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Calibán y Sarmiento, mitos convergentes

 

 

“La tempestad”, última obra de William Shakespeare, encierra una gran metáfora sobre los resultados inmersos en cada “choque de culturas” y la disparidad y la conjunción con que pueden observarse. El argumento es muy sencillo. Próspero, comerciante que llega a una isla luego del naufragio del barco en que viajaba, encuentra en ella a un nativo, Calibán (nombre que sintetiza “caribe” y “caníbal”), a quien, junto con el dictado de una lengua y otras transferencias culturales, le impone el peso de la esclavitud y el saqueo. También intervienen Miranda, hija de Próspero, y Ariel, intelectual isleño con el que más tarde, el uruguayo José Enrique Rodó, en un ensayo homónimo, habría de simbolizar la “espiritualidad” de América Hispana.

 

Roberto Fernández Retamar, escritor cubano contemporáneo, en su libro Calibán. Apuntes sobre una cultura de nuestra América, analiza antecedentes existentes en la obra de Shakespeare sobre el tema, más otros que van desde Renán a Aníbal Ponce, desde Martí a Franz Fanon, concluyendo en la reivindicación de Calibán, es decir, el nativo saqueado y juzgado, con cuya aventura de liberación vincula los destinos de nuestra cultura.

 

El ensayo de Fernández Retamar es muy valioso, sin duda. Y aporta elementos de gran interés para la discusión siempre abierta sobre la identidad y el protagonismo previsible de los pueblos de América de lengua española. Pero contiene algunas apreciaciones erróneas – quizá por efecto de la distancia – acerca de una figura consular y arquetípica, como lo es la de Domingo Faustino Sarmiento, que requieren un esfuerzo de clarificación, pues si se coloca a nuestro compatriota al lado de Próspero, poco menos que en el “bando de los conquistadores”, las conclusiones del tema habrán de resultar forzosamente cuestionables.

 

A partir del endilgamiento de la célebre fórmula “civilización o barbarie”, es común que se produzca una lectura mecanicista del pensamiento sarmientino. Ello no es válido. Si a los productos de una oposición dialéctica no se los sigue confrontando, desmenuzando en nuevas y cada vez más hondas indagaciones, si no se los sigue persiguiendo en sus propios movimientos, a su vez cambiantes y contradictorios, lo que nace como un razonamiento crítico termina convertido en el más puro maniquismo. Nunca se aceptará entonces, que en todo hecho de barbarie existe un principio de civilización, no que en toda forma de civilización existe una parte de barbarie; y si la opción “eterna” sigue siendo “civilización o barbarie”, aunque se trate de llegar a conclusiones diferentes, siempre se lo hace desde ese núcleo duro del enfrentamiento que se quiere desconocer.

 

Claro que Sarmiento tuvo momentos de gran debilidad en la producción de sus ideas. Y también tuvo ensoñaciones mecanicistas. El pensaba, por ejemplo, que “mientras hubiera chiripá no iba a haber ciudadanos”. Esto es: se engañaba por el espejismo de ciertas cuestiones formales, y creía que se podían reproducir en el país, de una manera mecánica, ciertas estructuras motorizadoras del progreso que con toda legitimidad admiraba en los países más adelantados del mundo. Pero eran “culpas” del querer, la ambición obstinada de un país argentino y progresista lleno de ciudadanos libres y pensamientos. El mismo mecanicismo, en todo caso, que hace que un Fernández Retamar trabaje para la producción de hombres nuevos sobra la base de un nativismo capaz de forjar, por sí solo, un país donde casi todos somos extranjeros; o derrotando a un próspero de ultramar que, en países como Argentina, tomó también la forma de legiones de inmigrantes pobres, engañados y vencidos, que igual que muchos indios dejaron su sangre sobre la tierra ajena.

 

El Sarmiento maduro, que había llegado a la coronación de su pensamiento luego de medio siglo de luchas y derrotas en sus intentos de constituir otro país, conoce ya mucho de lo que aún ahora se tergiversa o se silencia. Sabe y sostiene que “la llaga profunda que ha condenado a las generaciones actuales a la inmovilidad y el atraso, viene de la manera de distribuir la tierra”. Denuncia las trampas del endeudamiento externo. Sigue pensando, contra todo etiquetamiento elitistas, en la educación popular, masiva y democrática, como base indispensable para cualquier emprendimiento transformador. Y se complace, por supuesto, de que en la primer edición inglesa del Facundo se prescindiera del subtítulo “civilización y barbarie”, porque no siempre se podía saber “en los hechos” dónde estaba una y dónde estaba la otra.

 

 

(“Nuevo Diario”, Santiago del Estero, 9 de febrero de 1992)

 

 

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