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César Vallejo, un hijo de todas las batallas


UN HIJO DE TODAS LAS BATALLAS

 

 

Hace ciento diez años -el 16 de marzo de 1892, en Perú- nacía César Vallejo, una de las mayores voces poéticas de América. “Antes que el arte, la vida”, supo decir. Pero sin embargo pudo armonizar como muy pocos artistas esos dos elementos, para construir, en un tiempo muy breve (murió en 1938) una obra poética de alcance universal desde una militancia vital conmovedora.

 

En 1918, cuando César Vallejo tenías 26 años, apareció en Lima su primer libro de poemas, “Los Heraldos Negros”, donde se advierte, junto con la inevitables influencias modernistas y simbolistas, su vibración profundamente americana. José Carlos Mariátegui quizá haya sido el primero en destacarlo. En “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”, dice: “Hay en Vallejo un americanismo genuino y esencial, no un americanismo descriptivo o localista. Vallejo no recurre al folklore. La palabra quechua, el giro vernáculo, no se insertan artificiosamente en su lenguaje; son en él producto espontáneo, célula propia, elemento orgánico...El sentimiento indígena obra en su arte quizá sin que él mismo lo sepa o lo quiera.”

Sin embargo, al mismo tiempo en que se registraban estas apreciaciones, Vallejo opinaba ácidamente sobre la literatura americana hasta entonces, dejando entrever que sus textos no respondían a impulsos más o menos felices, sino a una interpretación lúcida y profunda de la realidad de América. Vallejo sostenía que, actuando como reflejo de los modelos literarios europeos, la intelectualidad de nuestro continente había efectuado muy pocos aportes originales: “Unos pocos pensamientos de Bolívar y Sarmiento, unos breves paradigmas de Montalvo y Ricardo Palma, y nada más.” En cambio la situación variaba si el análisis se hacía llegar hacia las obras rigurosamente indo-americanas y precolombinas: “El folklore de América -decía Vallejo-, tanto en los aztecas como en los incas, posee inesperadas luces de revelación para la cultura europea. En artes plásticas, en medicina, en literatura, en ciencias sociales, en lingüística, en ciencias físicas y naturales, se pueden verter inusitadas sugestiones, del todo distintas al espíritu europeo. En esas obras autóctonas, sí que tenemos personalidad y soberanía, y, para traducirlas y hacerlas conocer, no necesitamos de jefes morales ni patrones.”

Esta postura fue escasamente valorizada en su momento. Luego de la aparición de “Los Heraldos Negro”, un crítico limeño llegó a recomendar que a ese “mamarracho” que hablaba de los “maderos curvados de mi beso” deberían amarrarlo, “en calidad de durmiente” a las vías del ferrocarril.

Ese deseo, con algo menos de contundencia, se cumple. En 1920 Vallejo es recluido en la cárcel de Trujillo -siempre en Perú-, acusado de “agitación política”. Un año más tarde resulta absuelto, pero la causa se sigue sustanciando. Aunque por entonces -noviembre de 1921- obtiene el primer premio nacional de cuento por “Más allá de la vida y de la muerte”. Con el dinero ganado, Vallejo financia la edición de “Trilce”, su segundo libro de poemas, que aparecería en 1922.

Ese libro -segundo y último poemario editado en vida del autor- se iba a llamar “Cráneos de Bronce”, pero ya en la imprenta, Vallejo lo cambió por el extraño y sugerente Trilce, en el que algunos críticos han visto una contracción de los vocablos “tres” y “dulce”, pero que en rigor carece de entidad semántica. Es posible que Vallejo inventara ese nombre por su bella sonoridad y como breve símbolo de las arbitrariedades con que solía revestir su lenguaje, tratando adjetivos como verbos, uniendo y disolviendo palabras, “adverbiando” sustantivos, y burlándose a menudo de la sintaxis y la ortografía.

Todos esos “vallejismos” ya estaban en “Los Heraldos Negros”, y nunca lo abandonarían. Pero no constituyeron un snobismo ni una pretensión artificiosa de originalidad, sino la forma de hilvanar un llamado de diversas esencias. Por una parte, la necesidad de asociar un mensaje nuevo con una nueva manera de decirlo; y por otra la forma de aceptar y rechazar, a un mismo tiempo, el idioma de la conquista; y quizá, sobre todo, la señal gráfica de un ideario de libertad, tan vívido, tan desmesurado, que habría de instalarlo, desde sus primeros textos, fuera de todo sistema.

Esos tonos de la creación vallejiana no se agotan, pues, en su epidermis,

sino que se internan en un credo poético de anchura universal, contra el cual habrían de estrellarse imitadores y plagiarios, y todos quienes han creído suficiente inventar palabras o correr renglones en un poema para cubrir la vaciedad de su contenido.

El mismo Vallejo prevenía: “Casi todos los vanguardistas lo son por cobardía o indigencia. Uno teme que no le salga eficaz la tonada o siente que la tonada no le sale y, como último socorro, se refugia en el vanguardismo. Allí está seguro. En la poesía seudo-nueva caben todas las mentiras y a ella no puede llegar ningún control.”

Poco después de la edición de “Trilce”, temeroso del curso que podía tomar su proceso judicial, Vallejo se traslada a París, desde donde ya no regresaría.

El ciclo europeo del poeta (1923-1938) transcurre de manera dispar, contradictoria, pero siempre dentro de un fondo de mala salud, incertidumbre y pobreza, debatiendo su vida entre las ganas de vivirla, “aunque fuese de barriga”, según los dictados de su optimismo ideológico y su confianza en el triunfo futuro de los pueblos, y esas pequeñas muertes que sufría a diario, contagiado del pesar de los hombres, que llevaba unidas, “corazonmente”, a su esqueleto.

Este período comprende su casamiento con Georgette Phipippart, tres viajes a Rusia, hemorroides, un año de expulsión de Francia por su activismo político, abatimiento físico, residencias temporarias en España, frustrada paternidad por sucesivos abortos de sus hijos, crisis alcohólicas, reedición de “Trilce” (Madrid, 1930), tránsito continuo por hoteles y pensiones de bajo precio, incluyendo entre sus variantes alimenticias las ollas benéficas del Cercle Ronsard o del Villón o directamente el plato mendigado, aunque siempre esas historias fueron vividas sobre un fondo de conciencia absoluta, la comprensión de la naturaleza social de cada una de esas tragedias personales. “Un trágico de nuestros días -sostuvo- está forzosamente entrañado al dolor económico y social.”

Literariamente produce su novela “Tungsteno” -donde denuncia la explotación de los indios en su patria-, crónicas sobre Rusia, varias obras de teatro y su serie de poemas en prosa, al tiempo que define su personalidad crítica original, desmitificadora, y en muchos casos, clarividente; siempre con el celo de querer a las plantas más por su raíz que por sus flores.

Numerosos artículos aparecidos hacia finales de la década del 20 mostraban ya el vigor y la calidad de su visión estética, sus precisiones sobre las supuestas vanguardias, la falsedad de las “autoctonías” rebuscadas, las vinculaciones entre la política y el arte, la situación y perspectivas de las letras en Hispanoamérica, la improvisación y fragilidad de tantas escuelas y corrientes literarias en voga, que poblaron los primeros años de este siglo con sus proposiciones ilusoriamente excluyentes y definitivas. “Hay un timbre humano -insistía-, un latido vital y sincero, al cual debe propender el artista, a través de no importa qué disciplinas, teorías y procesos creadores. Dése esa emoción, seca, natural, pura, es decir, prepotente y eterna y no importa los menesteres de estilo, manera, procedimiento, etc.”

Ya sobre el temprano final de su vida, se produce la guerra civil española, que tal vez junto a la vecindad de la muerte, exacerba la pluma de Vallejo y le desata, en una especie de aluvión catártico, sus “Poemas Humanos” y “España, aparta de mí este cáliz”, testimonios conmovedores de la contienda y, para el poeta, punto final de su trayecto (su constante agonía).

En veinte años, entre 1918 y 1938, no solamente produjo una de las obras más bellas y originales de la lengua española, sino que además la hizo en condiciones de concordancia absoluta con su vida. La de un hombre capaz de respetar y defender como pocos la libertad de cada creador, de proceder él mismo con esa libertad indeclinable, pero guardando su derecho al estallido o el silencio para las horas cumbres del dolor, cuando por las calles parisinas desandaba, con los pasos del niño de Santiago de Chuco, el camino de todos los hombres.

Había prometido:

Me moriré en París con aguacero,

un día del que tengo ya el recuerdo”

Y algo de eso pasó. Un viernes santo del año ’38, a las 9:20, en la capital de Francia, por una infección estomacal, murió César Vallejo. La lluvia la llevaba adentro. Otro aguacero, el frío y penetrante del dolor humano, lo había golpeado, sin cesar, toda la vida.

 

 

 

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