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Ana, la de nosotros

              

 

                                                                                    

 

            Hace pocos días –exactamente el posterior al de la muerte de Ana-, una periodista de este diario (Alejandra Vargas) transcribió, en su reseña sobre tal

hecho, un rasgo que en mi opinión era el más notable de la gran maestra, el de su generosidad. Ahora, con más tiempo, nos parece oportuno situar esa cualidad en un contexto más preciso. Porque cada uno puede ser generoso de diversas maneras. Se lo puede ser dando limosnas o cuidando un perro o queriendo modificar el mundo. Se lo puede ser hablando o haciendo. Se lo puede ser por la fuerza de alguna circunstancia o como una actitud vital y permanente.

            En el caso de Ana, su generosidad pasaba por una ligazón muy profunda entre las letras como elección estética para su vida, y la proyección que eso tenía sobre la sociedad próxima, el medio dentro del cual ella se hacía como persona. En tal sentido, Ana siempre fue protagonista, para el caso concreto de la sociedad mendocina -a veces pacífica y silenciosamente, y otras veces en una forma casi beligerante-, de una discusión que ha estado siempre contenida en la floración literaria de todos los tiempos y culturas. Esto es, la literatura como un don y un goce de ciertas élites afortunadas. O la literatura como una tráquea o un hígado del hombre histórico, la literatura como un hecho social.

            Y esta última fue la opción política de Ana, ajena por supuesto a todo partidismo circunstancial. Esa fue la derivación práctica que tuvo en ella la  generosidad de que se hablaba. Servirse de una formación académica -que la hizo pianista, profesora de letras o traductora de francés-, vibrar con el culto del libro y de las bibliotecas; pero ponerse en cuerpo y alma a la orden de quienes creyesen en la literatura como una forma de actuar sobre la historia, y de sortear la mediocridad de una época, y de hacerse, palabra viva sobre palabra viva, la imaginación de un destino.

            Ana pudo ser un eje del culto de la vanidad, pudo instalarse en el sitio cómodo y autocomplaciente de quienes se ofrecen y aplauden páginas entre sí.

Pudo esperar por sus alumnos y responderles desde lo alto, como dadora de sabiduría. Pero eligió otra cosa. Por eso puso su conocimiento, su criterio, sus libros, los añosos secretos hallados en sus investigaciones más pacientes, su casa, su teléfono, su cocina, su nombre, al servicio de todos los habitantes del mundo que amaba. Y que ella misma salía a descubrir y a motivar, hasta su última fatiga y una paciente -a veces casi heroica- inocencia.

Al borde los noventa, seguía siendo joven. Y amaba a los jóvenes porque ellos, pensaba, “harían lo que aún falta”. “Yo no digo –enseñaba- que la gente vaya ser mejor porque lea el ‘Aleph’, pero sí creo que lo sería,  si se cambiaran las condiciones que lo impiden”.

Era frecuente oírle “no dejen de escribir”,  pero primero “no dejen de leer”. Y verla entonces poner sobre su mesa, junto con el café o el vino, todo lo que ella pensaba que podía ser útil, aún sabiendo que muy probablemente no tendría regreso. Y todavía, cuando no quedaba satisfecha, se solía disculpar, diciendo, “voy a seguir buscando, por si encuentro otra cosa”.

            Cuando le respondimos a Alejandra Vargas, pensábamos en esa estirpe. La misma de Ricardo Tudela o de Ángel Bustelo. Es decir, esa clase de generosos que actúan, desde sus ámbitos, con una entrega y un desprendimiento absolutos, sin pedir ni buscar nada para sí mismos. Pero que dejan a su paso una huella indeleble. Y algo más, algo espinal que debe asimilarse: una marca de fuego en la memoria.

 

 

 

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