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Cultura: No todo es azar

CULTURA: NO TODO ES AZAR

 

Es riesgoso, y hasta quizás impropio, referirse “en general” a la cultura de un medio. Sus expresiones -es decir, la actividad cultural-, no cuentan con formas de medición probadas y objetivas como la cantidad de moneda circulante, la mortalidad infantil o el volumen del comercio exterior. Y los datos que existen se refieren más a los aspectos cuantitativos que a los de calidad; cuando, en rigor, la naturaleza de las expresiones culturales es sumamente compleja, tanto por los campos creativos que participan, como por los múltiples modos que ellos tienen, primero, para producirse, y luego, para manifestarse.

Por otra parte, en el terreno del arte y la literatura hay hechos y formas que no se ven, pero que existen; que en realidad, se están haciendo, y sólo pueden observarse después de mucho tiempo. Por ejemplo, hacia 1963, por iniciativa de Armando Tejada Gómez, Tito Francia, Mercedes Sosa, Oscar Matus, y otros artistas, se fundó en Mendoza el movimiento Nuevo Cancionero. Pero ello no se produjo porque un día, varias personas, se pusieron de acuerdo para firmar un Manifiesto. Eso ya estaba en algún lado, en un trabajo de años, en la siembra de Hilario Cuadros, de Antonio Tormo, de Buenaventura Luna. Y estaba en el ánimo de una sociedad que quería expresarse sin dejar de lado su historia pero buscando maneras más ricas, novedosas y comprometidas. Así es el movimiento del arte. En un momento pareciera que todo es quietud, que no sucede nada, y de pronto, en cuanto convergen una serie de circunstancias propicias, se instala algo que poco antes era imprevisible, algo nuevo y fecundo, y lo hace con tal fuerza que parece traerla desde tiempos lejanos.

De ahí que las opiniones sobre el presente deben ser cuidadosas. Mendoza ha producido, por otro lado, tanto en las letras como en las artes, creadores excepcionales. Joaquín Lavado, Julio Le Parc, Carlos Alonso, Leonardo Favio, Markama, Tito Francia, Alfredo Bufano, Jorge Ramponi, Antonio Di Benedetto, Armando Tejada Gómez. Y junto a ellos una legión de creadores de fuste en todas las ramas del arte. Algo así no se produce por azar. Y algo así no se puede perder sin dejar huellas. Aunque caben, sin embargo, algunas reflexiones.

Por lo pronto, la mayoría de tales nombres, debieron emigrar. La provincia no les bastó para completarse como artistas. ¿Acaso Mendoza sirve como fuente de inspiración y de motivaciones pero no de clausura? ¿Vale como principio pero no como fin? ¿Como segmento pero no como todo?

En parte tal vez ello responda a la estructura del país; unitario para la captación y el reconocimiento de talento, y federal para exhibir la estupidez. Pero alguna culpa debe ser interna. Y eso sí puede verse, sin prevenciones temporales, en el carácter de las políticas públicas, que transitan entre el miedo al error y la inercia metódica . El resultado es el único posible, la confusión absoluta.

Mientras tanto hay fenómenos que ya debieran ser objeto de debate y movilización, pero generados desde lo institucional, desde los sectores con conocimiento del rumbo y la importancia de la cultura en el mundo moderno, y no en función de planes abiertos al infinito, el mero palabrerío, la dilación perpetua. Así se repite, entre otras cosas, de un modo mecánico, que la “globalización” es un asalto incontenible, lo cual no es cierto. Hay aspectos que sí lo son, pero no todos. Y junto a “lo global” se está produciendo, con buenos argumentos, una nueva visión de “lo local”, lo que permite suponer, en consecuencia, que hay puntos de contacto y armonía. Hacer luz sobre eso, toda la luz que sea posible, agrandaría las perspectivas laborales del arte, y con ello, el espacio de los nuevos creadores.

En el mismo sentido podría ser valiosa una gestión eficiente, cumplida por funcionarios idóneos, en torno al concepto de “industria cultural”, mediante la cual se integrasen las capacidades hoy ociosas o inconducentes con la demanda que podría

orientarse hacia determinados polos, naturales o inducidos, de desarrollo artístico.

Pero oficialmente no se piensa en ese tipo de cosas. Y se pierde, entonces, el sentido de la orientación, la perspectiva. Naturalmente, se sigue trabajado. Basta mirar la cartelera semanal de los teatros, las muestras pictóricas, los cines alternativos, etc. Pero los logros –fase terminal del esfuerzo-, se resienten. No es lo mismo andar por un camino llano y despejado, que hacerlo cuesta arriba, removiendo las piedras.

El mayor hecho cultural de Mendoza, la Fiesta de la Vendimia, sirve como ejemplo del estancamiento proyectivo y el temor. Lo original que alguna vez expuso, se convierte cada año en una copia simple y aburrida. Sin verdad histórica, sin afirmación de identidad, sin vuelo, sin poesía. ¡Y hasta sin vino!

 

 

 

 

 

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