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El Tango, una gesta de los barrios grises

El pasado 11 de diciembre, fecha en que coinciden el nacimiento de Carlos Gardel y la muerte de Julio De Caro, fue el día Nacional del Tango. ¿Habanera cubana? ¿Tango andaluz? ¿Candombe oriental? ¿Milonga criolla? ¿O tal vez, más aceptablemente, un poco de todo eso, ensamblado por el alma de un pueblo que le fue dando, a través del tiempo, su perdurabilidad, su tono, su riqueza? Si el nacimiento del tango, con rara claridad, sobre la dialéctica de las formaciones, su proceso difusivo – particularmente la forma en que se da, desde lo marginal hacia lo hegemónico- constituye algo tan rico, tan complejo, que todavía sigue suscitando las más diversas interpretaciones. Pero lo cierto, lo indiscutible, es que el desarrollo del tango no se produce como vulgarización de un modo impuesto desde el poder, sino como un fenómeno inverso, nacido y socializado desde el seno de las clases más bajas. El tango se gestó en las orillas del viejo Buenos Aires, sobre el piso de tierra de las barracas y los mataderos, entre acordeones, reses, guitarras y cuchillos. Y se fue sustanciando doblemente, como una música alegre y entradora y como una danza que acentuaba, con el enlazamiento de los cuerpos y sus quiebres eróticos, las tensiones de un asunto prohibido. Los compadritos que deambulabas sus ocios entre los punteos del voto cantado y las prácticas de la rufianería, las chinas cuarteleras, los instrumentos de flauta y mandolín, los mozos de corral, las mujeres de vida licenciosa y dagas en las ligas, le ponen su marca a las romerías del Once, en los grandes patios suburbanos, en las carpas de San Telmo, en los bodegones de La Batería. Con este nuevo siglo, el tango va saliendo de los sitios de moral dudosa, y los reductos semiclandestinos. Los pianitos a manija, los organitos a molinillo y hasta las cornetas de guampa de los cocheros de tranvías, ayudan a expandirlo. Se interesan por el tango los cajetillas del centro, músicos de estudio, escritores, niñas de la sociedad y noctámbulos de todo pelaje, en el escenario inmenso de una ciudad que ya había dejado de ser la gran aldea, y se encaminaba, con su millón largo de habitantes, hacia los fastos del Centenario. El novelista Manuel Gálvez (socio del Jockey Club y casado con Delfina Bunge) aprendió a bailarlo en 1901 y dijo: “Durante un mes asistí a una academia donde unas chinitas bastante feas me perfeccionaron en la danza del suburbio porteño”. Benito Lynch, Ricardo Guiraldes y Jorge Newbery, entre otros famosos, harían lo mismo. Ulyses Petit de Murat extrae del libro de María Rosa Oliver, Mundo, mi casa, un magnífico testimonio que sintetiza cómo se produjo la asimilación del tango en los ambientes más empinados de la sociedad: “Un mediodía, la entonces niña María Rosa oyó la música que antes había escuchado tocada en el piano de los cinematógrafos. La música provenía de la pianola. La madre de María Rosa le preguntó de qué se trataba. – El choclo-, contestó el padre, añadiendo: - Sé que te gustan. La Señora Oliver le replicó a su marido diciéndole que se dejara de zonceras, que de dónde había salido ese tango. Rodeada por sus hijas, ante la información del señor Oliver, que manifestaba haber comprado varios rollos de tangos, soltó su indignación: - ¿Cómo no pensaste que esta música no es para una casa decente? No hizo caso de la argumentación marital, en el sentido de que todo el mundo bailaba el tango en París. Dijo, lapidariamente: - Lo que es mis hijas jamás van a bailar el tango, mientras yo viva. Pero los tangos siguieron resonando en la mansión de los Oliver”. Antes de que concluyese la primera década de este siglo, ya se podían ver discos de tango en las vidrieras de los negocios más reconocidos, la fragata Sarmiento había llevado a Europa los primeros ejemplares de La Morocha, compuesto por Saborido y Villoldo en una noche de bohemia; Leandro Alem era celebrado en Unión Cívica, luego de su fallida revolución de 1905; Eduardo Arolas y Vicente Greco afinaban el bandoneón – ese instrumento decisivo para el tango, llegado desde Hamburgo - y en una comisaría de la zona de Retiro, Carlos Gardel saldaba sus pequeñas deudas cantando, con su guitarra destemplada, los éxitos nacientes. La cosecha estaba próxima. Pronto el tango sería admirado por grandes figuras del canto popular y lírico como Birg Crosby y Enrico Caruso y por genios como Albert Einstein y Charles Chaplin. El “Vasco” Aín los bailaría ante la mirada absolutista del Papa Benedicto XV y hasta el mismísimo Zar de todas las Rusias aprobaría esta danza perturbadora, venida desde París y que se ejecutaba en los salones de San Petesburgo. Gradualmente, el tango adquiriría otro tono, aquel que anunciara Rubén Darío con su “corazón triste de fiestas” y abonara a Evaristo Carriego, con sus novias olvidadizas, sus guapos apaleados y sus madres llorosas. Los inmigrantes no habían hecho su América y tampoco podían regresar a sus patrias, ni siguiera “con las alas plegadas”. Los conventillos no habían logrado superar su hacinamiento y su miseria. En la gran ciudad, donde al comenzar la presidencia de Irigoyen había casi tantos extranjeros como nativos, todos eran, a su manera, ciudadanos extraños, que se habían puesto los ojos en la nuca y cantaban mirando hacia el pasado. Con ese tono, que todavía pervive, el tango alcanzaría su máxima belleza y un espacio, hasta ahora, irreductible.

(Diario "Uno", suplemento "El Altillo", 18-01-1998)

 

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