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Leer, leer, leer


EL OFICIO DE VIVIR LA CREACION

 

Recordación de la infancia. Por ejemplo, una casita en las afueras de una ciudad pequeña, casi campo. Y en su interior, tan lleno de uno mismo, de tiempo en blanco escudriñando la mudanza de los nidos de pájaros o el nacimiento de los pollos, la necesidad de algo mínimo pero trascendente, algo inmóvil, dócil, pero a la vez fantástico y viajero, los libros. Con ellos en las manos no se tenía un mero objeto de papel, se tenía el mundo, y se tenía el manejo de la eternidad. Los argonautas y los nibelungos, los mosqueteros, las veinte mil leguas de viaje submarino, los tigrecitos de Mompracén, las islas donde los piratas guardaban sus tesoros para ninguna otra cosa que para proponerle a otros una aventura delirante, la de hallarlos para volverlos a esconder.

 

Más tarde la vida sería así, rodearse de cosas inservibles que se terminan escondiendo, y seguir imaginando las cosas que faltan. Pero no es lo mismo hacerlo solos y sin saber los designios del juego que hacerlo con las armas, las ideas, los afanes, los triunfos y las derrotas que otros seres, en verdad, cientos de legiones fantásticas, fueron construyendo en nosotros.

 

Cada persona puede tener, naturalmente, sus propios gustos. Es posible construir o acompañar los ejes de una vida optando por pintar cuadros, hacer política, tejer mantillas o subir montañas, en fin, cualquier trabajo, cualquier emprendimiento con el cual, quienes lo hacen, afirmen su personalidad y se sientan plenos y comprendidos. Pero hacer de la lectura un culto diario, o por lo menos, frecuente, no se opone a nada, y puede, en cambio, sustentar muchas vidas distintas, que es una manera de enriquecer la propia. Para un lector atento, la lectura regala variantes infinitas. Recorrer los mares con Herman Melville, las estepas con Sholojov, las revoluciones con Victor Hugo, descubrir con Enrique Ramponi todos los secretos de la piedra, subir a las hamacas voladores de Miguel Briante o buscar, por qué no, en algún poema certero, inspiraciones para el amor.

Lo resumía, por ejemplo, con increíble convicción, Máximo Troisi, interprendo al cartero de Neruda, cuando le pide ayuda al poeta para ganar a la mujer soñada: -los poemas no son de quien lo hace, sino de quien los necesita…

 

La lectura, cuando se convierte en un oficio, permite un mejor aprendizaje de la realidad. Detrás de cada ficción, de cada “sucedido” lejano y (aparentemente) ajeno, hay cientos de vidas a las que se accede sin reparos ni límites. El camino sinuoso de los soñadores y los perdidos, lo invisible de las conjuras alrededor del poder, la trama oculta y temible de las ambiciones sin ética, lo complejo del bien, lo complejo del mal, las coordenadas que marcan la desazón y la esperanza, la luz en el sopor nocturno, en cada porción de oscuridad…Todo eso, que representa nada menos que siglos y siglos de experiencia humana, reposa ingenuamente, y está siempre listo a develarse, en la voz de los libros.

 

Pero además está el placer, las horas de encantamiento, de reposo aparente, de paz en estado de tensión y vigilia, con que son abordados. Y el sentido de una búsqueda crítica, porque no todos los textos cuentan con la maestría, la calidad literaria, de sus autores, ni presentan ideas, relatos, propuestas, afines al sentimiento o la necesidad de quien los lee. Sin embargo eso es parte del juego, el trayecto que va haciendo cualquier lector desde la mera curiosidad hacia oficio inteligente, desde la obligación escolar hacia el deleite de los sentidos, y la gradual definición de aquello que se afirma y aquello que se rechaza, es decir lo que se encuentra y se goza en consonancia con lo que cada uno es, o quizás, mejor, lo que cada uno va modelando sobre su propio ser.

 

Por efecto de la lectura, todos los conceptos abstractos que son parte de la escolástica formal, la libertad, la democracia, las relaciones de familia, los derechos del hombre, la justicia, son observados en su esencia y en su desarrollo concretos, y no en los límites cerrados de cada ser individual, sino en la trama honda y compleja de infinidad de vidas, que aunque no sean la propia han podido abarcarla y de algún modo -vívido, carnal, alucinante- se le asemejan. El oficio de leer, es decir, ese juego de relacionarse con incontables compañías y de expandir la realidad posible desde la levedad de una página hasta cielos y abismos de otro mundo, desde la era de los dinosaurios hasta la conquista del espacio, ese parentesco de sangre con historias ajenas, una vez puesto en movimiento, no se deja nunca. El dolor por la muerte del caballero de Olmedo, o el descuartizamiento de Tupac Amaru, pueden durar años, ser un luto perpetuo, pero la respiración de ese lector es otra. Es la de un viajero entre el Génesis y el Apocalipsis. Alguien que ha descubierto, entre los pliegues de un sillón o la euforia de una barricada, un secreto para ser feliz.

 

 

 

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