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Pensamiento y poesía

La poesía siempre formó parte del pensamiento humano. Tanto de una manera mágica, al estilo de los cantos de Orfeo, como en contacto con las ciencias sociales, y frecuentemente con la situación real de una sociedad determinada. Vamos a servirnos de un ejemplo que nos parece sumamente claro, y que además no es nuevo. Viene desde comienzos del siglo VII antes de nuestra era. Por entonces comenzaron a producirse en Grecia importantes cambios económicos y políticos. El comercio se fue desarrollando entre los reinos de Asia y los pueblos costeros del Mediterráneo. Apareció la moneda acuñada, crecieron los oficios, y en relación con eso fue emergiendo una nueva fuerza social, liderada por una floreciente burguesía mercantil, que pasó a cuestionar los privilegios de la clase dominante, constituida básicamente por una élite aristocrática, hereditaria, dueña de las tierras y de sus frutos, y conductora natural de los ejércitos. Esta lucha, como siempre sucede cuando los conflictos son fuertes y los intereses bien diferenciados, tuvo también su expresión en el campo de las ideas, y en el pensamiento poético, hasta el punto que determinó, exactamente, ¡el nacimiento de la poesía lírica!

 

Hasta entonces, la literatura reinante contenía el elogio de los grandes héroes, las leyendas guerreras, el canto de las epopeyas nacionales, es decir, una poesía fundamentalmente épica, como la de Homero. Y sus relatos marcaban, de alguna manera, los ejemplos a seguir y el camino que a cada pueblo le abrían el recuerdo de sus gestas heroicas, en beneficio, por supuesto, de las clases gobernantes. Pero cuando la expansión del comercio determinó la irrupción de una nueva clase social, una burguesía mercantil fuerte, sustentada en sectores de base popular (artesanos, obreros, marineros, etc.), se dieron también las condiciones para el florecimiento de otra poética. y hasta los campesinos más pobres) propiciaba, también, otra manera de mirar el mundo. Y con eso, otro tipo de arte y de literatura. Es así que frente a esas condiciones, y sobre todo, a partir de Arquíloco, la poesía ofrece una visión distinta, tanto de la realidad inmediata como núcleo de un pensamiento en crisis, como de su propia manera de construirse. Y ya no reproduce o idealiza situaciones pasadas, no transmite hechos conjeturales y externos a la realidad, sino que los proyecta desde ella, y en función de los cambios que avizora y de los cuales participa. Es decir, deja de contar historias ajenas y anteriores, y empieza el relato de la historia presente, cambiando los antiguos héroes por el hombre real, con sus propios derechos y sus vivencias.

 

Los cambios en los que la poesía de aquel tiempo participa son verdaderamente trascendentales. Y no se agotan en las circunstancias objetivas, como podrían ser las referidas a los temas, o a la manera de tratarlos, sino que inauguran un nuevo sujeto creativo, el poeta individual, que opina y produce desde su propia experiencia. Este hecho tiene una importancia excepcional, porque le impone a la poesía, desde entonces y hasta ahora, la visión y el alcance de quienes la realizan. No se trata de una reivindicación gremial o de clase, sino, fundamentalmente, del nacimiento del poeta como individuo. El uso del poema como una herramienta de búsquedas y proposiciones personales. El derecho a la exposición de cualquier pensamiento baja la forma de un canto íntimo y leve, por más que, en determinadas circunstancias, cuando ellos se muestran cohesionados por la asunción de un mismo compromiso histórico, puedan escucharse como un eco plural.

 

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Muchas veces, al observar una pintura abstracta con cuatro o cinco líneas que se cruzan, solemos oir: “pero miren que simple, eso lo podría hacer cualquiera”. Sin embargo, para llegar a producir con esas pocas líneas un efecto sensible, el pintor debió estudiar primero, tal vez durante años, las leyes del dibujo y de otras técnicas conexas, y recién entonces atreverse con la obra que nos parece de tan sencilla concepción. Ocurre, del mismo modo, que antes de la producción de un poema de veinte versos, muy posiblemente el creador debió valerse de años de aprendizaje literario, y servirse en ocasiones de largas lecturas específicas.

 

Hemos tomado, al azar, tres libros. Juramos que al azar. Leemos el primero. Ezra Pund, “Cantares y otros poemas”. El poeta se despide de un amigo muerto. Apenas escribe:

 

Montañas azules al norte de las murallas.

un blanco río serpentea;

aquí debemos separarnos

y salir a mil millas de pasto marchito.

El espíritu parece una vasta nube suspendida,

y el ocaso el adiós de viejos conocidos que se

inclinan

a la adistancia, sobre las manos ceñidas.

Nuestros caballos relinchan uno al otro

cuando partimos.”

 

Pero antes de eso, que conmueve con su bella simpleza, Pound tradujo la obra de Confucio, difundió versiones ejemplares de Li Po y de otros poetas chinos, hizo representar obras del teatro clásico japonés, actualizó a Propercio y a los poetas epigramáticos latinos, tradujo a Guido Cavalcanti y a los maestros del dolce stil nuevo, compuso óperas, estudió economía, escribió tratados sobre crédito social, y llevó a cabo una intensa labor ensayística.

 

Seguimos observando. Carlos Drummond de Andrade, “Sentimento do mundo”, 1940. Leemos:

 

Amas la noche por el poder de aniquilamiento que encierra

y sabes que, durmiendo, los problemas te dispensan de morir.

Pero el terrible despertar prueba la existencia de la Gran Máquina

y vuelve a ponerte, pequeñito, frente a indescifrables palmeras.

(..)

Corazón orgulloso, tienes prisa en confesar tu derrota

y postergar para otro siglo la felicidad colectiva.

Aceptas la lluvia, la guerra, el desempleo y la injusta distribución

porque no puedes, solo, dinamitar la isla de Manhattan.”

 

Eso no lo dice por casualidad un escribiente distraído. Lo dice un hombre que antes de plasmar sus poemas ha visitado el mundo, y no solo como profesor de geografía. Ha discutido con plásticos, con escultores y con otros poetas sobre el tipo de arte que deseaba para su país. El arte con luz, aire, ventiladores, aeroplanos, reivindicaciones obreras, idealismos, motores, chimeneas de fábricas, sangre, velocidas. El arte pensado hacia los sueños.

 

Vamos al tercer libro. Eugenio Montale. Premio Novel 1981. Habla de sus búsquedas. Dice “..He intentado ver qué había del otro lado del muro, convencido de que la vida tiene un significado que se nos escapa”. Y nos figuramos, enseguida, junto a esos textos, sus caminatas obsesivas, de biblioteca en biblioteca, su aprendizaje del español, el inglés, el francés, en un desesperado esfuerzo por conocerlo todo.

 

En cada uno de los textos, se debió producir, antes que nada, un pensamiento fundante. Una relación interactiva, dialéctica, donde la obra producida, el poema, puede influir, a su vez, en la evolución del pensamiento originario. Se podría decir, entonces, que por lo menos desde Arquíloco, nunca ha habido poesía trascendente que no fuese de pensamiento. Los ejemplos podrían sucederse sin ningún esfuerzo, como nombres de un agua que una vez convocada se vuelve continua y torrentosa. Eurípides. Dante. Quevedo. Shakespeare. Juana Inés de la Cruz. Milton. Blake. Schiller. Whitman. Heyne. Baudelaire. Y todo el registro de los grandes poetas modernos. ¿Existen, por contrario, los poetas que hayan perdurado desde la trivialidad, desde los temas minúsculos y pasajeros? Tal vez.. Es probable que algo, entre tanto, haya quedado. Pero sería muy difícil referirlos, y en todo caso, siempre sería hallazgos parciales y discutibles. Tiempo atrás leímos, en algún escrito de Sábato, que la literatura está llena de ideas, y que si nos tomaramos el trabajo de quitar de un libro todo su contenido político, filosófico, religioso, etc., lo más probable sería que no quedase nada. Y eso es bien claro. No hay literatura -ni poesía- sin pensamiento. (Aunque sí es posible que haya pensamiento sin literatura.)

 

Creemos, por otra parte, que la relación entre poesía y pensamiento, como una forma particular de la relación entre las manifestaciones artísticas y la situación de las ideas en una sociedad, puede alcanzar momentos de gran intensidad. Las voces destacadas que la poesía ofrece en un determinado tiempo, siempre guardan una correspondencia básica con los aspectos esenciales de la vida social. A veces se produce la figura mayor que llega a interpretarlo y definirlo de un modo contundente. Recién ahora podemos ver de que manera, por ejemplo, Whitman, en su momento resistido y en buena medida marginal, era en realidad la voz que estaba expresando, como pocas, el nacimiento en los Estados Unidos de una nueva democracia. Mientras muchas décadas después, los poetas de la generación beat, Kerouac, Ginsberg, Corso, Ferlinguetti, habrían de resumir la crisis terminal de aquella democracia, traicionada por fin, y sepultada, por quienes comenzaron a producir, al mismo tiempo, los pobres y la caridad, las armas y las guerras. Las relaciones, sin embargo, no suelen ser tan evidentes. Por eso, para reconocerlas, siempre se requiere cierta perspectiva mínima, cierta distancia temporal. Hasta que los ojos de la historia se posen sobre un punto donde queden inmóviles.

 

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En nuestro país podemos observar, naturalmente, un tipo de asociaciones semejantes. La poesía circundante a la Revolución de Mayo, se revela exactamente al tono de sus exigencias. Hay una gran cantidad de poetas entusiastas, que le cantan al hecho revolucionario, sin mayores resultados estéticos. Los títulos de los poemas son elocuentes. Montevideo rendido, Al paso de los Andes, Victoria de Chacabuco, Canto lírico a la libertad de Lima, El triunfo de Ituzaingó. La obra, en buena medida recopilada en “La Lira Argentina”, de 1824, recoge trabajos, entre otros, de Juan Cruz Varela, Vicente López y Planes, Esteban de Luca, y acaso el más original de todos, Bartolomé Hidalgo, que produce, en lenguaje popular, los célebres cielos anticipatorios de la poesía gauchesca. Uno de ellos: “Un Gaucho de la guardia del Monte contesta al manifiesto de Fernando VII y saluda al conde de Casa-Flores”, un cielito criollo.. pero con las ideas de Juan Jacobo Rousseau.

 

El otro día un amigo

hombre de letras por cierto

del rey Fernando a nosotros

me leyó un gran Manifiesto.

 

Cielito, cielo que sí,

cielito de la herradura,

para candil semejante

mejor es morir a oscuras.

 

Dice en él que es nuestro padre

y que lo reconozcamos,

que nos mantendrá en su gracia

siempre que nos sometamos.

 

Allí va cielo y más cielo,

libertad, muera el tirano,

o reconocernos libres

o adiosito y sable en mano

 

¿Y que esperanzas tendremos

en un Rey que es tan ingrato

que tiene en el corazón

uñas lo mismo que el gato?

 

Cielo, cielo que sí,

ya he cantado lo que siento,

supliendo la voluntá

la falta de entendimiento.

 

 

Esta forma básicamente épica de la poesía argentina inicial, alcanzaría su punto culminante en el “Martín Fierro”, donde pueden observanse formas de pensamiento muy firmes, aunque contradictorias, ya que mientras revelan, por un lado, aspectos solidarios y hasta conmilitantes con el protagonista, a quien se muestra como un gaucho injustamente perseguido y marginado, por el otro lo hacen cumplir un periplo de domesticación y obediencia, bien a tono con el proyecto de los hacendados terratenientes. De todos modos, cualquiera sea la interpretación que cada lector suscriba, es innegable que se trata de un poema cargado de sustento ideológico; lo cual tiene un valor muy especial -por tratarse, justamente, de un texto que se inscribe

entre las obras fundacionales de nuestra poética.

 

Años despúes, como cabalgando entre dos siglos, surge el movimiento literario modernista, que marca el ingreso de la poesía argentina -tal vez siguiendo la misma secuencia post-epopéyica que ya señalamos antes a propósito de la poesía lírica en la antigua Grecia- en una zona ya desvinculada de fines utilitarios o propagandísticos, es decir, verdaderamente libre, pluritemática, y subordinada por entero a la personalidad de cada poeta. Leopoldo Lugones, la figura cumbre de ese proceso, es al mismo tiempo, un pensador que participa activamente en la vida política y cultural del país, en un recorrido cambiante y tortuoso,

que lo lleva desde el socialismo de sus orígenes, hasta su adhesión posterior a nacionalismos extremos, apoyados en la ley de la espada. Desde su mesianismo profético de la sociedad sin clases hasta su bendición al golpe de estado de 1930. Desde cuando “La Vanguardia” se complacía diciendo: “le canta a la ciencia y a la igualdad, fulmina al dios millón, desprecia al clero, promueve la agitación del pueblo, excita a la lucha por la idea, pinta sus dolores y predica su triunfo”, hasta sus loas al general Uriburu. Ampuloso, escéptico, aristocrático, combatido por los mismos que antes lo admiraban, y recuperado luego por quienes primero lo negaron; nunca dejó de ser un hombre y un poeta de pensamiento duro y combativo.

 

En la década del 20, un grupo de jóvenes creadores irrumpe en el panorama literario argentino, con gran fuerza innovadora. Algunos poniendo más el eje de las nuevas ideas en el plano estético, como quienes conformaron el grupo de Florida, en torno a la revista Martín Fierro, entre los cuales aparecen poetas como Marechal, Borges, Girondo, Raúl González Tuñón, Molinari, Bernárdez. Y otros acentuando las propuestas políticamente revolucionarias, autodenominados grupo de Boedo y nucleados alrededor de la Editorial Claridad, como Aristóbulo Echegaray, Alvaro Yunque, César Tiempo y Nicolás Olivari. Al mismo tiempo, desde el interior del país, emergían también voces muy potentes, como las de Alfonsia Storni, los entrerrianos Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi, el catamarqueño Luis Franco, el santafesino José Pedroni, el mendocino Alfredo Bufano, transportándose, desde la consagración de la naturaleza, hasta las más profundas reflexiones sobre los conflictos y las esperanzas humanas. En particular, Luis Franco -cuya obra siempre ha despertado en nosotros una profunda admiración-, recorre un arco temático vastísimo, que lo lleva desde la égogla inocente y sencilla hasta los poemas de mayor intensidad erótica de la literatura argentina, aunque siempre enraizados en un pensamiento de alto compromiso ideológico, libre de incoherencias temporales, y de contramarchas a tono con las tentaciones del poder. En toda esta generación de poetas, más alguno que ya vigilaba desde años atrás, como Macedonio Fernández, y otros que florecerían un poco después, como Jorge E. Ramponi, Manuel J. Castilla, Alfonso Solá González , Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley , Enrique Molina o Alejandra Pizarnik, sumamente dispares en cuanto a los temas y los estilos abordados, se sostienen sin embargo las grandes bases de la poesía argentina moderna. Una poesía verdaderamente magistral, de inmensa riqueza expresiva, surcada en todo su texto por un lenguaje actualizado, generalmente pulcro y sonoro, y un ala siempre en vuelo hacia a la floración de imágenes e ideas.

 

Entre tantos nombres, hay uno que en el que es forzoso detenernos aunque sea muy brevemente, porque es alguien que ha marcado la literatura de nuestro tiempo, y no solo argentina sino mundial, de una manera insoslayable. (Tal vez a él le gustaría oir, “marcado a cuchillazos, con la maestría de un compadre orillero”). Se trata, obviamente, de Jorge Luis Borges. ¿Pero porqué Borges? ¿Porqué vemos una revista literaria en España y hallamos un estudio que lo compara con Juan Eduardo Cirlot? ¿Porqué leemos una revista en México, y aparece una nota que lo compara con J. J. Arreola? Es decir, ¿porqué en cada país se le busca su creador semejante? ¿Porqué Umberto Ecco lo considera un autor fundamental? ¿Porqué Harold Bloom lo incluye entre los cánones de la literatura de todos los tiempos? ¿Porqué si vamos a hablar de poesía y pensamiento se nos hace una referencia indispensable? No basta responder que se trata de un creador exquisito, porque grandes creadores hay muchos, y no nos vemos en la necesidad de nombrarlos. Evidentemente hay algo más. Por lo menos dos cosas más. La primera es que su pensamiento atraviesa de tal modo lo literario, que lo convierte en dos. En lo que está y en lo que se sugiere por su ausencia. La revolución y la contra-revolución, el conservadorismo y el anti-conservadorismo, la inmovilidad y la eternidad. El agnosticismo y la fe. Las bibliotecas como piedras y la lengua como agua. El amor y el odio. Y así con todo lo se quiera. La segunda cosa surge entonces por derivación lógica: Borges es, en realidad, un destructor terrible. Un libertario inimitable y feroz bajo sus formas apacibles. Un poeta que se consuma destruyendo todo lo que crea. Y entonces, al final de su juego, después que ha descubierto, usado, mordido, y alumbrado todas las palabras, nos dice, sobre el campo baldío: señores, ahora escriban y vuelvan a pensar. Ahora siembren las maravillas que la lengua permite.

 

 

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Luego del reflujo de la marea revolucionaria que sacudió al mundo entre la década de los 60 y 70, y el fin de la disputa capitalismo-socialismo, que constituía una ecuación de equilibrio -tanto de contención, en un caso, como de esperanza por el otro-, la literatura y el arte, el desenfado creativo en general, han caído en un estado de parálisis, o de confusión, o en otros casos el pensamiento ha debido involucionar hacia debates que ya no se creían necesarios. La preeminencia temporal del neoliberalismo, en la forma dura que expresaron Reagan-Tachter, y ahora Busch, con su lógico reflejo en los países dependientes, han minado las bases de la creación, le han quitado espacio, no solo temático sino también instrumental, bloqueando, confundiendo, esa zona tan decisiva, tan dinámica, de circulación de las ideas, que es sustento de los hechos creativos. De la poesía desapareció todo lo que oliese a política, se volvió más hermética, más intimista, más limitada a los aspectos puramente verbales y de forma, mientras que en los contenidos perdió mucho de su perspectiva humanística y social. Y no es que lo político constituya, por sí mismo, un atributo de cualidad. En realidad nos parece todo lo contrario, especialmente en aquellos casos donde los poetas, predefinen el “para qué” de sus obras, y trabajan a pedido de su empleador, su dogma o su clientela. Sin embargo, la carencia de sustancia política de alguna manera se percibe, como si una deliberada omisión, un hálito de miedo y de cálculo empírico, contrajese en el poema su vuelo completo. Se puede escribir de cualquier cosa, “menos de”. Y entonces, ante esa falta de plena libertad, la autocensura, la elusión del riesgo, el des-atrevimiento, producen su efecto restrictivo. Y hay una posibilidad poética que se pierde. (En la misma Feria, lo dijo el norteamericano Paul Auster: -si uno empieza a cerrar puertas, ya no puede ver el mundo como un todo).

 

Por supuesto que la incidencia cultural es distinta y que ahora un poema no puede aspirar a la categoría de un himno popular, como cuando los milicianos españoles recitaban a Miguel Hernández o a González Tuñon, o la aviación aliada sembraba las calles de París, en tiempos de la resistencia anti-nazi, con un poema de Paul Elaurd. Pero eso no sucede solamente con la poesía. También se ha borrado de la literatura la palabra revolución. Y del diccionario la palabra imperialismo. La doctrina nacional de los Ee Uu, fundamento de su papel de regente del mundo, que controla más del 90 de la información internacional, del tráfico por Internet, y de la industria discográfica y cinematográfica a escala planetaria, verdaderas cabeceras de puente de su penetración cultural, ha instalado el fin de la historia y al mismo tiempo el terrorismo de la anacronicidad. Así ocurre que el socialismo no es bueno ni malo, no es algo sobre lo que pueda discutirse en el campo de las ideas, sino que simplemente es viejo. Los “nacionalismos económicos” son piezas de museo. La jornada laboral de ocho horas es una antigüedad absurda. La poemas son ecos de un tiempo irrepetible. “Old fashioned”, es decir, pasados de moda. ¡Tal es el nivel de las ideas hegemónicas!

 

Pero en ese punto de la soberbia o el desprecio, parecería que vuelven a darse condiciones para un renacimiento, para la re-asunción por parte de los pensadores y artistas de un papel momentáneamente perdido, y la traza de un nuevo frente de acciones y propuestas. ¿De qué otro lado, de qué otras fuerzas podría surgir un cuestionamiento de aquellas ideas que nos hunden y nos castigan? Porque si se trata de oponerse a un gendarme, puede servir un militante audaz y valeroso. Si se trata de una reivindicación inmediata, puede ser válidos una manifestación grupal, una medida de fuerza, un denuncia pública. Pero si lo que nos quitan son las palabras, si nos roban la historia del progreso humano que ellas mismas han testimoniado, entonces la oposición, la marca en la frente de los ladrones y los mentirosos, de los aprovechados y los traidores, también debe hacerse con las palabras, con textos no azarosos, en cualquiera de sus formas posibles: La discusión filosófica, el argumento científico, la prueba legal, la ironía literaria, y acaso también, alguna vez, un poema.

 

Se nos ocurre una pregunta final, que tal vez sea absolutamente innecesaria, en tanto no proviene no del tema en sí, pero que asoma, sin embargo, con frecuencia, cada vez que hablamos de la realidad actual. Nosotros, ante los hechos presentes, ¿que hacemos? En lo inmediato, pensamos, no caer en la misma categoría de los pragmatismos que predica el Imperio. No dejar de hacer lo que hacemos y esforzarnos al máximo para que ello resulte cada vez mejor. Pelearle a la monotonía y a la resignación, con la dinámica de la belleza, evitando el error de introducir en la obra que escribamos, de un modo forzoso, los temas de la coyuntura (ni de excluirlos, por supuesto, en la medida que se avengan y resulten armónicos con el texto que se esté creando). Muy poco favor se le puede hacer a un pensamiento en cauce hacia una perspectiva de cambio, si se lo trata de “politizar” en un sentido partidista. Eso no implica que un escritor, en supuesto beneficio de su arte, deba privarse de una militancia política concreta, si es que la siente necesaria. De lo que se trata, en todo caso, es de no confundir las tareas. Porque no se puede crecer en literatura sino escribiendo bien. Y no hay ninguna posibilidad de trascendencia poética sino haciendo buena poesía. Si además quisiéramos hacer política, y servir en ella, tendríamos que utilizar los instrumentos de la política. Dignificarlos, renovarlos, en todo caso, con sustancias y convicciones que vengan de la experiencia poética, pero siempre dentro del ámbito y las leyes de una acción distinta. Y aceptando, por supuesto, que no sería posible alcanzar credibilidad, ni en lo político ni en lo literario, sino ofreceríamos, en ambas rumbos, aptitud y coherencia.

 

No existen, por otra parte, resoluciones únicas del tema. Ellas dependen de cada individuo y de cada situación concreta. Esta situación de convivencia entre el pensamiento y el arte, entre la política y la literatura, vale decir, el conflicto de todo hombre sensible a una inquietud estética y la vez inmerso en las necesidades sociales de su mundo, ha tenido las más diversas respuestas. César Vallejo tuvo una. Nazim Hikmet, Cesare Pavese o Francisco Urondo, tuvieron otras, lo mismo que los nuestros, desde Juan Gualberto Godoy a Julio González, desde Ricardo Tudela a Luis Villalba, desde Hugo Acevedo a Raúl Silanes, desde Armando Tejada Gómez a Patricia Rodón. En todos los casos, inquietudes afines, contestaciones diferentes. Eduardo Galeano, eligiendo la poética infatigable de un mundo al revés. O Jorge Asís, haciendo la apología del menemismo a cambio de una jubilación de privilegio. No obstante, si dejamos a un lado las respuestas personales, si generalizamos el asunto, llegaremos a ver, con gran consuelo, pero sobre todo con enorme placer, que no estamos solos. Que hay infinidad de poetas, escritores, pintores, escultores, músicos, cineastas, periodistas, fotógrafos, etc., que oh casualidad de la historia oh maravilla de la conciencia humana, hacen los mismo que nosotros. Y algo más, de entre ellos, de entre tantos, salen las voces que sí nos representan, las que se alzan sobre el caos y la desesperanza y dicen lo que es necesario decir y expresan lo que debe ser expresado. Esas voces que un día definen un pedazo del tiempo.

 

 

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