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El último Sábato

Decimos Sabato, e inmediatamente lo asociamos con el escritor, ese hombre capaz de las miradas más originales y profundas, insurrecto contra su

aprendizaje de las ciencias exactas, y por eso mismo capaz de mostrarnos los avatares de la vida en toda su doblez, sus irredimibles contradicciones, sus miserias, y al mismo tiempo, sus heroísmos emblemáticos y sus esperanzas en pugna con un pesimismo muchas veces feroz. Así rescatamos en sus textos, el contenido, nunca complaciente, sobre las formas casi siempre olvidables: Las pesadillas del ciego, la terrible verdad humana de quien mata por el simple impulso de matar, las obsesiones del escritor por ser parte de las relaciones de los personajes que crea, y por quienes, al mismo tiempo, es constantemente modificado; o la grandeza que un hombre, como Juan Lavalle, ya sombra, ya epitafio, ya sólo carne y huesos malolientes, puede alcanzar en el silencio extremo, y esa belleza crepuscular, incomprensible para la razón, que puede acompañar al fracaso y la muerte.

 

Pero, además, en Sabato, hallamos otra cosa, que acaso sea más emblemática

que la moldura de sus héroes. Lo que nos dice con su propia vida. El tiro del final, que es el tiro por el que habremos de recordarlo. Su historia no podrá eludir, es cierto, aquel hombre lleno de vacilaciones, ideológicamente contradictorio, incapaz de asumir como individuo la socialización implícita en las respuestas que él mismo entresoñaba, atormentado por fantasmas inconstantes, y que, en su momento más triste y casi demencial, se reúne con Videla, y lo elogia sin vacilaciones, cifrando esperanzas en el golpe de estado de ‘76. Sin embargo, con los años asume la grandeza de volverse, en cierto modo, contra sí mismo, ofreciendo el gesto, no frecuente, de postrarse, como si él fuera también un “castigado”, ante el horror de un genocidio que lo acusa y lo atormenta. Es el último Sabato. Aparentemente el hombre verdadero y final. El que regresa del error, y se vuelve humilde y luminoso. El que, desde el Informe “Nunca Más”, hasta “La Resistencia”, marca a fuego a la estirpe de los miserables, y nos enseña, sabiamente, lo que todavía podemos.

 

 

 

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