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Había una vez un poeta

(IN MEMORIAN FERNANDO LORENZO)

 

Hace diez años, moría en Mendoza, Fernando Lorenzo, una de las mayores voces de su literatura. Escritor integral, pues abordó con solvencia todos los géneros –narrador, dramaturgo, crítico de arte, traductor, periodista- es reconocido especialmente por su poesía, un territorio hecho a la medida de su palabra fina, irónica, exquisita. En nuestro medio no hay lectores que no lo incluyan en sus preferencias. Sus contemporáneos, la generación posterior, los intermedios, los más jóvenes, lo definen, a la hora de hablar de nuestra poética, como un referente esencial. Y lo es, sin objeciones, en un doble sentido.

El de su obra en sí, y el de su valor como persona. La conjunción exacta de arte y el comportamiento, la palabra y su concepción de la vida, que también, en su caso, era una forma sanguínea, carnal, de la metáfora.

-Me gusta caminar a la siesta- decía. –Cuando en las calles se ha perdido la gente y entonces uno la siente por sus ecos, y vive el oficio de mirar a la ciudad que espera-. Miraba los árboles, sus habitantes escondidos, y luego hacía poemas o pajaritos de papel. Poco antes había comido algún plato frugal, un bife desgrasado, una ensalada de remolachas, y un libro de Jules Supervielle o de Pablo de Rokha.

Lo conocimos ya mayor, sostenido por su propia ironía. Era un hombre apacible, ajeno a toda ostentación, que ignoraba sus propias historias. Había sido huelguista, con Julio Cortázar, en la Universidad de Cuyo. Aprendiz brillante de Galina Tolmacheva. Compañero de cruzadas poéticas con Hugo Acevedo y Víctor Hugo Cúneo. Contrapuntista de citas y de regresiones al origen del alma con Marcelo Santángelo. Socio artístico de Carlos Alonso. Narrador supremo de mesas del grupo “Aleph”, en la casa de Ana Villalba. Animador de todos los jóvenes poetas. Mostraba, sin saberlo, su perfil de leyenda. Y si lo sabía lo rehusaba. Y si tampoco lo rehusaba era porque al fin de cuentas entendía, como pocos, la condición de lo efímero. Decía: –Los libros de papel van a perderse, las pirámides de Egipto se van a perder…

Fernando era, por sobre todo, un ser libre, enemigo de los dictadores y los demagogos, cuya visión humanista desbordaba la partidocracia formalista, los ejercicios de arreglos y traiciones perpetuos, devenidos forma natural de la política. Su compromiso, en cambio, ponía el centro en la ética, y su esperanza en los jóvenes, aquellos que seguían naciendo sin los tatuajes de la corrupción y el egoísmo.

Además de la literatura, que vivía con pasión, y con la cual hablaba (o jugaba) horas enteras, le prestaba atención a todos los aspectos de la vida corriente. Podía hablar de cine (mejor dicho, en contra del cine) o de Perón (mejor dicho, en contra de Perón) o de la cocina fastuosa (mejor dicho, en contra de la cocina fastuosa) o de cualquier otro tema que se aviniera con lo principal, la relación humana, la palabra usada como esgrima en la pedana de la amistad. Hasta de fútbol podía hablar Fernando, que era hincha de Racing, pero gozaba los goles de Bochini. –Los goles de Bochini- decía-, son increíbles, no parecen goles, la pelota apenas si traspasa la línea del arco, no toca la red, no acaba de entrar nunca…

Aún en esa observación, sobre un hecho tan simple, revelaba su estirpe de “cronopio”. El admirador de cada suceso inesperado. Y a su vez, protagonista de la eterna sorpresa. Decía el humor con seriedad. Decía lo difícil con sencillez. Decía lo simple con altura. Y se ocupaba de lo propio como si no lo fuera. En una ocasión le dieron la noticia de una importante editorial, interesada en publicar una novela suya. –Tenés que ir a Buenos Aires…-le dijeron. Y el respondió –Sí, sí…-mientras se sonreía: –Si están interesados que vengan a Mendoza…

A veces parecía que no hablaba nada en serio. Ese revestimiento –sospechamos- era un escudo contra lo banal. Escuchaba estudiando. Y según girase la conversación, iba descorriendo, de a poco, su nube de metal. Y entonces, lo valioso era el otro, hasta que le diera motivos en contrario. Posiblemente, si leyera esta nota, nos diría: -Pero che, Menéndez, dejate de pavadas. Vení que te cuento el cuento de los caracoles…Vos sabés, había un tipo…

 

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