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La penetración cultural y la deformación del lenguaje

  

 

La penetración cultural es un hecho de cuerpo omnipresente, se halla aún en los lugares donde menos puede sospechársela, siempre con el objetivo preciso, pertinaz, de borrarnos el pasado y convencernos de que no tenemos otro destino que la resignación y la dependencia. Hacia ello se orienta la profusión de arquetipos engañosos, de modelos irreales, el auge de lo sonidos pesados, la infalibilidad de lo “vencedores”, el ruido. Y también para ello, alternativamente, los superhombres de espacio cósmico, los “magníficos” de una brigada de ángeles, los “boinas verdes” que desmienten la historia o los detectives rubios y atléticos que resuelven, con precisión nórdica, las conspiraciones más siniestras; con quienes, quizá por la comodidad y las ventajas del “éxito garantizado”, nuestros propios hijos -niños y adolescentes- tienden a identificarse.

 

A favor de ese concepto de penetración cultural se impulsa, también, la deformación del lenguaje. Una de las últimas modalidades asumidas por el fenómeno, lo constituye la expansión aluvional de la video-música, hablada en inglés con sobreimpresos en castellano, en los que su mensaje formal –impetuoso, agresivo, en ocasiones de excelente calidad técnica- se abre en diversos mensajes de fondo, mucho menos visibles pero invariablemente negativos, por medio de los cuales nuestros jóvenes aprenden a ubicarse, sin comprenderlo, en un espacio dentro del que no pueden competir, donde están condenados a ser inferiores, y en los que, por lo tanto, la única opción posible es que se conviertan en imitadores de tercera clase o en consumidores de por vida.

 

Así como subsisten todavía abundantes ejemplos de esos doblajes que nos descubren palabras o modismos exóticos, los actuales videos nos enseñan frases y voces aisladas, inconexas, pero que, al estilo de esos domadores que hablan con sus bestias con unos pocos monosílabos, con un solo gesto, determinan sutilmente, el sentido de quien es el que manda y quien el que obedece, en el contexto de un diálogo aparente, que se decide, en realidad, en un único camino, y que se sustenta, políticamente, en la continuidad de una misma historia.

 

Ese aprendizaje raquítico de vocablos sueltos, por el que oímos “hola man, ya dejaste tu baby”, o cosas por el estilo, no tiene nada que ver, por supuesto, con el estudio útil y orgánico de una lengua extranjera, sino que solamente sirve para la desnaturalización de la propia, es decir, para el envilecimiento de uno de los atributos básicos de la identidad de un pueblo. La consecuencia es obvia: Un pueblo carente de raíces, con su cultura en los museos, con su propia lengua degradada, es un conjunto de voces dispersas privado de los fundamentos de su unidad, de la conciencia de su fuerza, e incapaz de erigir un proyecto que trascienda los márgenes impuestos por quienes han decidido su destino.

 

La gigantesca maquinaria instalada para la “comunicación social” es, paralelamente, la única maquinaria de nuestro país que dispone de la más alta tecnología y que no tiene capacidad ociosa. Sus alcances son fabulosos, ilimitados, en tanto se trate de la información de todos los crímenes, de todos los accidentes de tránsito, de todas las recetas de cocina, de todas las trivialidades que hicieron o dijeron sus héroes, sus elegidos, sus ejemplos, es decir, en tanto se trate de todo lo que no nos importa. Dentro de esa maraña, en esa infinita sucesión de bombas en la cabeza de la gente, los buenos intentos, las buenas palabras, tienden, en el mejor de los casos, a morir en el silencio, como tienden a morir las flores en la inmensidad de los pantanos.

 

(Revista “Letras”, Mendoza, 1986)

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