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José Donoso, el obsceno pájaro del olvido


Hace diez años moría en Santiago de Chile, José Donoso, uno de los más destacados innovadores de la narrativa de Latinoamérica. Nacido también en Santiago, en 1925, de un padre médico y una madre que había heredado una buena posición económica y social, recibió los cuidados y la educación propios de una familia de alta burguesía, asistiendo desde niño a la “Grange School”, una escuela de matriz inglesa. Sin embargo, como parte de las contradicciones que habrían de marcar sus búsquedas vitales, habría de recordar luego, con agradecimiento, otra clase de aprendizaje, como el realizado bajo la “humilde sabiduría” de Teresa Vergara, una empleada doméstica de su casa. Cuentan además sus biógrafos, que llegó a odiar las clases del colegio inglés, y se escapaba, cada vez que podía, hacia los juegos vulgares y las amistades callejeras.

En la adolescencia, la rebeldía lo iba a instalar en sendas de mayor atrevimiento.

Por ejemplo, dejar los estudios regulares y el cobijo de una casa rica, para servir en la Patagonia como pastor de ovejas, o en Buenos Aires, como apuntador en el puerto.

De vuelta en Chile, retoma sus estudios, concluye su bachillerato y se decide por el estudio de lengua y literatura inglesa, primero en el Instituto Pedagógico de la Universidad, en Santiago, y luego en la Universidad de Princeton, en los Estados Unidos, donde egresa, con el título de Bachelor in Arts, en 1951.

Luego de escribir sus primeros cuentos en inglés, realiza otro largo “vagabundeo”

por México y Centroamérica; y tras otra breve residencia en su país, se traslada a España, en donde reside varios años. En el segundo lustro de los años ’50, publica “Veraneo”, “Dos cuentos” y “El Charleston”, libros que recogen su primera producción cuentística. Y también publica su primer novela, “Coronación”, donde convergen, como en un juego de espejos , enfrentados pero igualmente vacíos, la decadencia de las clases altas, y la monotonía de los seres marginales, que tampoco pueden responder a los llamados de la vida. Esos trabajos fueron suficientes para que la crítica lo considerada como un nuevo destacado de la narrativa latinoamericana, que vivía los preludios de su “boom” histórico.

En 1962, aparece “La muerte de Artemio Cruz”, de Carlos Fuentes. En 1963, “Rayuela”, de Julio Cortázar. En 1964, “La casa verde”, de Vargas Llosa. En 1967, “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez. Donoso, por su parte, publica en ese mismo año, “El lugar sin límites”, y en 1970, una de sus obras mayores, “El obsceno pájaro de la noche”. Esta es una suerte de novela bisagra en la obra del narrador chileno.

Por una parte lo introduce con fuerza en la gran ola del “boom”. Y por otra lo instala en el convencimiento de que toda obra, aún la más grande, también es como los hombres mínima y mortal. “Todo boom –dice-, toda fama, toda certeza estética, está amenazada de vejez, de transitoriedad, de ir a parar al rastro de nuestro olvido”. Donoso alcanza un lugar donde bullían unas cuantas respuestas, pero a la vez se daba cuenta de que ellas no eran suficientes. Siempre se abrían paso, al fin, nuevas inquisiciones, forzando un juego literario perpetuo, “sin límites”, asumiendo en su embate una intensidad abrumadora. Eso lo lleva a transitar por la senda de la pura literatura, que dentro de sus convicciones, deviene la senda de la pura pregunta, de la absoluta ensoñación y la certeza inalcanzable.

El Mudito, el personaje-narrador de “El obsceno pájaro de la noche”, parece sostener que no hay otra realidad que la emanada del relato creativo, en la profundidad de la noche, donde el tiempo, plegado en contienda obsesiva, mugrosa, inconducente, del poder, se vuelve pura negación. Las oposiciones del orden visible, los buenos y malos, los siervos y patrones, son las caras de una misma moneda que rueda, inexorablemente, hacia muerte y el olvido. El oprimido adquiere en Donoso el conocimiento de saberse parte de la necesidad del opresor. Ese conocimiento le confiere identidad y poder. Pero no lo redime porque termina reproduciendo, en cada interior, aunque sea en distintas escalas, las mismas conductas de quienes oprimen.

Luego del golpe de Pinochet (1973) se exilia voluntariamente en España, de donde regresa a su país en 1978, donde publica “Casa de campo”, gestada como consecuencia de un guión que le pidiera Michelangelo Antonioni sobre la caída de la democracia en Chile. “Es una novela alegórica –dijo-, en la que cada persona es un signo cargado de significado”. Siguiendo con sus alusiones al ciclo de dictaduras militares en Sudamérica, publicó después, en 1981, “El jardín de al lado”, una obra en la que trata el tema del exilio, y su secuela de frustraciones: el desarraigo, las carencias materiales, la soledad y los miedos. Y una terrible noción de vaciedad, saber que “hay una fiesta a la que no fuimos invitado y que sólo es posible soñarla desde afuera.”

Carlos Fuentes ha dicho que, a pesar de no ser un autor declaradamente político,

"...nadie trascendió las limitaciones del pasado inmediato y plantó un pendón en el reino de la imaginación con más aparente soltura que José Donoso, el más literario de todos los literatos del 'boom'. Nadie hizo más patentes las rígidas jerarquías sociales de la América Latina, la crueldad del sistema de clases en Chile. Pero nadie, asimismo, sintió la terrible evidencia de la injusticia con una imaginación literaria más corrosiva. Donoso escogió un territorio -la sociedad chilena- y lo desestabilizó desde adentro mediante la sospecha de que nada es lo que aparenta ser y todo está a punto de convertirse en algo distinto".

Donoso sostuvo que “la vida está hecha de fragmentos y a duras penas uno logra reunirlos”. Consecuente con su visión literaria del hecho de vivir, de su propia existencia,

“el Pepe”, como le decían sus amigos, buscó que se unieran, en “El mocho”, su obra póstuma, las dispersiones de su narrativa. En ella confluyen las prostitutas y los marinos borrachos de “El lugar sin límites”, los hombres mutilados de “La Desesperanza”, el verdor impreciso de “Casa de Campo”. Pero sobre todo, la fuerza de lo irracional, la proyección mágica, onírica, y en última instancia, una flecha alegórica que se clava en el centro del blanco. Porque “mocho” quiere decir, trunco, inacabado. Y ese modo es el único de darle a un trabajo el misterio de lo que necesariamente continua, la vida que nunca se deja de buscar.

Solamente la obra de arte, reveló Donoso, “establece una imaginación paralela, una referencia que niega pulsiones de las cosas vivas, aleja y ordena la decrepitud, el deseo, el dolor, y eso, la muerte.”

 

 

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