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Identidad nacional, ¿o social?

¿De qué identidad se habla? ¿De una que sirva para definir o caracterizar a los argentinos? Si así fuese, habría que indagar sobre ciertos elementos comunes, y a la vez diferenciadores, que conforman el gran sujeto histórico del país. Pero, ¿qué tienen en común, por ejemplo, un cartonero suburbano y Amalita Fortabat? ¿Qué tienen en común cualquier pequeño ahorrista atrapado en el “corralito financiero” y el presidente de un Banco expropiador, aunque los dos sean argentinos? Tal vez puedan tener en común que les guste el mate, o el tango, o que simpaticen con Boca. O cualquier otra caracterización epidérmica, al estilo de que todos los escoceses son alcóholicos, o todos los ingleses flemáticos, o todos los brasileños festivos. Y entonces les cuadre que sean, “como todo argentino”, unas veces eufóricos y otras pesimistas, pero unívocamente, y sin remedio, ególatras y tristes.

Pero las “identidades” esenciales no pasan por “lo nacional” sino por lo “social”. El pobre hombre que sale a hurgar en la basura de las ciudades, sabe muy bien que carece de todo destino. Que sus hijos no van a estudiar ni a crecer en alegría ni en salud. Sabe que si no junta tantas botellas o tantos kilogramos de cartón o de plástico, su familia no come. Que si se enferma con cierta gravedad indefectiblemente habrá de morirse. Y que el mundo se agota en ese pasadizo infernal, que diariamente recorre con su carrito destartalado. Del mismo modo que Amalita Fortabat sabe que su vida y la de sus descendencias contiene (sin entrar en detalles) todo lo contrario. En ese sentido, cualquier trabajador o cualquier desocupado tiene más en común con cualquier otro hombre de su misma condición, así viva en Lituania o en Pakistán, que con otros argentinos de la clase de Amalita, aunque pueda compartir con ellos el gusto por la carne de vaca, y relamerse frente a una fuente de empanadas o una botella de vino tinto. En realidad, nunca se trata de la misma carne, ni del mismo aceite, ni del mismo vino, que nunca sabe igual para quienes pisan a las uvas que para quienes pisan a los hombres. Ni se trata, por supuesto, de la misma actitud, pues mientras unos quisieran que el sistema cambie y que los responsables desaparezcan, otros se ufanan en decir que “lo peor ha pasado”, como acaba de hacerlo un empresario muy importante, de proyección nacional, que cobrará por sus exportaciones un dólar de tres pesos con sesenta, y devolverá sus deudas a un peso con cuarenta, dejando la diferencia a cargo de todos quienes tienen la misma “identidad”, gracias a una conducción política que, naturalmente, para él, debiera continuar, y si es posible, con el más embustero a la cabeza.

En realidad este asunto de las “identidades” siempre tiene una resolución política, la cual se instrumenta pero también se modifica a través del tiempo. Así suele ocurrir que -fuera de esos determinismos naturales como los de ser pescadores o de ser montañeses- los pueblos, en cuanto pasan unos años, ni siquiera permanecen idénticos a sí mismos. ¿Adónde se halla ahora la identidad griega de Homero y Eurípides, de Sócrates y Pitágoras, de Solón y Pericles? ¿Adónde se halla en los Estados Unidos el pueblo que generó a Whitman y Lincoln, a Emerson y Thoreau, y que ahora sólo produce líderes imperiales y belicistas cuyo paradigma es un ser tan pequeño como George W. Bush? Por eso no tiene sentido hablar de una identidad que desconozca la pertenencia de cada sujeto a una u otra clase social, o que excluya los momentos por donde pasa la historia concreta de los pueblos. De lo contrario pueden resultar confusiones absurdas, como las de creer que el Ejército de San Martín tiene algo que ver con el Ejército de Videla. O que el pueblo argentino del éxodo jujeño o de las primeras invasiones inglesas, es el mismo pueblo que recibe, distraídamente, a quienes llegan, como Anne Krueger o Anoop Singh, trayendo los mandatos de la nueva regencia.

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