigencias, y que desdeñe, por supuesto, ese tipo de originalidades arcanas y volátiles, que sólo sirven como ornamento de lo incompensible.

 

No es original, por ejemplo, valerse de palabras inventadas, si antes no se combinan eficazmente las que ya se conocen, ni cambiar el sentido de los signos de puntuación, ni alterar las modulaciones sintácticas, ni dejar a un lado esas convenciones que le asignan a una lengua la categoría de un lenguaje universal, de un lenguaje abierto e inequívoco, por medio del cual dos personal o mil comunidades pueden hablarse comprenderse en los Andes, en el Congo o en la Polinesia.

 

Tampoco es original hacer metáforas o llenar discursos con símbolos de modernidad que en poco tiempo dejan de serlo. Hablar de tele-imágenes, de rayo láser y de cibernética no significa, en absoluto, impulsar la novedad de un lenguaje, si antes no se han tensado, hasta el límite de su ruptura, las cuerdas de una nueva sensibilidad, que aparte, en cada caso, lo efímero de lo permanente, lo injusto de lo justo, lo meramente epidérmico de lo estructural.

 

Quizá la condición indispensable para servir, apropiadamente, a la concepción de un nuevo lenguaje, pase por la búsqueda y re-valorización del que ya se conoce, y en la aceptación apriorística de que el lenguaje no puede construirse afuera de la sociedad ni afuera de la historia.

 

Como forma pre-eminente de la comunicación humana, el lenguaje lleva en sí mismo los genes del cambio, al mismo tiempo que resulta expresión de una continuidad, por lo que todo “nuevo lenguaje” deriva por asociación, copia, réplica, absorción, de los “lenguajes anteriores”.

 

Hay épocas de cambios fundamentales en las que el lenguaje también experimenta cambios fundamentales (pensemos el mundo, por ejemplo, después de Copérnico o después de la Revolución Francesa). Otras veces los cambios son apenas de grados, de matices, como sucede hoy entre nosotros. No es igual el lenguaje argentino –defensivo, oblicuo, interlineado- de tiempos del “proceso”, que el lenguaje más amplio y más claro de la democracia. Pero tampoco es esencialmente diferente, pues los problemas principales y las soluciones que en cada caso se proyectan siguen operando en un mismo sistema.

 

Siempre hay espacio, sin embargo, para decir lo que no se dice, pues cada artista es, por definición, un creador, y cada creador tiene una disposición múltiple y al mismo tiempo totalizadora: modela, por una parte, lo que ve, pero anticipa, con mayor o menor agudeza, lo que todavía no puede verse. Es el “vidente” de Rimbaud, el “traumaturgo” de César Vallejo, el hombre que “recuerda el futuro” de Alejo Carpentier.

 

(Revista “Letras”, Mendoza, 1986)

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