A cien años de la muerte de José Martí

 

 

El poeta “de la flor en ciernes”

 

 

El cubano José Martí, del que se cumplen cien años de su muerte el 19 de este mes, perdió la vida durante las luchas por la independencia de su patria. Sigue presente, sin embargo, en la construcción ideológica de Latinoamérica. Aún frente al duro pragmatismo de este fin de siglo, no pierde resonancia lo vital, lo bello, lo humanista de su legado literario.

 

Por José Luis Menéndez

 

A Martí se lo incluye, junto a Gutiérrez Nájera, Julián del Casal y José Asunción Silva, entre los iniciadores del movimiento modernista en América, que traspondría, con Rubén Darío, los umbrales del siglo. No parece, sin embargo, que ello obedece a una búsqueda deliberada ni a una realización consciente.

 

Lo que aporta Martí responde, en todo caso, a lo que de él mismo se desborda como gestor innato de modernidades: un nuevo bloque independiente en lo político, un nuevo trato social, un renovada propuesta de entrega y sacrificio en la realización de cada vida, y una visión amplia y al mismo tiempo humanizante y activa de las corrientes literarias. El manejo de las lenguas inglesa y francesa lo “salvaba”, en su propio decir, de la “tiranía de la propia”, y le allanaba el acceso desprejuiciado a las grancdes voces universales. Precisamente traduciendo a Víctor Hugo, es que dice: “En las estrecheces de una escuela yo no vivo. Ser es más que existir… No hay romanticismo ni hay clasicismo… Yo no amo… sino esta abstracción, este misticismo, esta soberbia con que las almas son análogas, y los mundos series, y la vida vidas; y todo es grande y majestuoso, y todo es sencillo como la luz y alto y deslumbrante como el sol”.

 

Pero lo “modernista” de Martí no llegaba primordialmente desde lo formal, esto es, su capacidad de alternancia entre los “versos sencillos”, que eran pura cadencia terrenal, y las construcciones más densas, donde la vida asomaba “como gota de leche que en cansado pezón, el terco ordeño, titubear”. Lo verdaderamente nuevo no era lo “raro” no lo “excéntrico” ni el simple lujo verbal destinado a morir, años después, en el hastío de la repetición artificiosa, sino la idea de servir con nuevas palabras y combinaciones a la expresión de los hechos y sentimientos nuevos. “A cada estado del alma, en metro nuevo”, decía Martí, quien, de acuerdo con su particular interpretación del “hecho poético”, aspiraba a un tipo de trascendencia superior, que fuera incluso más allá de su literalización. Para Martí no es poeta únicamente por lo que se dice, ni la verdadera poesía se agota en la formalidad literaria. De allí su miedo a que “las gentes” lo creyeran nada más que “un poeta de versos”, es decir, un mero versificador ajeno a la dirección del poema, y a la concordancia de la palabra con su “praxis” de vida. Por eso sólo evoca los amores que desangran su alma, llama a la pelea que él mismo afronta, sangra con la infinita sangre que lo yergue de la enfermedad y la derrota, y pinta la aurora de su tierra con una llama que ya no pretende para sí, pero con la que habla, descifrando misterios, aún en la vecindad de la muerte. Quien ha escrito que “a varias generaciones de esclavos tiene que suceder una generación de mártires”, o bien, “dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos”, y muere, después, en combate, sosteniendo lo dicho, desborda en rigor los contenidos poéticos, y cualquier viejo y supuestamente irrealizable sueño de “ser relámpago, y cubrirlo todo”, y lograr que el poema sea, entonces, tan verdadero como bello, y pueda lucir, bajo el polvo de las circunstancias, su textura de modernidad.

 

Martí cumple su vida con el rigor y la intensidad de un poema. Su musa perenne es la necesidad histórica de Cuba – que en rigor es el ojo por el que mira al mundo-. Impedido de vivir en ella, la evoca desde el exilio y la dibuja, una y otra vez, independiente e integrada al concierto de la América hispana, como la tierra que se pierde y se gana en cada nuevo verso, y que sólo habría de redimirse con un largo texto de trabajos y sangre. Se construye, por eso, con la verticalidad de un poeta sanguíneo, y canta, como todo bate, por aquello que más quiere y de lo que carece. Pero al mismo tiempo, participa, porque su estética se nutre de acción y compromiso. Y sus preceptivas comienzan pero también terminan y se acrisolan en su propio ser. Conspira, pero no deja de traducir al Víctor Hugo o de admirar a Kyats. Se hace amar, pero primero ama. Enseña, pero sabe lo que debe aprender. Congrega multitudes y habla de modo torrentoso, pero puede surcar sobre tratados literarios con una leve y apenas murmurada conjetura: “tal vez la poesía no sea más que distancia…”

 

Es maestro de poetas, además, porque cultiva, junto a “la rosa blanca”, la flor de la desobediencia. En cada instancia decisiva, deja a un lado familia y residencia, resigna toda ventaja personal, arriesga, como un jugador de almas, todo lo ganado, y no aspira a otra paz que no provenga de la razón cumplida, ni a otra felicidad que no le acuerde su patria victoriosa. No habla de la patria, por supuesto, como ese cuerpo abstracto al que aluden quienes la despojan en su riqueza y la pervierten en su nombre. La invoca y la concibe como la casa honrada de una comunidad de hombres libres, en la que todos participas de los mismos derechos y corresponden con las mismas obligaciones. Una patria carnal, tan vívida como el “libro perturbador” con que – en el decir de Artaud - se atravesase “las puertas de la realidad”. Ese antecedente estaba ya, con todo su rigor, en el ideario de Martí, medidor de las cosas con el metro de los poetas orfeicos, es decir, aquellos que han ido y vuelto del infierno con la visión de un cosmos de lava y de ceniza, y que no se engañan con el sopor del miedo ni los artificios de la mera retórica. Independencia, sí. Pero no entendida como un simple reemplazo de jerarquías, sino como apertura a una nueva sociedad, donde los ricos no se aprovechasen del pobre ni los hombres de la mujer ni los blancos del negro o el mulato. Independencia, sí. Pero con la mano más cerca del español humilde que del nativo falaz y aprovechado.

 

Si algo nutre, justamente, con zumo victoria, su poesía de modernidad, es el trato y el conocimiento al que accede con el pueblo real, los oscuros trabajadores de la Liga Patriótica, los obreros de las tabaquerías, los moradores de los chinchales y las casas pobres, los cubanos de Tampa y Cayo Hueso, los negros y mulatos que, como tributo de amistad, le ofrendaban dulces y cigarros de hoja, en la coronación de su aprendizaje político. Con ellos Martí afirma la viabilidad de su sueño, y por ellos puede borrar de su vida los momentos de desesperanza, y acceder a un orgullo que se esfuerza en callar, para que al pueblo “no le parezca lisonja”.

En Martí, la prevalencia del poeta lo lleva a perturbar la lógica política, por la que se tiende a eludir la realización de cosas que no ofrezcan provechos inmediatos o se deja a un lado la rectitud y transparencia de las conductas. Martí intuía, por el contrario, que él no iba a gozar la sombra de los árboles que, como un cubano más, estaba sembrando, sin afirmar en un sitio lo que negaba en otro, sin sostener expectativas falsas, y sin colocar sus apetencias propias por encima de las circunstancias y necesidades de la gesta de todos. Siempre actuó por eso desde el interior de un proyecto que lo contenía, mucho más vasto que cualquier hombre, y que, como todo poema verdaderamente vital, nunca se siente terminado. La revolución no acabaría con él ni con los miembros de su generación, como no lo hiciera con todos los muertos anteriores. Eso sería entenderla como una cosa demasiado material y pasajera. La revolución era un hecho que tensaba los tiempos, y cuya consistencia no estaba dada por un fin cercano – aunque ello fuese deseable y marcase una tendencia dinámica -, sino por su curso indetenible, del que ni siquiera la muerte podía determinar ausencias. La exaltación de la vida no dependía, pues, del resultado de una batalla ni de la buena o mala fortuna personal, sino del hálito transformador con que se la construyese, y que, como en cada poema individual, pudiera erguirla sobre su naturaleza imperfecta y finita.

 

José Martí tuvo pues, como auténtico poeta, una visión no recelosa de la muerte, a la que siempre presintió cercana, y para la que tuvo a diario su trato carnal y respetuoso, como si cada noche se le avecinara y dispusiese entonces para ella su epitafio sereno. Podría decirse que a su muerte la fue quemando su vida, la fue sorbiendo a trago diario y hacendoso, guardando, debajo de sus alas negras, las furias que debía callar, una cama de palmas, la estrellada bandera del reposo. Había elegido no morir en el oscuro sino de cara al sol, como los hombres buenos, y de la mano de la libertad, lo que implicaba, bajo las circunstancias de su mundo, un estado forzoso de agonía, y una preparación lisa, indeclinable, para callarse junto al “último tronco, el último peleador”, a la hora precisa, aquella en que se abriesen los pájaros de fuego. Eso fue en Dos Ríos, Cuba, hace cien años, en una ligera escaramuza de guerra, cuando Martí, armas en mano, exultante de jubilosa audacia, descarnó su poema. Ese que Woodsworth, por su latente perfección, su inacabado vuelo, habría llamado “de la flor en ciernes”.

 

(Diario "LOS ANDES", de Mendoza, 14-05-1995)

 

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