Artículos

La espada del poeta

En ocasión del centenario del poeta cubano José Martí, otro poeta, pero mendocino, José Luis Menéndez, nos hace llegar algunas reflexiones acerca de la personalidad del destacado héroe de la revolución cubana, muerto en 1895.

 

 

 

 

Hay autores que se preguntan si José Martí no constituyó un caso de poeta incompleto, un creador fragmentado por la interferencia de su militancia política. Existen, a la vez, dudas inversas en el sentido de que las divagaciones poéticas le hayan menguado la ocupación conspirada, y en general, sus movimientos prácticos.

 

Sin embargo, esas no son las maneras de considerar con justicia la vida de los hombres, que siempre se desarrolla en medio de tendencias contradictorias, resueltas, en cada caso individual, de una manera diferente.

 

Uno solo

 

No hay dos Martí, uno poeta y otro político, que de alguna manera se contrarrestan, sino un solo hombre en el que confluyen dos actividades diversas a partir de una misma manera de conocer el mundo y de habitarlo, de un solo tipo de relación con los demás, y de acceso a los medios con que cada sociedad cuenta para la mejor apropiación de lo bello y lo justo.

 

El punto central de ese mismo hombre múltiple, aquello por lo que Martí se habrá de constituir en un hombre ejemplar, un americano cumbre, tanto en lo político como en lo literario, está definido por su apetencia de modernidad.

 

Por supuesto que tuvo que tener otras numerosas virtudes, como su abnegación, su desinterés o su acendrado patriotismo. Pero en el comienzo de cada acción, en la fluencia de cada nuevo verso, se presiente su anhelo de misterio, que simboliza, precisamente, la clave de aquella modernidad. Así se van haciendo, de una manera simultánea, el hombre nuevo, que alumbra, desde Homagno, una poética trascendental, y el ciudadano que se yergue sobre lo umbrales del siglo XX, para ganarse todos sus derechos. La coincidencia es raigal. Apenas adolescente, Martí inicia su carrera política en la condición de preso y deportado por haber escrito algún poema no bien avenido con el poder, y compartir con otros estudiantes, desde unas hojas que llamaban El diablo cojuelo, sus primeros apuntes insurrectos.

 

Luego de eso, ya no dejaría de ser, hasta su muerte, una voz inconforme, la que a la vez canta y vela y precipita, desde su proa de combate, la llegada de los tiempos nuevos. En uno u otro campo, siempre ve más allá. Desgarrado por el dolor de que su patria fuera la única nación de América que seguía sujeta a la dominación española, no se pierde, sin embargo, en el objetivo político de la simple sustitución de formas.

 

Luego de la independencia, ya tiene en su mente la sociedad democrática. Y junto a lo específico de Cuba, ve al resto de la América hispana, y al indio primigenio, siguiendo la senda de San Martín, de Hidalgo y de Bolívar. Es certero, también, en su visión del Norte, en donde admira lo que tiene de admirable –como el espectáculo de que cada hombre pareciera el amo de sí mismo-, pero sin dejar de advertir la irrespetuosidad y la codicia con que miraban hacia el Sur, y de alertar sobre ello con su pluma filosa, como cuando ante la Conferencia de Naciones Americanas (1889/90) las exhortaba a prevenir “en la paz libre, sin codicias de lobo, ni prevenciones de sacristán, los apetitos y los odios del mundo”.

 

El político poeta

 

La actividad política de Martí se nos presenta caracterizada por tributos de formidable singularidad. En primer lugar, por supuesto, el uso del lenguaje, cuya trama resulta, como en nuestro Sarmiento, voraz y persuasiva. Y enseguida la carencia de cálculos de interés personal, y es rara obstinación por la que cada batalla perdida se transforma, de inmediato, en un nuevo comienzo y un nuevo aprendizaje. En el político Martí subyacen, pues, las alas del poeta que pueden alentar, tanto un poema como un discurso, con la misma postulación de belleza. “Quien siente su belleza – dice, por ejemplo Martí – no busca afuera la belleza prestada. Procurará mostrarse alegre y agradable a los ojos, porque es deber humano causar placer en vez de pena, y quien conoce la belleza la respeta y la cuida en los demás y en sí. Pero no pondrá un jazmín en un jarrón de China: pondrá el jazmín, sólo y ligero, en un cristal de agua clara. Esa es la elegancia verdadera: que el vaso no sea más que la flor. Y esa naturalidad, y verdadero modo de vivir, con piedad para los vanos y pomposos, se aprende con encanto en la historia de las criaturas de la tierra”.

 

Como se puede ver en ese texto, la conexión es recíproca. Un verdadero principio de filosofía política se cuela en el juego de las palabras, y lo dual, por fin, se sintetiza. Lo bello y lo justo devienen, de pronto, un hecho inédito, algo que suena con un sonido verdadero. Igual que cuando el poeta dice: “Con los pobres de mi tierra/ quiero yo mi suerte echar…” y después el político prueba, con sus acciones, que lo ha dicho en serio.

 

(Diario "UNO", de Mendoza, 21-05-1995)

 

 

Copyright  Power by PageCreative