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La poética de "Rayuela"

LA POÉTICA DE “RAYUELA”

 

por: José Luis Menéndez

 

Parece imaginable que toda novela pueda ser resumida en una sola metáfora. “Moby Dick”, por ejemplo, bien podría ser leída como una metáfora de “la búsqueda”, entendiendo, además, que sobre el lomo de esa blanca ballena -maniáticamente perseguida, pero siempre inalcanzable- navegaban, insomnes, las quimeras humanas. Mientras que en “Zama”, la gran obra de Di Benedetto, se avistaría, de inmediato, la metáfora de “la espera”, y el oscuro calvario que transita la lenta pero exacta demolición de quien la vive sin alternativas, y se va cayendo, fatalmente, hacia lo más estéril de sí mismo, la más profunda soledad.

 

En el mismo sentido, el sinuoso relato de “Rayuela” tal vez pueda definirse como una metáfora del amor sin destino. Pero no en la forma en cierto modo clásica del género, como el amor de Julian Sorel y madame de Renal -en “Rojo y Negro”, de Stendhal-, que transita sobre un acto de infidelidad y otras situaciones insalvables; o el amor de Axinia y Gregori Melejov -en “El Don Apacible”, de Sholojov-, marcado por los golpes de las luchas sociales, en donde los personajes son en buena medida fruto de las circunstancias externas. Nada de eso. La “contención” de los amantes de “Rayuela” es otra, bien tramada y consciente, donde La Maga y Oliveira conocen perfectamente sus puntos de aproximación y de fuga, y aceptan por igual, con la misma convicción y el mismo melancólico encanto, los actos y sentimientos que los unen así como aquellos que, irremediablemente, habrán de separarlos. (1)

 

La Maga y Oliveira salen a encontrarse sin haberse dicho un lugar y una hora. Lo intentan, en realidad, cada vez que se les ocurre. Y si ello es logrado no se convierte en una celebración excesiva, del mismo modo que cuando sucede lo contrario el desencuentro no desata una queja. Lo imperfecto de su amor consiste en que toda circunstancia que lo haga palpable se puede producir o negar, sin que la esencia de las relaciones se modifique, y en que, hasta cierto punto, la independencia que tienen sus actos con respecto a los acontecimientos externos, pareciera ser su aliento necesario, la materia exacta por donde el amor navega. (2)

 

Y acaso eso sea también su limitación trágica. Porque los amantes de
”Rayuela” no navegan en un mar pequeño, no son movidos por vientos complacientes, sino que lo hacen sobre la tierra firme, y además, en lugares donde no deja de llover, y los remos y las velas se pudren como los cuerpos muertos. No se puede navegar en París ni en Buenos Aires sin evitar la marea de los pasos humanos, aunque se trate de amantes “imperfectos” que celebren la muerte de los paraguas oxidados y se burlen a coro de las modas y los mandamientos. (3)

 

Por eso hay cierto sonambulismo que se va volviendo natural. El amor, librado al juego de las olas, en medio de las tormentas cotidianas -donde la acumulación de las cosas breves y sin importancia, en perfecto desorden, refleja, simplemente, la vida de los hombres- se pone a distancia de esa forma del “absolutismo social” que pretende legislar el curso de cada pequeña maravilla, la inmutabilidad de todo lo que, en rigor, fluye y se altera, sin pausas, antes de morir. Y a distancia también del “logos” como expresión estructurada y verbal, que inicia su camino buscando respuestas uniformes para los hechos más disímiles, y lo cierra, por eso, con una derrota que nunca suele reconocer: la que anuda los sueños en el cepo del dogma y de la culpa. (4)

 

Al mismo tiempo, la poética del relato, esa que indaga en cien caminos diferentes, que acepta cierto fatalismo, que admite en cada vida personal caminos sin salida, no excluye una mirada abarcadora de la sociedad y de sus inciertos horizontes. No excluye cada ser social ni olvida esos proyectos desmesurados que se pueden instalar en los hombres y encender sus búsquedas a perpetuidad, poniendo a cada vida individual en paralelo con las otras vidas. Porque hay un azar, una suma de modificaciones que suceden con prescindencia de la Maga o de Rocamadour, de Oliveira o de quien sea. Pero hay otras acciones que los hombres intuyen y, razonablemente, dirigen. Ellas se instalan en su naturaleza más profunda, su memoria más batalladora, su paso más viril, y conforman un eje tan mínimo y tan fugaz, tan bellamente quebradizo, como el que sirve para la rotación del mundo. (5)

 

En “Rayuela” vibra, además, una música propia, el juego de ritmos y acordes y silencios que mucha poética moderna, en triste alarde de soberbia de los conceptos, ha sabido perder. “Rayuela” no solamente se lee, también se escucha. Y es del jazz, de su increíble swing universal, de su bebop denso y desbordante, de donde Cortázar toma su lenguaje sonoro. Primero se asienta en un tema central, lo dice con justeza, lo cubre con sus verbos y sus melodías. Y después se va, sin causas aparentes, hacia terrenos inexplorados, moviendo sus palabras como si un saxo lánguido fuese el soplo de la pluma que indaga. Y nunca deja de llenar su texto con sorpresas e improvisaciones inagotables, como si en ellos anidase la voz pegajosa del gran Sachtmo o anduviesen de nuevo o se anunciaran los fantasmas perseguidos y perseguidores de Charlie Parker. (6)

 

En los dibujos de “Rayuela” se percibe asimismo la concentración de fuerzas de los poemas, ese lenguaje que aunque busque las combinaciones más originales preserva su cepaje antiguo, su religiosidad de ceremonia pagana. Y así, en pasajes que la pregunta o la música o la simple curiosidad o el humor se ocupan de elegir, sucede, una y otra vez, el estallido... Entonces, en lugar del aspecto visible de una cosa, de un verdor, de un beso, de un barrilete de cañas, se observan las manos y los rostros, muchas veces ya molidos y ausentes, que una vez los hicieron. Se observan las palabras, concentradas y limpias, variadas y sonoras, las sílabas que vienen a los juegos de un poema como peces nacidos al llamado del agua. Una fiesta, en fin, donde cada lector puede leer en su hondura con los mismos ojos de un pescador alucinado. (7)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

palabras marcadas

 

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“Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es su orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en prejuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo.”

 

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“No podía ser que la Maga decidiera doblar esa esquina de la rue de Vaugirad exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado.”

 

“..la Maga vio su cara contra la suya, los ojos que la miraban brillando entre las lágrimas. Se besaron al revés, ella hacia arriba y él con el pelo colgando como un fleco, se besaron mordiéndose un poco porque sus bocas no se reconocían, estaban besando bocas diferentes, buscándose con las manos en un enredo infernal de pelo colgando y el mate que se había volcado al borde de la mesa y chorreaba en su falda..”

 

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“Te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses (..) lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allí lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkyria..”

 

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“No estaba tan borracho como para no sentir que había hecho pedazos su casa, que dentro de él nada estaba en su sitio pero que al mismo tiempo -era cierto, era maravillosamente cierto-, en el suelo o el techo, debajo de la cama o flotando en una palangana había estrellas y pedazos de eternidad, poemas como soles y enormes caras de mujeres y de gatos donde ardía la furia de sus especies..”

 

 

 

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“Qué inútil tarea la del hombre, peluquero de sí mismo, repitiendo hasta la náusea el recorte quincenal, tendiendo la misma mesa, rehaciendo la misma cosa, comprando el mismo diario, aplicando los mismos principios a las mismas coyunturas. (..) Puede ser que haya otro mundo dentro de éste, pero no lo encontraremos recortando su silueta en el tumulto fabuloso de los días y las vidas, no lo encontraremos en la atrofia ni en la hipertrofia. Ese mundo existe en éste, pero como el agua existe en el oxígeno y el hidrógeno, o como en las páginas 78, 457, 3, 271, 688, 75 y 466 del diccionario de la Academia Española está lo necesario para escribir un cierto endecasílabo de Garcilaso.”

 

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“..una música que permite reconocerse y estimarse en Copenhague como en Mendoza o en Ciudad del Cabo, que acerca a los adolescentes con sus discos bajo el brazo, que les da nombres y melodías como cifras para reconocerse y adentrarse y sentirse menos solos rodeados de jefes de oficina, familia y amores infinitamente amargos (..) los reincorpora al oscuro fuego central olvidado, les señala que quizá había otros caminos, y que el que tomaron no era el único y no era el mejor, o que quizá había otros caminos dulces de caminar y no los tomaron, o los tomaron a medias, y que un hombre es siempre más que un hombre y siempre menos que un hombre, más que un hombre porque encierra eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de la libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues..”

 

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“Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.”

 

 

 

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