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Roberto Arlt, el cazador de fantasmas

ROBERTO ARLT, el cazador de fantasmas

 

              Ignorado por buena parte de los sectores académicos -remisos,

 

quizá, al estudio de las literaturas aluvionales-, inaprehensible

para la crítica mecanicista, cuyo entendimiento suele agotarse

en la antinomia revolución-conservadorismo, y carente de atractivo

para los círculos vecinos al poder, Roberto Arlt debió esperar

durante décadas por un sitio que recién ahora -a sesenta años de

             su muerte- se le reconoce.

 

Nació con el siglo, en el barrio porteño de Flores, de padres inmigrantes. Autoritario y muchas veces ausente de la casa, el padre había servido en el ejército imperial. Nacida en una aldea tirolesa, y criada en Trieste, Catalina Iobstraibitzer, la madre.

 

En la niñez de Arlt -nutrida de acontecimientos poco felices, como las constantes angustias económicas, el vagabundeo penoso por las casas de inquilinato, las difíciles relaciones sociales proyectadas desde su hogar hacia la escuela y sus primeros trabajos invariablemente inestables y grises-, se encuentran ya los signos, el plasma y las contradicciones del futuro escritor, cuya modelación de lo fantástico no estaría tan cerca del “invencionismo” como del conocimiento puntual y objetivo de las cosas, es decir, de todo lo que ellas pueden revelar por sí mismas.

 

Hablando de sus primeros años, Arlt cuenta: “He cursado las escuelas primarias hsta el tercer grado. Luego me echaron por inútil. Fui alumno de la Escuela de Mecánica de la Armada. Me echaron por inútil.” Desde allí anduvo, probando suerte en las ventas y los oficios más diversos, nutriéndose tanto de Dostoiesvsky como de los folletines, “pacíficio, tímido y solitario”, como él mismo supo definirse, pero abriéndose, al mismo tiempo, al culto de la ironía, la indagación periodística, o la resonancia, entre dolorida y hereje, de J. K. Huysmans: “Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos quede otra cosa que escreibir deshechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas...”

 

EL CONTEXTO ULTERIOR

 

Desde la aparición, en 1926, de “El Juguete Rabioso” -paradójicamente rechazada por Elías Castelnuovo, y publicada a instancias de Ricardo Güiraldes-, hasta su colección de cuentos “El Criador de Gorilas”, editada en Chile, en 1941, sólo median quince años, entre los cuales se produce la gran crisis del ’29 (con la caída estrepitosa de los precios agrícolas y el cierre de numerosos mercados extranjeros, en un país que era el “granero del mundo”), el golpe militar de 1930, un reacomodamiento económico impulsado por los nuevos sectores a cargo del Estado, y la pérdida de participación política de las clases medias y bajas.

 

En los primeros años de la década del ’30, una sensación de abatimiento, un oleaje de pesimismo colectivo había corrido por la conciencia de los argentinos. La gente

de letras, en pleno proceso de identificación profesional, tomaba por su parte los rumbos más diversos: la adhesión a las nuevas alianzas y la nueva realidad política -que Lugones celebraría, con júbilo, como “la hora de la espada”-, el seguidismo hacia los grandes nombres y temas que llegaban de Europa -Gide, Joyce, Proust, el ultraísmo-, los ensueños desatados por la Revolución Rusa, o el recogimiento en la soledad y la tristeza, como expresión de nuevas realidades míticas.

 

Arlt se desprende, en tal contexto, de sus pares, y ciertamente de su propia historia, dibujando, en un cuento maestro, al “escritor fracasado”, y proponiendo, sin ninguna explicitación política y evadiendo preguntas que no le interesaba responder, la literatura anárquica y revulsiva del país real. Es un inconformista sistemático, que escribe como un testigo oculto de los hechos corrientes, exhumando toda su crudeza pero a la vez el bien o la piedad que todavía la tierra desconoce o confunde.

 

LOS PUNTOS Y LAS COMAS

 

Hay discusiones más o menos frecuentes y convencionales en torno a la obra de Arlt. Por ejemplo, la relación entre su base realista y sus profusas circunstancias fantásticas. O sobre lo que en ella aflora de renovador o de perverso. O bien sobre su construcción formal. Es común, a propósito de esto, que muchos críticios acometan contra los textos arltianos, mostrando sus debilidades sintácticas, la simpleza de su léxico, cierta monotonía de su discurso. Hay quienes llegan a sostener que “escribía mal”, lo cual, y no en último término, conduce a pensar si “escribir bien” será acaso no tener faltas de ortografía y poner comas donde corresponde, o por el contrario, entre otras cosas, develar lo que antes no ha sido develado.

 

Ricardo Piglia, en “Respiración Artificial”, traza sobre el tema una pincelada clarísima: “Cualquier maestra de la escuela primaria...puede corregir una página de Arlt, pero nadie puede escribirla.” Se nos ocurre otra referencia basada en un recuerdo personal. Habremos leído “El Juguete Rabioso”, la primera novela de Arlt, teniendo entre los doce y trece años, es decir, cuando las cuestiones de forma, de estilo y de proposiciones, estaban muy lejos de motivar o no nuestros afectos. Pero tenemos bien claro que las andanzas de Silvio Astier, saltando sobre muros y destinos aciagos, fueron vividas como parte de nuestros propios saltos, y que a lo largo de toda su aventura nos sentíamos junto con él, ocultos en la penumbra de la casa robada, participando de sus miedos, o aceptando, irreflexibamente, su lógica incendiaria.

 

Accedíamos, pues, libres de todo preconcepto, y al unísono con infinidad de lectores, a la comprensión de un nuevo lenguaje, hecho de lenguas múltiples, de gruesos balbuceos y de toneladas de escoria. Allí asomaba, en esa primer novela, la trama que dejaba de mirar hacia atrás, y que transformaba la totalidad de la materia prima humana, la legal y la ilícita, la exterior y la subterránea, en materia narrativa perfecta, con vísceras, con pelos, con ventosidades; una novela con estructura carnal, constituída como otro plano de una realidad anterior, pero verosímil, sin embargo, hasta en sus excesos más disparatados.

 

 

EFECTO DE MONOTONÍA

 

En toda la narrativa arltiana no hay otra constante que sus personajes, que son como fantasmas tomados de la realidad. El Astrólogo, la Bizca, la Cojá, el Rufián Melancólico, Rigoletto (el Jorobadito), transcurriendo en una literatura sin héroes ni paradigmas, y colmada, por el contrario, de robos, fracasos y traiciones, son el cuerpo y el alma de la monotonía, y también la prueba de la coherencia de Arlt, tan cerca de las reflexiones de Césare Pavese, cuando éste teoriza sobre el arte de la narración. “Narrar -ha dicho el maestro piamontés- es sentir en la diversidad de lo real una cadencia significativa, una clase no resuelta de misterio, la seducción de una verdad siempre a punto de revelarse y siempre huidiza.. Narrar querrá decir entonces luchar toda una vida contra la resistencia de aquel misterio.”

 

Arlt se yergue, en efecto, junto a sus obras, como un periodista consecuente y veraz, que reconoce, luego de mostrar su vasto desfile de fantasmas, que no puede regresar con ellos a ninguna parte, que tales seres no tienen ubicación posible. Están en el mundo, pero a la vez, afuera de él. Y sólo pueden ir muriendo su vida con un lento dolor. En aquellos hombres deshechos y marginales de Arlt están todos los hombres, y está también la negación de toda regla temporal, porque no existen leyes válidas e indiscutibles, mientras existan y se manifiesten los seres que ellas desconocen: los hombres sin trabajo, los enfermos sin cura, los reprimidos sin defensa, y todos los ausentes crónicos de un proyecto social.

 

EL TERCER OJO

 

El 26 de julio de 1942, al amanecer, Arlt muere por un ataque cardíaco. En la noche previa había presenciado un ensayo en el Teatro del Pueblo, y votado en las elecciones del Círculo de Prensa. César Tiempo reproduce, de este modo, el comentario que le habría hecho sobre esa última noche. “¿Te acordás de la historia del tercer ojo que les conté a los malandras de tu lechería? La inventé en ese momento, pero después resultó que las cosas eran tal cual las había inventado y el tercer ojo no me deja dormir. He visto cosas increíbles, monstruosas, indescriptibles, como ese Maelstrom de Edgar Poe que todo lo arrastra hacia su vórtice. Ahora tengo miedo de ver en el enorme vacío donde atisba el más allá de esa mirada aterradora, capaz de vaciarnos el ala y a la que es imposible oponer la simple mirada de nuestros ojos humanos..”

 

Ese “tercer ojo”, como expresión de fuerzas superiores a las del hombre individual, sean las de un “creador” que goza con el fracaso de sus criaturas, o las de un mercado que uniformiza los ideales públicos, está siempre presente en la obra de Arlt, incluído su teatro nihilista, poblado por hombres de la calle pero de una calle sin salida, resignados al dominio de la crueldad o de azares imprevisibles.

 

El mismo Arlt vivió con la idea de que la felicidad era aliada de la seguridad y del dinero, y que por eso no podía ser un don abierto a demasiada gente. Supo, no obstante, cuando fue preciso, defenderse con dignidad, como en el prólogo a “Los lanzallamas”: “Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, de tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo.” De allí que tanto haya pensado en la salvación económica por obra de sus inventos, a los que persiguió como Erdosain a la metalización de las rosas. Poco antes de morir creyó tener resuelto su futuro con unas nuevas medias, de talón y punteras reforzadas con caucho, que ninguna mujer “podría dejar de usar”.

 

Más suerte habría de tener, sin embargo, con sus libros. Y con sus afirmaciones claras, pero menos espectantes, sobre ellos; como cuando escribió:

El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de ella, sino escribiendo, en orgullosa soledad, libros que encierren la violencia de un cross a la mandíbula.”

 

 

 

 

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