Artículos

La única tradición es el cambio

Cada vez que se habla de las “tradiciones nacionales”, o de “nuestras raíces” o de otras expresiones semejantes, suelen repetirse, con llamativa frecuencia, imágenes y conceptos que, si no se los analiza con un mínimo de rigor, resultan engañosos.

 

Es fácil confundir tradición con determinados usos o hábitos que se hallan, en muchos casos, y por bien fundadas razones, en vías de extinción, como ciertos oficios o destrezas que han perdido sentido, adornos, vestimentas y otros accesorios incómodos, juegos y rituales que ya no resultan necesarios. Se vuelve imprescindible, por lo tanto, ubicar las cosas en sus términos correctos. Y discernir, entonces, que es lo valioso y perdurable de un momento histórico, y qué es lo que tiene, en cambio, de superficial y efímero. Porque pretender la perpetuación de determinadas costumbres por el solo hecho de que fueron una vez parte de un pasado común, suele concluir en una exposición doblemente errónea. Primero, y con algo de triste comicidad, cuando ciertos arquetipos fantasmales, verdaderas piezas de museo, se instauran en medio de la fluencia de una vida social que ya exhibe otras formas, que plantea otras necesidades, y que en definitiva ignora o desconoce aquellas extrañas invasiones. Y en segundo lugar, luciendo ya tonos de tragedia política, cada vez que se busca, con el apoyo de “gloriosas tradiciones” abstractas, defender la dependencia, el atraso, la continuidad de todos los privilegios inherentes a las formas también “tradicionales” de la propiedad y del poder.

 

Un ejemplo elocuente de esta forma tragi-cómica de la política se ha vivido localmente, en los últimos años, de la mano de un gaucho excepcional, Raúl Monetta. Bajo su influjo, costosos cinturones amonedados, bombachas relucientes, facones de plata y una estrepitosa caballería nocturna, constituían la venerable tradición formal, el culto con el que muchos jinetes financieros de la patria cubrían los negociados más escandalosos, mientras transferían hacia otros rumbos el esfuerzo de quienes sí habían construido, durante generaciones, otro concepto de la tradición: la del trabajo como un hecho honroso y no como un señuelo que necesita disfrazarse.

 

En Mendoza tenemos a mano otro ejemplo bien ambivalente, que suele aflorar de la famosa “tradición sanmartiniana”. Para muchos, el estandarte de dicha tradición pasa por una formación de paisanos solemnes, alguna misa de campaña, y en el mejor y más “audaz” de los casos, un cruce de los Andes a lomo de mula o de caballo. Es decir, el montaje de una escena absolutamente irreal, impráctica e inútil. Y peor aún, mistificadora, porque convierte en un paseo folklórico lo que en su momento constituyó una necesidad histórica: el tránsito riesgoso, inevitable y heroico de un auténtico proyecto de emancipación nacional; mientras que al mismo tiempo se guarda un silencio de muerte sobre su verdadero sentido, es decir, sobre lo que aquella tradición tuvo de proyecto, lo que tuvo de revolucionaria, y sobre las que ahora serían, en consonancia con ella, las nuevas exigencias históricas. O sea, para nada el mismo montaje de lo que hizo San Martín en 1817, sino lo que haría hoy, si estuviese vivo, en función de los nuevos elementos técnicos, las nuevas urgencias, los nuevos enemigos.

Algo parecido suele suceder con la defensa abstracta de “nuestras raíces”. Porque si defender una “manera de ser” es vestirse como hace doscientos años o cantar una tonada como se la cantaba hace ciento cincuenta años, lo que se defiende, en realidad, es una raíz sin ninguna posibilidad de crecimiento, que tendría tanto sentido como seguir viajando en diligencia en vez de hacerlo en avión, o enviar cartas con chasquis a caballo en lugar de hacerlo por medios electrónicos. Estaríamos, de nuevo, ante esa llamativa contradicción donde se confunden las cuestiones de forma, absolutamente cambiantes y secundarias, con las cuestiones esenciales: los cómo, y los para qué, de cada momento histórico concreto. Carece por ello de interés todo culto de las tradiciones que no se ocupe también de su conocimiento. Que no indague, más que sus reflejos y sus apariencias, el marco social desde donde provienen y las razones que en cada caso les han dado vida, en tanto ello es, precisamente, lo que determina su vitalidad y su destino.

 

Lejos de este trabajo desterrar las cosas por viejas o por anacrónicas. Eso también sería un tipo infantil de terrorismo. Todo lo contrario. Lo que se intenta es rescatar el valor que pueden tener las formas tradicionales –sea ellas un poncho, un canto, una bandera- cuando se las instala en el mundo moderno con la potencialidad de cambio que pueda extraerse de su viejo valor, de su obstinada razón, de su antiguo sentido. Porque en definitiva, como lo certifica la historia de los hombres, toda tradición que no cambia, muere.

 

Copyright  Power by PageCreative