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Apenas un gato, "lejano y perezoso"

 

APENAS UN GATO, “LEJANO Y PEREZOSO”

 

¿Cómo hablar de Soriano sin un gato que nos acompañe? Él mismo nos dijo alguna vez: “Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo.” Y por eso los tuvo a su lado desde la infancia hasta el exilio y los hizo pasear, con su fina armonía, su explosión de ingenio, en todas sus novelas. Justamente en la primera, en “Triste, solitario y final”, según su propio reconocimiento, uno de ellos es quien aporta la “solución” que le faltaba. Años después, cuando Héctor Olivera llevó al cine “Una sombra ya pronto serás”, tuvo que incurrir en una traición forzosa. “Pero gordo -le explicaba a Soriano- lo que vos querés es imposible. ¿Cómo voy a conseguir que un gato camine detrás de alguien, se lave la cara, se trague una laucha, y después se duerma como un angelito? ¡Imposible!” Así que la película se quedó sin uno de sus actores necesarios, y ciertamente, sin una parte del encanto que el libro nos supo transmitir.

 

De manera que, aleccionados por este ejemplo, vamos a simplificar todo lo que el espacio exige, menos el gato. Hemos instalado para ello a Nicolle, una siamesa de cuatro años, con su poderosa fragilidad y su extraña videncia de todas las formas de la luz y el idioma de la geometría, en nuestro desorden inmediato. Oportunamente ella se hará friegas en nuestras piernas, se trepará al teclado en cuanto advierta los primeros errores, o bien se instalará, mansa pero vigilante, en el techo siempre tibio del monitor, para dictarnos lo que corresponda.

 

Así que dice Nicolle: -Soriano era uno de los nuestros. Nunca lo pudieron domar. Y siempre leyó claro ese lenguaje falaz y tendencioso de los domadores de turno, los de uniforme y los otros, que con invocaciones al orden y al ayer y a la santa razón de las leyes antiguas y los mercados nuevos, se fueron ligando y alternando para dejarnos de a poco sin país. Desde los tiempos de su primer novela, desde las pinceladas que armaban sus maullidos en la trastienda del diario “La Opinión”, hasta sus últimas columnas de “Llamada internacional”, en “Página 12”, siempre fue el mismo felino audaz e incorruptible. Siempre puso en su voz el mismo tono romántico pero a la vez solemne que tienen los pasos de nuestra especie sobre las chapas asoleadas. Y emergiendo y flotando en medio del vapor y los malos olores, sostuvo también esa profunda resonancia ética, por la que una literatura, además de ser bella, nos resulta mucho más próxima y carnal, más masticable, igual que un trozo de hígado, recién cortado y tierno.

 

Sigue Nicolle: -No me pregunten de lo primero que se lee. De las formas de su literatura. No soy una remota egipcia capaz de predecir futuros ni conozco del tema como los buenos profesores de letras. Pero además no nos importa si una novela de Soriano podrá leerse dentro de cien años como lo ha sido hasta hoy.

Pregúntenme en cambio por lo que nos queda, la vivencia que hoy mismo se nos prende a la zarpa, la historia que sus textos habrán de revelar, cuando se hable de Gatica o de Obdulio Varela, del vacío repugnante que la democracia modelo Alfonso El Pequeñito le hizo a Julio Cortázar, en su triste viaje final, ese que hizo a su patria sabiendo que era para despedirse. O cuando se hable de la fiesta de un rapaz miserable, todavía en la cúspide de su poder, justo en el año que Osvaldo, ya sin pelo ni barba, pero tan gato como yo, “lejano y perezoso”, se moría.

 

Sigue Nicolle: -Ese Soriano va a quedar, será parte de los irrecuperados huesos del país, de esa cosa física, pesada, turbulenta, en que se puede convertir la memoria de un pueblo, aún y sobre todo si se trata de un pueblo de gatos silenciados. Exactamente lo que nos hizo leer en una de sus últimas y (¡otra vez!) exactas reflexiones: “Estoy cansado, tengo más edad de la que he confesado y la enfermera se acerca para llevarme a cenar. Acá en París nos acostamos temprano y ahora que se acerca el invierno lo único que puedo hacer es mirar viejas películas, leer viejos libros y evocar viejos partidos. No tengan piedad de mí. La memoria, si veraz y violenta, es una materia exquisita.”

 

- Cierra ya, Nicolle; nos dijeron que sesenta líneas...

 

-¿Nada más? -me dice-. Bueno, ¿pero sabés qué? Todos los gatos se la debemos al gordo. En cierta ocasión, le pidieron que escribiese una pequeña autobiografía. Dispuso de su oficio para rehusarse. “Cómo hablar de nosotros -dijo- si no sabemos quienes somos?.” Y agregó: “Yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán, cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna”.

 

Ahí fue que nos callamos. Sospecho que los dos pensábamos lo mismo.

 

 

 

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