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Alejo Carpentier, los pasos encontrados

              Un día después de Navidad, hace cien años, nacía uno de los más grandes escritores en lengua española del siglo XX, el cubano Alejo Carpentier. Nombre y apellido del Desborde y la Coronación de la Palabra, porque realmente hay dos modos de escribir, “un antes y después de”, marcados por su obra.

Tuvo, es cierto, la fortuna de crecer en donde la naturaleza, que agrupaba en un pequeño espacio la selva con las arenas, las montañas con el mar oceánico, y que había anidado por siglos la música del mestizaje, soltaba su estallido. Todo en el paisaje de su infancia era una invitación al desborde sensual, al descubrimiento inagotable del color de los hombres, de sus lenguas diversas y de sus ritmos encantados.

Pudo vivir también su propia mixtura. El padre, un arquitecto de origen francés, y la madre, rusa de educación francesa, le abrieron por un lado las puertas de París, y de una biblioteca cargada de Balzac, de Flaubert y de Zola, sin excluir a clásicos españoles, como Valle-Inclán y Pío Baroja, ni a la saga de “aventuristas”, como Julio Verne, Dumas o Salgari. Mientras que por otro lado, hasta su primera adolescencia, en la finca familiar de Loma de Tierra, pudo conocer tanto las faenas del campo –según Heberto Padilla, a los 16 años vendía leche de casa en casa, a caballo- como a sus hombres, entre ellos, negros de ascendencia africana que lo maravillaban con leyendas e historias de tribus y dioses ancestrales. “Eran gente sencilla –recordaría más tarde el mismo Carpentier-. Pero ellos me enseñaron algunas de las cosas esenciales de la vida, el respeto de ciertos valores humanos y una primera visión de lo que es el bien y lo que es el mal”.

Inicia, más tarde, estudios de música y arquitectura, pero finalmente prevalece la vocación literaria, cuyas primeras muestras son una novela corta, escrita a los quince años, pero sobre todo, diversos trabajos periodísticos. “El periodismo –opinaba- es una maravillosa escuela de flexibilidad, de rapidez, de enfoque concreto, y todo buen periodista debe manejar el adjetivo con un virtuosismo que a veces no tiene el novelista detenido sobre sus cuartillas. Y sin estos contactos no creo que pueda hacerse en este siglo novela válida ni duradera.”

 

APRENDIZAJE Y MAESTRIA

 

Por entonces prevalecen en la vida cultural de La Habana el modernismo tardío

y el esteticismo apolítico. Frente a eso, Carpentier define un compromiso innovador, ligado al desafío de los nuevos tiempos, que habrá de acompañarlo toda su vida. Trabaja desde 1923 en el Grupo Minorista –llamado así por la calificación de “minoritarios” que reciben los noveles artistas-, inscriptos bajo la influencia de varias producciones-clave de la época, como el libro “Literaturas europeas de vanguardia” (de Guillermo de Torre), la revista “Amauta” (dirigida por el peruano José Carlos Mariátegui), la “Revista de Occidente” (donde leían a Kafka, Babel o Maiacovski) o los trabajos del pintor mexicano Diego Rivera.

Poco después, la situación política en Cuba, gobernada por el dictador Javier Machado, le causaría serios problemas, por lo que Carpentier, luego de permanecer un par de meses en prisión y de agotar trámites complejos, consigue trasladarse a Francia, ayudado por el poeta surrealista Robert Desnos. Allí traba relación directa con escritores como César Vallejo, Prevert, Hemingway, Dos Passos, Uslar Pietri, Asturias y Vicente Huidobro. Pero particularmente es influido por el músico brasileño Heitor Villa-Lobos, en cuya obra advertía la resolución del conflicto entre “europeísmo” y “americanismo” que él quería lograr para su literatura. Por último, en la capital de España –a la que viaja en 1934- completa su experiencia europea, al lado de García Lorca, Alberti, Bergamín o Salinas, en quienes reconoce “las más altas figuras poéticas de ese Madrid que supo darnos en quince años lo que a veces no cosecha un pueblo durante un siglo”.

Hacia 1939, desilusionado en cuanto al futuro de Europa –en la que acaba de producirse la derrota del bando republicano en España y ya se advierte la gestación del

nazismo-, regresa a Cuba, donde se había producido el derrocamiento del dictador Machado. Reconoce y asume, entonces, la más plena “americanidad” e inicia –con “Guerra del tiempo” y “El reino de este mundo”- una vasta producción narrativa que lo convertiría en gran maestro de la novela y de la lengua, el primero en fundir, ejemplarmente, la exhuberancia del barroco español con la realidad mágica del nuevo continente. Luego de él, vinieron todos los grandes hacedores de la literatura latino-americana de los ’60, de Fuentes a Roa Bastos o de Cortázar a García Márquez. Es decir, la historia y el medio le acuerdan esta vez el favor de una gloria que excede su creación personal, y lo convierte en abridor de caminos, en maestro de una generación de escritores notables, que mostraron al mundo la personalidad de América.

En su búsqueda de una síntesis cultural completa, Carpentier fue muy claro en cuanto a la importancia del lenguaje barroco, que veía como el “único apropiado” para interpretar el mundo alucinante abierto desde el Río Grande mexicano hacia el sur infinito. “Ni la grave –decía-, taciturna, contemplativa herencia india; ni la mágica y dionisíaca herencia negra; ni la dramática, religiosa, inconformista herencia española, son las que propician un clasicismo. Nuestra vida actual está situada bajo signos de simbiosis, de amalgamas, de transmutaciones. El academicismo es característico de las épocas asentadas, plenas de sí mismas, seguras de sí mismas. El barroco, en cambio, se manifiesta donde hay transformación, mutación, innovación; el espíritu criollo de por sí es un espíritu barroco.”

 

LOS PASOS PERDIDOS

 

Ese concepto es el que vive en sus obras. Una sola de ellas, como “Los pasos perdidos” (1953), hubiera sido suficiente para consagrarlo, porque pertenece al género, reducido y muchas veces oculto, de los libros modificadores de pensamiento. No abundan esos libros. Uno piensa en “Hojas de hierba”, de Walt Whitman. “El pato salvaje”, de Ibsen. Sigue pensando, “La hembra humana”, de Luis Franco, “Moral y matrimonio”, de Bertrand Rusell...Y es claro, los hay. De ahí viene la necesidad de leer, la justificación y los placeres de hacerlo. Pero no son las obras más comunes, sino las diferentes de verdad. Las que acuerdan a sus autores una marca mayor, algo imborrable, porque después de que ellas son leídas, no se puede seguir siendo la misma persona. De esa estirpe es, precisamente, “Los pasos perdidos”, una alegoría profundísima, un viaje –a contracorriente del río Orinoco- hacia las fuentes del ser.

En ella, un compositor se traslada desde Nueva York hacia la selva amazónica para realizar estudios sobre el origen de la música y estimular, al mismo tiempo, en contacto con la naturaleza, su propia creatividad dormida. Allí descubre a indígenas que viven

como la civilización presente lo hacía incontables siglos atrás, poniendo todavía, como Adán, el primer nombre de las cosas. Carpentier -tal vez poniéndose a prueba a sí mismo, y todavía con un razonamiento spengleriano- plantea la posibilidad de integración o no de los hombres dentro de los ciclos naturales que conforman y diferencian las épocas históricas. El musicólogo, por un accidente tan nimio como la no prevista crecida de un río –que le borra la marca dejada en un árbol para reencontrarse con el acceso a otro mundo anterior, al Edén- termina fracasando, es decir, no puede cumplir ciertas vivencias que, por su origen y su cultura, le hubiesen resultado impropias. Pero esa “derrota”, ese imposible, en realidad ilumina al buscador, al mismo Carpentier, y lo prepara para otro descubrimiento, el de que la historia americana no es absolutamente singular, sino que participa del “big-bang” terrestre, y se inserta dentro de los estallidos y las concatenaciones que le dan identidad al mundo. Por eso, hacia el final de la novela, el protagonista dice: “Aún están abiertas las mansiones umbrosas del Romanticismo, con sus amores difíciles. Pero nada de esto se ha destinado a mí, porque la única raza humana que está impedida de desligarse de las fechas es la raza de quienes hacen arte, y no sólo tienen que adelantarse a un ayer inmediato, representado en testimonios tangibles, sino que se anticipan al canto y forma de otros que vendrán después, creando nuevos testimonios tangibles en plena conciencia de lo hecho hoy”.

 

LA DIMENSION IMAGINARIA

 

A comienzos de 1959, mientras Carpentier se encuentra en Venezuela, se produce la revolución cubana, lo que decide su inmediato regreso. El propio escritor lo explica de este modo: “Oí las voces que habían vuelto a sonar, devolviéndome a mi adolescencia; escuché las voces nuevas que ahora sonaban, y creí que era mi deber poner mis energías, mis capacidades, al servicio del gran quehacer histórico que se estaba dando en mi país.” En 1963 –un año después de haber publicado la otra de sus mayores novelas, “El siglo de las luces”- es nombrado Director de Publicaciones del Estado, y en 1966, Ministro consejero de asuntos culturales en la embajada de su país en Francia. Posteriormente resulta electo Diputado de la primer Asamblea nacional del “poder popular” de Cuba, ante lo cual supo decir: “Antes que escritor, soy ciudadano”.

 

Su actividad literaria, sin embargo, no decae. Publica “El derecho de asilo”, en 1972. “Concierto barroco” y “El recurso del método”, ambas en 1974. “El arpa y la sombra”, en 1979; y “La Consagración de la primavera”, en 1978. En este mismo año recibe el premio Cervantes –el más importante de la lengua española- y dice, al aceptarlo: “Cervantes, con el Quijote, instala la Dimensión Imaginaria del hombre, con todas sus implicancias terribles o magníficas, destructoras o poéticas, novedosas o inventivas, haciendo de ese nuevo yo un medio de indagación y conocimiento del hombre, de acuerdo con una visión de la realidad que pone en ella todo y más aún de lo que en ella se busca.”

Muere en París, en abril de 1980. Dejaba, sin embargo, sólido y vivaz el instrumento con que traer desde el pasado los mitos esenciales, y formular una unidad perpetua entre la tierra y el hombre americanos, con sus frutos puestos en la cúspide de la creación artística moderna.

 


 

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