El hecho de que poetas como García Lorca, Miguel Hernández, o en alguna medida, el mismo Neruda, sucumbieron a la represalia política; o que otros, como José Martí o el peruano Heraud o nuestro Francisco Urondo, se inmolaran en combates; o que algunos, como Dino Campana o Antonín Artaud hayan muerto en un manicomio; o bien la extensa lista de los que sufrieron exilios y prisiones, o de quienes, como Lugones, Esenin, Maiakovsky, Pavese, Pablo de Rokha, Alfonsina Storni, Violeta Parra, José Asunción Silva, Silvia Plath, Alejandra Pizarnik o los muy cercanos Solá González y Víctor Hugo Cúneo, consumaron su propia muerte, no constituyen meros episodios accidentales, sino referencias integradas, esenciales, para la explicación de ciertas revelaciones propias e intransferibles de la poesía.

 

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Si bien su elaboración literaria es hondamente subjetiva, tanto la materia prima que utiliza – otros hombres, relaciones, cosas, propiedades- como las conclusiones a que llega, el texto poético, tienen orígenes y destinos externos. ¿Pero qué raro tratamiento, qué alquimia alucinante se manifiesta en medio del proceso, en el interior de cada poeta? ¿Cómo podría explicarse ese proceso lleno de misterios y conflictos, que no trata, solamente, una serie de elecciones formales- la palabra justa, el símil comprensible, el sonido correcto- sino que exige, además, el consumo de las propias fuerzas del creador, el aporte de toda su vocación reveladora, de todo su poder cognoscitivo, de toda su capacidad para sentir y emocionarse?

 

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Ninguno que haya formado aunque sea una sola vez los versos de una estrofa, negará que la tinta con que fueron impresos ha llevado un poco de sangre. El correlato estético de esa metamorfosis es la negación de la lógica formal. Los poetas elaboran y entienden esas formaciones donde los árboles pueden ser negros y los animales tener pensamientos y los hombres alas, y donde como enseñaba Chaplin, los cordones de zapatos pueden comerse como si fueran tallarines. Pero en cambio se olvidan o desdeñan o rehúsan entender esos discursos plenamente lógicos, como el de quien gana veinte salarios, y le pide comprensión y paciencia a los que, poseyendo sus mismos derechos y sus misma necesidades, tienen que vivir con uno.

 

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Por eso, los desgarramientos del poeta pueden ser tan profundos que agoten su materia, e instalen, lo que sobreviva, en el terreno del nihilismo, o en la batalla desesperada o en la soledad mística. Hay enseñanzas de la historia, sin embargo, que alientan algunas esperanzas. Todo lo que ha trabado la evolución del hombre fue, poco a poco, desapareciendo; y aunque ello resulte, posiblemente, demasiado “lógico” para el espíritu de un poeta, implica, por lo menos, la práctica “ilógica” de la solidaridad y del respeto mutuo, en un mundo marcado por las vanidades y las competencia.

 

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Un poeta no es rival de otro poeta, sino que ambos son rivales del consumismo, de la opresión, del mundo seco de la quietud, del fugaz encanto de las apariencias. Mucho antes de que nuestro continente comenzara a existir por la “lógica” del descubrimiento y a pensar de acuerdo con la “lógica de la conquista, algún príncipe de los toltecas, de quien no conocemos ni el nombre ni el rostro, halló la manera de decirnos, sin libros, sin imprenta, pero con ese lenguaje de la verdad que trasciende los tiempos: Sólo el arte perdurará, donde todo perece.

 

 

 

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