Artículos

Pablo Neruda, el dueño de todas las palabras


En el invierno de Parral -uno de esos pueblitos incontables donde todo parece falsamente inmóvil y perdido-, al sur de Chile, cerca de Temuco, nacía hace casi un siglo (el 12 de julio de 1904) el mayor de sus hijos -variedad de hombre que los pueblos esperan, como si fuesen un hecho de la naturaleza, para ganar con ellos “un lugar en el mundo”-. La permanencia del futuro gran poeta, sin embargo, no sería prolongada. Al mes de haber nacido, muere su madre, Rosa Basoalto, que era maestra en Parral, cuando tenía 39 años, enferma de tuberculosis. Su padre, José del Carmen Reyes, se trasladaría a Temuco, en 1906. Y de su primera residencia en la tierra sólo quedaría, en su propio decir, “un recuerdo vago, blanco y polvoriento”.

En Temuco se haría parte de una nueva familia: Trinidad Candia Marverde, como madre adoptiva, y Rodolfo -un hijo pre-existente de aquella con don José del Carmen- y Laura -nacida de otro vientre pero del mismo padre- como sus medios hermanos para los juegos, los celos, y la complicidad en los misterios del amor y el olvido. Allí también, en medio de una geografía de maderas y lluvias, de pájaros e insectos, inicia en 1910 su rutina escolar y a los pocos años descubre su afición por una forma nueva de escribir, que muy tempranamente marcaría su destino. El mismo poeta, más tarde, lo recordaría de este modo:

..Habiendo apenas aprendido a escribir sentí una inmensa emoción y tracé unas cuantas palabras semirrimadas, pero extrañas a mí, diferentes del lenguaje diario. Las puse en limpio en un papel, preso de una ansiedad profunda, de un sentimiento hasta entonces desconocido, especie de angustia y tristeza... Completamente incapaz de juzgar mi primera producción, se la llevé a mis padres. Les alargué el papel con las líneas, tembloroso aún con la primera visita de la inspiración. Mi padre, distraídamente lo tomó en sus manos, distraídamente lo leyó, distraídamente me lo devolvió, diciéndome: ¿De dónde lo copiaste?”

Durante una década, el poeta completó su formación escolar primaria y secundaria. Una sola vez obtuvo un “distinguido”, en un examen de Francés.

Las demás veces alternaba sencillos “aprobados” con aplazos que salvaba en marzo. Sus preocupaciones eran otras; él mismo revelaría, en sus memorias, alguna de ellas: “En primavera (desde la altura del Liceo) se divisaba el ondulante y delicioso río Cautín, con sus márgenes pobladas de manzanos silvestres. Nos escapábamos de las clases para meter los pies en el agua fría que corría sobre las piedras blancas.” Uno de sus compañeros más cercanos, Gilberto Concha Riffo, que luego sería Juvencio Valle, renombrado poeta chileno, traza sobre aquellos años del futuro Neruda una semblanza sugerente. Juntos leían, recuerda, a Cervantes y a Whitman. Y “mientras nuestros compañeros corrían en comparsa, saltaban y daban grandes voces a nuestro alrededor, a nosotros se nos pasaba el día observando las cosas menudas del mundo: una hoja, un insecto, una línea cualquiera.”

Los “Cuadernos de Temuco”, conservados por su hermana Laura, resumirían los textos de esta etapa inicial. Tardíamente estudiados, contienen sin embargo la primera transfiguración de aquellas vivencias y lecturas hacia un orden y un método, desde los cuales insinuar una de las obras literarias más originales y admiradas de la modernidad.

 

Una década de oro

 

En 1920, suceden hechos fundamentales en la vida del poeta. En el Liceo de Temuco asume como directora Gabriela Mistral, con quien habría de construir una amistad profunda y duradera. El joven Ricardo Eliezer Neftalí Reyes Basoalto adopta, además, el nombre de Pablo Neruda. Y hacia fines del año se traslada, en tren, como pasajero de tercera clase, a la capital de su país, donde reparte su vida entre el Pedagógico de la Universidad de Chile y la senda de sus nuevos amigos, medio artistas y medio poetas, con un trasfondo marcado por las carencias y la nostalgia de un estudiante provinciano y pobre, sobre el cual, sin embargo, o tal vez, “por eso mismo”, plasmaría la primera excepcional parte de su obra. En 1923, publica “Crepusculario” y un año después, “Veinte Poemas de Amor y una Canción desesperada”, obras de enorme impacto, sobre todo entre los lectores juveniles, cuyas ediciones se miden ahora en millones de ejemplares.

“Los Veinte poemas de amor y una canción desesperada –dice Neruda en sus memorias- son un libro doloroso y pastoril que contiene mis más atormentadas pasiones adolescentes, mezcladas con la naturaleza arrolladora del sur de mi patria. Es un libro que amo porque a pesar de su aguda melancolía está presente en él el goce de la existencia. Me ayudaron a escribirlo un río y su desembocadura: el Río Imperial. Los “Veinte Poemas” son el romance de Santiago, con las calles estudiantiles, la Universidad y el olor a madreselva del amor compartido.”

El prestigio ganado por el poeta veinteañero, le facilita el camino hacia la carrera diplomática. En 1927 viaja a Rangoon (Birmania), donde asume como cónsul de Chile. Luego habría de cumplir la misma función, hasta 1931, en Ceilán, Java y Singapur. En ese clima exótico, pleno de viajes y lecturas, y de incursiones continuas en el Océano Índico, alternando algún amor desavenido con el recogimiento y la soledad, desarrolla los poemas de “Residencia en la Tierra”, que intenta editar en España, sin lograrlo, y termina publicando en 1933, ya de nuevo en Chile, en una edición de lujo de sólo 100 ejemplares.

Con esa obra difundida antes de cumplir treinta años (que incluye también “El Hondero Entusiasta”), Pablo Neruda alcanza los niveles más altos de su lírica. Y se instala entre los mayores poetas de la lengua española.

 

¿Luego de eso qué?

 

Muchas veces se ha intentado medir los alcances de su obra mediante giros alrededor de esa pregunta. Hay quienes sostienen, con un rigor extremo, que luego de aquel ciclo, todo lo ulterior se vuelve redundancia. Lo cual puede ser aceptable, con las debidas reservas. Ello es cierto en el sentido que no hubiera sido necesario un solo verso más para moverlo del nivel alcanzado. Si Neruda se hubiese callado a los veintisiete años (cuando se estima que había concluído “Residencia en la Tierra”) hoy se hablaría de él como de Rimbaud, que a los veinte años ya tenía escrito “Iluminaciones”, “Poesías” y “Una Temporada en el Infierno”, es decir, toda su obra. Pero esa verdad no amengua la producción ulterior de Neruda, que es justamente en la que asume su compromiso político, y se integra, marcado sobre todo por la guerra civil española, como militante de un nuevo orden social, donde las olas de su mar invariable pueden ser la solidaridad entre los trabajadores del mundo y “las uvas y el viento” las armas de lo justo y lo digno que los hombres procuran, como la gracia del cereal o del vino, en su gesta perpetua.

 

Por eso, cuando Neruda se instala en España, en 1934, ejerciendo un cargo consular en Barcelona, Federico García Lorca lo presenta con entusiasmo

fervoroso: "... Y digo que os dispongáis para oír a un auténtico poeta, de los que tienen sus sentido amaestrados a un mundo que no es el nuestro y que poca gente percibe. Un poeta más cerca de la muerte que de la filosofía; más cerca del dolor que de la inteligencia; más cerca de la sangre que de la tinta. Un poeta lleno de voces misteriosas que afortunadamente él mismo no sabe descifrar; un hombre verdadero que ya sabe que el junco y la golondrina son más eternos que la dura mejilla de la estatua..."

 

Desde entonces, Neruda caminó siempre sobre dos piernas, la de su lírica exquisita, y la de su bandería por la causa del hombre. Ese fue su propio derecho, así como cualquier otro poeta tiene el suyo dentro de la vastedad de la creación. De tal modo, en perfecta armonía con su ideario, luego de nuevas versiones de su “Residencia en la Tierra”, conocidas como Segunda y Tercera Residencia, y de los poemas que agrupara en “España en mi corazón”, Neruda publica en 1950 el monumental “Canto General”, obra cumbre de la poesía social de todos los tiempos. Con gran parte de su contenido muy próximo a la historia que vive y de la que participa, el poeta asume en ella los riesgos de circunstancialidad propios de cualquier texto político. Eso permite que muchos de los críticos que observan y emiten juicios con mirada tardía, puedan reprocharle algunos poemas olvidables, y que a partir de ellos intenten -muchas veces con velada malicia- una descalificación más global de su obra. También hay otros que de buena fe exaltan al Neruda anterior, al joven “sin mancha” de las “Residencias”, sin entender que toda obra poética es única e indivisible. Sin la manera de Neruda de interpretar el mundo no hubiera sido posible su lirismo desbordado y carnal. Y sin ese lirismo el “Canto General” no hubiera alcanzado, aún hablando de los temas oscuros, de los burdeles, los explotadores, los mendigos, las traiciones o la Standard Oil, y otros igualmente extraños al “canon” de la “poética pura”, sus momentos de gloriosa belleza.

 

En el mismo libro, el poeta ya se refería a ese tipo de crítica:

Cuando yo escribía versos de amor, que me brotaban

por todas partes , y me moría de tristeza,

errante, abandonado, royendo el alfabeto,

me decían: ‘Qué grande eres, oh Teócrito’”

Yo no soy Teócrito: tomé a la vida,

me puse frente a ella, la besé hasta vencerla,

y luego me fui por los callejones de las minas

a ver como vivían otros hombres.

Y cuando salí con las manos teñidas de basura

y dolores,

la levanté mostrándolas en las cuerdas de oro,

y dije: ‘Yo no comparto el crimen.”

Tosieron, se disgustaron mucho, me quitaron el

saludo,

me dejaron de llamar Teócrito..”

 

 

 

 

 

Entre la lucha y la esperanza

 

Luego de “Canto General”, Neruda escribe y publica durante dos décadas con asombrosa prodigalidad. Entre “Los versos del capitán” (1952) y “Las piedras del cielo” (1970) hace conocer, entre otros libros de poesía, “Las uvas y el viento”, “Odas elementales”, “Estravagario”, “Cien sonetos de amor”, “Memorial de Isla Negra”, “La barcarola” y “La espada encendida”, así como una obra de teatro, “Fulgor y muerte de Joaquín Murieta”. Esa espléndida acumulación de poesía es galardonada, en 1971, con el premio Novel de Literatura. En Estocolmo, al recibir la distinción, el poeta pronuncia un discurso memorable, donde define su concepción de la poesía y de la historia humana, de lo profundo de sus relaciones, y de su íntima concordancia. Entre otras cosas, afirmaba: “No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en el que podemos danzar torpemente o contar con melancolía; más en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en su destino común.”

 

Luego de aquel reconocimiento, Neruda sigue cumpliendo con la “ardiente paciencia” que admiraba en Rimbaud, su trabajo de poeta y su militancia política.

El primero se plasma en “Geografía infructuosa”, “Invitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena”, y “El mar y las campanas”, así como en obras que se publicarían después de su muerte, como “Jardín de Invierno” o “El libro de las preguntas”. El segundo lo instala como candidato a la presidencia de Chile, que habría de resignar adhiriendo a la postulación, finalmente victoriosa, de Salvador Allende. En el histórico intento de realizar cambios revolucionarios en el marco de las instituciones vigentes, Neruda participa inicialmente como embajador de su país en Francia. Luego de dos años, graves problemas de salud determinan su regreso a Chile. Instalado de nuevo en Isla Negra, sobrelleva con estoicismo un cáncer de próstata, mientras trabaja en la redacción de sus memorias. Pero el golpe de Estado del 11 de setiembre de 1973, y la secuela de atrocidades que le siguieron, le produce al poeta un quiebre espiritual del que no podría recuperarse. Luego de un tortuoso traslado, que los sediciosos obstaculizan con esmerada crueldad, Neruda ingresa a la clínica Santa María, en Santiago. Allí recibiría, por última vez, su amada primavera. El 22 de setiembre toma conocimiento, por los cónsules de México y Suecia, de los horrores de la represión política. Un día después, su corazón, que había latido medio siglo entre la lucha y la esperanza, dejó de resistir. Y el nombre y la poesía nacidos en sus pulsaciones, se mudaron a un nuevo territorio, el de la gloria y la leyenda.

 

Todas las palabras posibles

 

Muy posiblemente lo más definitorio del Neruda creador sea la conjunción que alcanzan, en sus poemas, el compromiso y la palabra. Y en el plano más estricto de la poesía como una forma de expresión concreta, su desborde verbal, la contundencia de decir las cosas usando todas las palabras que hay y las que todavía puedan inventarse. En tal sentido, quizá sea apropiado asociar a Pablo Neruda con Stéphane Mallarmé, en tanto artífices extremos de un ensanchamiento sin límites de la cuerda poética. Y si bien ambos se revelan como voces dispares en una búsqueda estética y espiritual que los sitúa a cada uno en posturas antípodas, los dos participan de una misma apasionada e irresoluble obsesión. En su búsqueda, el maestro francés va descartando sucesivamente palabra tras palabra. Quería llegar al objetivo de expresarlo todo mediante la reducción verbal más absoluta, llegar a la expresión última, mínima, definitiva, el silencio. Pablo Neruda, por el contrario, pensaría: ¿porque no decir las cosas, una sola y misma cosa, de cien maneras diferentes, usando el lenguaje y cada acento, cada sílaba, como una catarata? En ese arco, que por un lado esbozaba la Europa de las cosas concluidas, que anticipaba el pensamiento del “fin de la historia”, que enfrentaba el imán de la muerte, y que por el otro se tensaba en la América de las cosas por descubrir, del territorio virginal y bárbaro, de los ríos abrumadores como serpientes que hacen el mapa de todo nacimiento, en ese arco infinito, pero reconocible, está pues la poesía enanchada hasta donde pueda concebirse, una tan desaforada y contigua, otra tan lejana y patética, que se ofrece al sentido como estrépito y eco, como distancia entre una cordillera soleada y un abismo nocturno. Parte insoslayable de tal amplitud en lo diverso es, definitivamente, Pablo Neruda.

Mira este día, esta marejada

de luz que te contiene

y que por hoy solo por hoy te pertenece.

Aprovéchate y mira.

Dentro de algún tiempo

te pasará lo que a mí,

ninguno de los dos estaremos.

Así que prueba todos los frutos

liba en todas las flores.

Los días seguirán sucediendo...”

Copyright  Power by PageCreative