Artículos

La maza sin cantera

 

Durante el desarrollo de un encuentro de escritores llevado a cabo en Luján (Mendoza), Roberto Juarroz se definió como propulsor de una poesía “de pensamiento”, pero expresando, en el mismo ámbito y en forma case simultánea, su enconado rechazo hacia aquellas formas poéticas “infectadas por las ideologías”. Con lo que dejó abierta, de tal modo, una interrogación esencial. ¿Cómo debemos entender, por lo pronto, la inmersión de la poesía en una zona de pensamientos que no sean ideas? O de otra forma; ¿Cómo se logra la producción de un pensamiento no pensado?

 

No parece posible clausurar, en el momento de la creación poética, alguna parte del cerebro, para obtener, por fin, los frutos de una poesía no ideológica. Cada hombre posee un conjunto de ideas inherentes de conocimiento y su relación con el mundo y con los demás hombres, que, en tanto guarden cierta continuidad y cierta razonable coherencia, configuran su entidad ideológica. Ella se proyecta –fluye y refluye-, y le acuerda, con mayor o menos nitidez, según los casos, sus connotaciones y valencias a todos los actos de los que el hombre participa, incluido, por supuesto, el acto de escribir. No hay poesía, pues, que no sea ideológica.

 

La “novedad” consiste, en todo caso, en proyectar al campo de la poesía y el arte, algo que ya se halla instituido en el de la política: esto es, la existencia de un discurso dominante, que resulta ser, por decisión oficial, el único verdadero. Tal hecho es, innegablemente, de raíz ideológica, pero sin embargo, para perpetuarse, simula no serlo o bien se ubica “por encima de toda ideología”, de manera que no hay discusiones, y por ende, cuestionamientos de ningún tipo. Se resuelve, de ese modo, la contradicción esbozada por Juarroz. La poesía “de pensamiento” válida es la que se asocia con los pensamientos propios, y la poesía que “muera de infección” es la que asume pensamientos contrarios.

 

Esta postura, para tomar distancia de cierta crítica, necesita promover, además, la división del hombre. De tal forma, Neruda, por ejemplo, deja de construir un ser indivisible, y se convierte en dos: uno bueno, elogiable, que produce “Residencia en la Tierra”, y otro doméstica, supérfluo, que habla por los pescadores menesterosos o los mineros en huelga. Siguiendo ese camino habría que quitar de Whitman su salutación a Lincoln o de Machado sus versos al general Lister, y más tarde, repensar toda la historia de la poesía, desde Aquíloco a Dante, desde Dante a Miguel Hernández, desde Hernández a Gelman, en un proceso de vivisección infinito.

 

Es obvio que cualquiera puede decir: estos poemas me gustan, y estos otros no. (De alguna manera ello será también expresión de la ideología de quien lee). Pero no es legítimo negar la organicidad de un pensamiento, que siempre es integral, y que a partir de un núcleo de ideas escenciales, se proyecta, luego, hacia las más diversas y complejas manifestaciones. Mucho menos legítimo resulta negar, por medio del desdoblamiento intencionado, las libertades expresivas de cada autor, pues en dicho supuesto – también ideológico- se asienta origen y la vitalidad de toda poesía.

 

En la búsqueda de trascendencia, de sentido, este doble discurso de pensamientos “no ideológicos”, de libertades reprimidas, de autoritarismo inevitable, pregona una revelación trascendental, adhiere a la revelación de “otra voz”, pero al mismo tiempo la presenta como un conjunto de vagas abstracciones, una obra sin protagonismos y sin tiempo. ¿Cuáles, entonces, esa voz, desprovista de identidad, huérfana de poder, aséptica frente a las ideologías? Ni Juarroz, ni su colega, Octavio Paz, lo dicen. Y no lo pueden decir, porque son parte de una contradicción insalvable. En tanto poetas, intuyen la “otra voz”, la desean, la necesitan porque es la única que puede devolverles el habla. Pero en tanto ideológicos de la no-ideología, no logran siquiera imaginar de qué manera y en qué gargantas puede producirse.

 

Pareciera obvio, sin embargo, que no hay “otra voz” posible fuera de aquella que hasta ahora no ha podido manifestarse. ¿De dónde puede surgir esa voz que aún no se ha manifestado? Y sobre todo: ¿Cómo podría manifestarse sin una conjugación de ideas claras, profundas, superadoras, tramadas como una nueva concepción del hombre y de sus relaciones sociales? Y lo más importante: ¿Qué deberían decir, en qué deberían fundarse par resultar, verdaderamente, otras, y para mostrarse como un canto distinto, transformador y necesario?

 

No resultará fácil –lo sabemos-, ni lineal, ni cargado de urgencias, el advenimiento de la “otra voz”. Pero mientras tanto, el poeta, no porque sea o deba ser un portavoz político, sino al revés, justamente porque es (o debería ser) libre e independiente de toda coyuntura, no puede hacer otra cosa que ayudar, con todas sus energías, a que ese advenimiento sea posible. La actitud primera y común de todo poeta es, precisamente, cuestionar la realidad, en todas sus manifestaciones. Así, debajo de lo que parece, observa lo que es. Y debajo de lo que es, sueña todo lo que puede modificarse. Y de hecho lo modifica, verso sobre verso, hasta los límites del más sano delirio.

 

Hay en cambio una constante en la retórica del poder, que hoy por hoy se expresa casi sin disonancias, en una escala universal. Quienes disponen el arsenal atómico, dicen: “No hay que hacer más experiencias atómicas”. Quienes cuentan con la posibilidad de imponer sus leyes en el mercado, dicen: “Ahora la historia se ha terminado”. No sorprende, pues, pero resulta penoso, que justamente desde el campo donde la creación y la resistencia a las verdades superficiales debieran tener su fuerza más irreductibles, se alcen, como dichas con la miopía y la fatuidad de un catequista de aldea, las palabras quebradas.

 

José Luis Menéndez

Mendoza - Argentina

 

Copyright  Power by PageCreative